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En torno a las “calabazas”

EN TORNO A LAS CALABAZAS
Según el DRAE, “salir uno calabazas” es una expresión aplicada a quien no se corresponde con el buen concepto formado de él. Traigo esto a colación porque, en estas fechas, resulta exasperante el recorrer las calles rodeados de esperpénticos monigotes con forma de calabaza o de calabazas reales vaciadas y desperdiciadas como alimento –algo de la mayor inmoralidad en estos tiempos en que en la sociedad se prodigan los famélicos y las instituciones de caridad no dan avasto a deshacer el entuerto a que nos ha conducido una sociedad generadora de estructuras de pecado- para tallarlas como monigotes pretendidamente terroríficos. Se trata de la mascarada americanizante del Halloween, fiesta heredada de los celtas, pero incrustada en la supuesta civilización occidental a través de la industria Hollywoodiense, para desplazar la preciosa fiesta del día de los Fieles Difuntos.
Ante ello uno no puede menos que retrotraer la memoria sesenta años, hacia esa obra maestra García Berlanga y del cine español que es Bienvenido, Mister Marshall, y preguntarse con el noble don Luis “¿Quiénes son esos americanos?”; para acto seguido, responderse con las palabras de don Cosme: “Los Estados Unidos son los mayores productores de pecados con millones de toneladas anuales […] Hay 49 millones de protestantes, cuatrocientos mil indios, doscientos mil chinos, cinco millones de judíos, trece millones de negros y diez millones de… ¡NADA!” a cuyo ejemplo, ahora, parecen pretender anonadarnos o idiotizarnos.
Haciendo historia, veremos que, en el siglo IV antes de Cristo, los celtas ocuparon las islas Británicas, Escandinava y Europa Occidental. Estos celtas eran un conjunto de tribus y pueblos cuyo gobierno estaba controlado por una sociedad de sacerdotes paganos llamados Druidas (satanistas que alababan y servían al dios de la muerte Samhain). Es decir unos sacerdotes satánicos literalmente controlaban la vida de las personas a través de un mecanismo de temor y muerte.

Estos druidas, cada año, en la que es hoy la noche del 31 de octubre, celebraban la noche del Samhain, mejor conocido como el festival de la muerte, que es reconocido actualmente por los satanistas. Sobre ello Antón Lavey, autor de la “Biblia satánica” y gran sacerdote de las iglesias satánicas, dice que existen tres días importantes para los satanistas: su cumpleaños, el 30 de abril y el día mas importante: Halloween. Añade que es en esa noche en la que los poderes satánicos llegan a su nivel máximo, y cualquier brujo u ocultista que haya tenido dificultad con hechizos o maldiciones puede alcanzar éxito en sus conjuros durante esa noche. Hoy, según Antón Lavey, el 31 de octubre es el comienzo de un nuevo año para la brujería.

A esto, que como se ve, hunde sus raíces en algo que trasciende la simple majadería, los católicos de la Iglesia militante (los que procuramos vivir nuestra fe en este mundo) oponemos, el primer día de noviembre la fiestas de Todos los Santos, expresión del regocijo por la gloria de los Santos de la Iglesia triunfante, aquéllos que ya gozan del cielo; y, al día siguiente, la de los fieles difuntos, de oración y sufragio por la Iglesia purgante.

De la fiesta de los Fieles Difuntos, dice el Martirologio Romano: “En este día, la Conmemoración de Todos los Fieles difuntos, nuestra común y piadosa madre la Iglesia, después de haber tratado de honrar con dignos loores a todos los hijos suyos, que tiene ya gozando en el cielo, se esfuerza por ayudar con poderosos sufragios cerca de Cristo, su Esposo y Señor, a todos los que aun gimen en el purgatorio, a fin de que cuanto antes se sumen a la sociedad de los moradores de la Ciudad celestial”.

Es posible que sea en estas dos fiestas, donde la liturgia anuncie de manera más explícita la misteriosa trabazón que estrecha a la Iglesia triunfante con la militante y la purgante; así como donde aparece más claro el doble deber de caridad y de justicia que fluye naturalmente de su misma incorporación al cuerpo místico de Cristo.

Porque, en virtud del dogma de fe de la Comunión de los santos, los méritos y sufragios de los unos vienen a ser también de los demás, en virtud de una comunidad de bienes espirituales; de tal manera que, sin detrimento de los derechos de la divina justicia, que con todo rigor se nos aplican al fin de nuestra vida, la Iglesia puede unir aquí su oración con la del cielo, y suplir por lo que falta a las almas del Purgatorio, ofreciendo a Dios por ellas, mediante la Santa Misa, las Indulgencias, las limosnas y los sacrificios de sus hijos, los méritos sobreabundantes de la Pasión de Cristo y de sus místicos miembros. De ahí que la liturgia ha sido siempre, el medio empleado por la Iglesia para practicar con los Fieles Difuntos el deber de la caridad, que nos manda atender a las necesidades del prójimo cual si fueran propias nuestras, en virtud siempre de ese lazo sobrenatural y apretadísimo, que une en Jesús al Cielo con la Tierra y el Purgatorio.

La celebración de la santa misa, sacrificio del Calvario renovado incruentamente, es para la Iglesia el medio principal de cumplir este doble deber con los difuntos. Por eso, desde muy temprano, en torno a principios del siglo V, encontramos misas de difuntos. Pero fue San Odilón, cuarto abad de Cluny, quien instituyó en el año 998 la conmemoración general de los fieles difuntos al día siguiente de la fiesta de Todos los Santos. Costumbre que muy pronto traspasó los límites abaciales, para extenderse, como la seguimos celebrando hoy, a la Iglesia Universal.

La importancia que la Iglesia da a esta fiesta, se manifiesta en el privilegio que Benedicto XIV (1740 – 1758) concedió a España y Portugal y sus posesiones de la América del Sur, facultando a sus sacerdotes para celebrar –como en el día de Navidad- tres misas con las que multiplicaban las gracias para liberar las almas del Purgatorio. Este privilegio, posteriormente, y con motivo de los innumerables muertos de la Primera Guerra Mundial, lo extendería Benedicto XV (1914 -1922) a los sacerdotes del mundo entero, lucrando así, con más ofrendas del sacrificio de Cristo, frutos infinitos de redención para los difuntos.

Conviene que la sociedad de la actual España, no ya laica, sino laicista o, incluso, antitea, reflexione sobre su historia y sobre su cultura y, ante las grotescas calabazas, naturales o artificiales, evocando el sentido peyorativo que, en la lengua española, han solido tener los giros idiomáticos, como:
“Beber de calabaza”: Aprovechar la confusión u obscuridad de un negocio para lucrarse sin que se entienda. Se dice porque porque, por su opacidad no se sabe cuánto bebe el que lo hace de una calabaza.
“Dar calabazas”: Suspender en un examen y, también, dasairar o rechazar a alguien cuando requiere de amores. Esta locución tiene una equivalencia con “echar en la calabaza”.
“Salir calabaza”: No corresponder al buen concepto que se había formado de alguien.

Así que, por terminar con la única locución positiva que conozco centrada en nuestra cucurbitácea, vayamos aprendiendo a “nadar sin calabazas” a fin de no acabar sacando una calabaza en el examen de nuestra vida moderna, ni saliendo calabazas para el mundo.

Pedro Sáez Martínez de Ubago, Historiador

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