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Algunos efectos psicológicos del uso continuado de las Mascarillas

En primer lugar, señalar que todo cuanto les describo, no es todo mío, he ido leyendo, razonando, consultado y viendo el último estudio de una infografía, cuyas fuentes referenciadas están avaladas por varios profesionales de la salud, además de varios estudios que avalan con “números grandes”, que no se encontró un efecto estadísticamente significativo de las mascarillas faciales médicas de alta calidad contra la infección por SARS-CoV-2 en un entorno comunitario; como muestra un botón, pero hay muchos más. (Annals of Internal Medicine, E.U. )

“La duradera y permanente puesta de la mascarilla, tanto en niños como en adultos; no digamos de aquellas personas que son más vulnerables y padecen asma, sofoco, angustia en la respiración y constantes percepciones de picores en nariz y boca, alérgicos, etc…; en los que no voy a entrar de lleno, por no ser especialista en dichas áreas de conocimiento”.

Este recuadro que me ofrece Navarra-información , no da para mucho, pero voy a intentar resumir lo más posible para poder describir los efectos nocivos más importantes: la constante esclavitud de soportar la mascarilla durante tanto tiempo, nos supone un estrés percibido o no, pero un estrés por una excesiva y constante demanda de atención sostenida, que nos provoca dicha “prenda”. Nos desconcentra -súbela, se baja, no sabes que la llevas, bebes con ella puesta, la manchas, se olvida y sales por el pan sin ella, bajas las escaleras y no ves…- Nos desconcentra, nos merma la atención, merma el rendimiento escolar en los niños, por la constancia continua de la “bajada y subida”, y ¡no son hiperactivos!

No queremos afirmar, pero sí hemos percibido en grupos más vulnerables, que a una muestra amplia les limita cierta lucidez y capacidad de pensar por esa sensación de agobio y ahogo, que puede producir la constante mascarilla durante más de ocho horas seguidas: Los niños en los colegios que, tras las actividades académicas propiamente dichas, siguen con tareas de yudo, clases de apoyos…y, son bien entradas las ocho horas, como una jornada laboral de un adulto, todo el día con ella, incluso en el recreo. ¡No se trata de dramatizar, se trata de reflexionar y pensar si realmente tanto tiempo es tan beneficiosa, como nos han dicho! ¡Hay que cumplir, pero también tenemos derecho a ser críticos!

La comunicación no es tan directa ni tan afectiva con un constante obstáculo en lo oral; cognitivamente es una mordaza que, aunque no presione, sí agobia. No se entiende, se farfulla un lenguaje que de por sí no es claro, con el “filtro de la mascarilla” se hace más dislálico, incomprensible y la articulación se deteriora, creo que esto lo hemos percibido todos en algún que otro momento, pues tiempo para experimentarlo lo estamos teniendo de sobra. La “máscara-rilla”, nos anula cierta identificación de los rasgos fenotípicos de cada persona, por eso no saludamos en la calle, porque entre las gafas y la “máscara-rilla”, no nos conocemos, no nos identificamos, perdemos la gestal total de nuestra identidad. La percepción humana tiende a organizar los elementos de la figura humana, de la forma más sencilla posible, pero si la figura se “tapa”, “se modifica continuamente”, no guarda la forma natural del rostro que hemos memorizado, el cerebro se vuelve loco, y no percibe, no codifica, y tiende a simplificar cuando no percibe aquello que recuerda. Cuando este “trampantojo visual” se hace constante, la percepción simplifica y se equivoca: No nos reconocemos, no nos saludamos, no nos damos cuenta, no percibimos… ¡Es una de las leyes de la Gestalt!

Un mes, tres meses, podíamos soportarlo; un año, no es de recibo… O por lo menos es bueno que nos desahoguemos y seamos críticos. De ahí que las personas más vulnerables tienen lagunas de identificación y autoaceptación, pues esa “máscara-rilla”, nos atrofia los rasgos fenotípicos y los rasgos propios internos, metasíquicos. Los elementos próximos: nariz, boca, ojos, mejillas, frente, cejas…; tienen a formar agrupaciones, que forman el fenotipo perceptivo, que todos reconocemos cuando vemos a alguien: ¡Es mi amigo, es mi pariente, es…! La máscara, impide que podamos cumplir la segunda ley de la Gestalt, por eso tanto tiempo una máscara, tiene -sin duda- su toxicidad. Aunque cumplamos cuando la llevamos. ¡Qué pena, se acabó el recuadro!

Dr. Emilio Garrido Landívar, Catedrático de Personalidad, Evaluación y Tratamientos Psicológicos (CEU)

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