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20 DE NOVIEMBRE. TRES ANIVERSARIOS Y UN DESENCANTO

 

El día que se cumplen cincuenta años de la muerte en la cama de uno de los cuatro grandes Jefes de Estado de la Historia de España, me parece oportuno reeditar, actualizado, el artículo que con este título, y este mismo día, pero de 2016, publicaba en el Blog Desde el Caballo de las Tendillas, con mi recordatorio a tres aniversarios que se rememoran en esta fecha del 20 de noviembre, y que creo que no pierde su vigencia. Decía esto entonces, con algún que otro añadido o matización:

Se produce este día, 20 de Noviembre, la concurrencia del aniversario de tres hechos que pudieron marcar, o marcaron, algunas etapas de la Historia de España, de la de verdad, con mayúscula, y no de esa historieta que algunos se quieren inventar para satisfacer su sectarismo o tratar de justificar una incomprensible postura de intransigencia, reviviendo odios que se intentaron cerrar, con generosidad de unos y flexibilidad de otros –no sé si juego limpio de todos, que creo que no–, en los años de la Transición postfranquista –1976-80–, que algunos tildan de modélica. Por cierto, en los medios que repasé entonces, no vi la más mínima referencia a estos hechos, aunque no me sorprende de nuestra dirigida prensa actual, no ajena a esta “deformación histórica”. Me temo que este año 2025 no será distinto, y veremos la tergiversada orgía sanchista y el cierre de aquellos ‘no 300’ actos al respecto.

El primero de esos hechos, en este caso de los que pudieron haber marcado nuestra Historia de haberse producido de otra forma, fue la muerte de José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia. ¿Cómo hubiera sido la Historia sin su asesinato? Nadie lo puede saber.

Para el que no lo conozca –que, entre nuestra “juventud mejor preparada de la historia” que decía José Luis Rodríguez Zapatero (víctimas de la LOGSE y sucedáneos posteriores), serán bastantes o, si acaso, habrán oído hablar de él como un “fascista” redomado (como aparece en alguna “objetiva” bibliografía al respecto)– José Antonio era hijo del General Miguel Primo de Rivera, que gobernó entre 1923 y 1930, tras el golpe de Estado ocurrido durante el reinado de Alfonso XIII, que se negó a destituirlo pese a la petición del gobierno –“legítimo” decían ellos–, que se vio obligado a dimitir tras el nombramiento del citado General –a la sazón Capitán General de Cataluña– como Presidente del Gobierno, por el bisabuelo de Felipe VI. En su Manifiesto a los españoles el general se dirigía al país y al Ejército con estas palabras: “Ha llegado para nosotros el momento, más temido que esperado,…”, justificando que se llegaba a esa situación para “la salvación de España de los profesionales de la política” ¿Nos suena a algo ese término? Pues fue hace más de un siglo. Para reflexionar al respecto y ver que nada es nuevo bajo el Sol, valía en 2016 y no digamos hoy.

José Antonio Primo de Rivera fue un abogado que, a los treinta años, fundó Falange Española en 1933, un partido político de inspiración socialdemócrata –Justicia Social y ambición histórica eran dos sus afanes– desde los fundamentos cristianos que inspiraron su vida. Detenido en Madrid en marzo de 1936 por el Gobierno del Frente Popular, por ‘tenencia ilícita de armas’, y trasladado en junio siguiente a la prisión de Alicante, fue juzgado por un ‘tribunal popular’ integrado por PSOE, UGT, PCE, CNT, FAI, IR, Unión Republicana y Partido Sindicalista –lo mejorcito de cada familia– y acusado de “conspiración para un levantamiento militar” pese a llevar encarcelado cuatro meses cuando estalló la Guerra Civil el 18 de julio de 1936, y acabó siendo vilmente asesinado en la madrugada del mencionado día 20 de Noviembre de ese año, de lo que hace hoy ochenta y nueve años. Hay quien dice que José Antonio murió víctima de la antipatía de Francisco Franco hacia él –que, probablemente, fuera cierta, y, tal vez, recíproca–, que no quiso cambiar su vida por la del hijo de Francisco Largo Caballero –presidente de la República entonces, y socialista radical–, a lo que Franco sí accedió pero que denegó el Consejo de ministros del Frente Popular, presidido por el citado Largo Caballero, que no lo aprobó tras pronunciar estas palabras: “No me obliguen ustedes a asumir el papel de Guzmán el Bueno” –¡válgame Dios!, añado ahora–. Y no hubo canje. Antes había habido otro intento a cambio de treinta presos y seis millones de pesetas –de entonces–, rehusado por Indalecio Prieto. Por último y por iniciativa de Franco, el 4 de noviembre de 1936, se intentó una última propuesta de canje por el líder socialista Graciano Antuña, cautivo de los nacionales, más cuatro millones de pesetas (casi 10 millones de euros hoy), que tampoco resultó posible por negativa de nuevo del gobierno del Frente Popular.

La otra versión, para mí mucho más verosímil, es que José Antonio era un serio problema para Largo Caballero –el Lenin español– e, indirectamente, para el propio líder soviético Stalin, que ejerció gran influencia en la zona republicana durante la Guerra Civil y del que Largo Caballero era “rehén”, al estar “hipotecado” por la URSS tras enviar las reservas de oro del Banco de España a cambio de material bélico y que tenía un interés evidente en acabar con el dirigente falangista. Sería muy ingenuo, por tanto, pensar que cuatro anarquistas fanáticos hubieran acabado con José Antonio.

Quiero añadir, respecto de José Antonio, las palabras que le dedicó Miguel de Unamuno –nada sospechoso, por cierto, de ser falangista o franquista– después de escucharle un discurso: “A José Antonio le he seguido con atención y puedo asegurar que se trata de un cerebro privilegiado. Tal vez el más prometedor de la Europa contemporánea”. Y termino esta pequeña reflexión joseantoniana con una de sus últimas frases antes de su fusilamiento: “Ojalá sea mi sangre la última que se vierta en contiendas civiles”. Bibliografía hay, abundante, para el que quiera saber más de este ilustre español que murió por defender Una, Grande y Libre España. Merece la pena.

El segundo de los hechos que se rememora en este día es, como decía al principio, el quincuagésimo aniversario de la muerte de Francisco Franco –también de madrugada, y en la cama, para disgusto de sus enemigos, en su mayoría recientes y menores de cincuenta años, para más inri, que ni lo conocieron–. Algunos han llegado a decir que se desconectó ese día “para quitar protagonismo a la muerte de José Antonio” –hay estupideces para todo–.

No me voy a extender mucho en este segundo hecho en el que sí, su protagonista, marcó –a mi juicio para bien– la Historia de España de buena parte del Siglo XX. Por una serie de circunstancias que están en los numerosos tratados, libros y escritos sobre la Guerra Civil, Franco acabó liderando la contienda –que intentó evitar, según consta en la carta que dirigió a Casares Quiroga, entonces ministro de la Guerra con Manuel Azaña, semanas antes del 18 de Julio de 1936– después de una brillante hoja de servicios que demostraba su entrega para la defensa de los intereses de España y que le llevaron a ser, por méritos de guerra y con 33 años, el General más joven de su época. Lo más destacado quizás fue su intervención en Marruecos y haber cortado, en octubre de 1934 –y por orden del gobierno republicano, por cierto–, el intento de golpe de Estado promovido por el Partido Socialista en Asturias. La Historia deja constancia –y espero que la dejará con mayor claridad aún en tiempos futuros– del papel de Franco en España, a la que transformó, de la miseria y anarquía que imperaban durante la Segunda República, en una Nación unida y próspera que marcó hitos de desarrollo, económico, cultural y social en su última década de gobierno, hasta colocarla como octava potencia industrial del mundo en 1975. Se dice que vivimos bajo una dictadura, que tal vez lo fuera, incluso totalitaria, en los años cuarenta –lo que seguramente era lógico después de una trágica y dura contienda civil–, que no pasó de autoritaria en los cincuenta y que se llamó orgánica en su última etapa de los años sesenta y setenta. Sólo voy a añadir que, visto lo visto en estos últimos casi cincuenta años de ‘democracia’ (1977-2025), veintiocho de gobierno socialista, en tres periodos, y los dos intermedios de ocho y siete años, respectivamente (1996-2004 y 2011-18), del Partido Popular, entreverados con los más de cuarenta de nacionalismos vasco (PNV, PSV y BILDU) y catalán (CiU, PSC y ERC) y otros tantos de socialismo autonómico en regiones como Andalucía o Extremadura, por citar sólo algunos de los casos más relevantes en los que la corrupción ha sido la característica principal de casi todos esos mandatos, ¿podemos imaginar qué hubieran sido cuarenta años con alguno de estos políticos “demócratas” liderando una dictadura sin contestación? Aquí lo dejo, pero al General Franco poco puede achacársele en ese campo. Por el contrario, su entrega a España y su ejemplo constituyeron su divisa.

Por último, la tercera de las circunstancias “luctuosas” que se podría rememorar este día y que también marcó la Historia más reciente, para mal en este caso, sería la “muerte” política de Rodríguez Zapatero que, precisamente ese 20-N, de 2011, perdió las elecciones generales que ganó Mariano Rajoy y dejó España casi de luto total en cuanto a valores, educación, crisis social, renacimiento de las “dos Españas” de Machado y al borde del precipicio económico, si no ladera abajo. Después de dilapidar las reservas y la solvencia política internacional que se encontró tras su trágica llegada por Atocha en marzo de 2004 –todavía sin aclarar el terrible atentado que cambió el curso de España– y su triste segunda legislatura llena de engaños sobre la economía y la crisis mundial –en España eran “brotes verdes” y “Champions League”–, que no pudo completar, gracias a Dios, añado.

Pero podríamos haber celebrado hoy, también, y de manera rotunda, la llegada del Partido Popular al Gobierno, con una mayoría absoluta que me atrevería a decir que irrepetible, que también habría marcado la Historia reciente de España, unida a la conseguida unos meses antes a nivel local, provincial y autonómico, de haber dado la “vuelta al calcetín” que España necesitaba tras los nefastos siete años y medio de la “banda” de ZP y sus mediocres. Eso, salvo un poco en el plano internacional y, en cierta medida, en lo económico –por desgracia, a costa del pobre contribuyente y no del gasto, como debería haber sido–, se quedó en el tintero tras incumplir su programa electoral al más puro estilo Tierno Galván –“Las promesas electorales se hacen para no cumplirlas”– y propició la llegada de la otra banda socialista, la del que venía a acabar con la corrupción y la traía puesta desde su primer día, como estamos sabiendo ahora.

En fin, y para poner una nota de buen humor ante tanto deceso, remato esta serie rememorativa con otra a título más personal. Celebro hoy también, esta vez sí se puede decir así, el décimo aniversario de la eliminación de mi segunda catarata ocular, la izquierda por más inri, como no podía ser de otra forma en esta fecha tan señalada, lo que me permite ver con toda nitidez (a veces dudo si mereció la pena para lo que hay que ver) el panorama político-social en el que se encuentra envuelta nuestra querida España. ¡Qué poco les hubiera gustado verla así a los dos ilustres Españoles –con mayúscula– que fallecieron este día! España parece que va –decía hace nueve años– en algunas cosas –hoy en bastantes más– por la misma senda que originó el triste desenlace del año 1936, aunque el entorno europeo –hoy no me atrevo a asegurar esto– y mundial –en noviembre de 2016 acababa de ganar Donal Trump sus primeras elecciones y hoy lleva casi un año en la Casa Blanca, gracias a Dios también– y ciertas circunstancias socioeconómicas del pueblo español –quiero pensar, decía en 2016, hoy con menos fe– no prevean que el final pueda ser el mismo, al menos en el corto plazo. Pero no juguemos con la suerte que puede traer nefastas consecuencias que, algunos, sabemos a lo que podrían llegar y vuelta a empezar. Otros muchos no se quieren enterar o tal vez sea lo que buscan.

Antonio De la Torre,  licenciado en Geología, técnico y directivo de empresa. Analista de opinión.

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