Fernando Martínez Laínez ha publicado «Las lanzas», primera novela histórica de una trilogía que hará balance del ascenso y caída de la España imperial en el siglo XVII, desde el cual «lo de España parece una maldición, políticamente es un país casi medieval, balcánico, marcado por un profundo tribalismo».
La trilogía, publicada por Ediciones B, lleva el título genérico de «La senda de los tercios» y será una obra que, según ha dicho a Efe su autor, revisará el ocaso imperial de «una España acosada por el resto de Europa; de un país que en menos de medio siglo pasó del poderío a la miseria, de un imperio a, con Carlos II y la Guerra de Sucesión, un país casi desmembrado, a punto de desaparecer».
«Más que la envidia, el pecado básico de España es ese profundo sentimiento de tribalismo que se ha repetido desde el siglo XVII», según Martínez Laínez, quien ha enumerado la independencia de Portugal en 1640, la invasión Napoleónica y «el siniestro episodio de la Guerra Civil» como ocasiones históricas en las que el país se ha jugado su pervivencia.
A todo lo cual ha sumado «otra vieja maldición», la de «la falta de cerebros y personajes claves capaces de sacarnos del atolladero desde los tiempos de Felipe IV y los validos hasta los desastres de un siglo XIX sin cabezas rectoras ni proyectos nacionales claves; como si fuese una selección natural a la inversa y nos tocaran los más incompetentes en los momentos más críticos».
El autor ha advertido que con «Las Lanzas», en referencia al cuadro de Velázquez y a la rendición de Breda, ha «eludido el género de capa y espada, porque es más una historia novelada que una novela histórica con ingredientes fantásticos; he tratado de aportar hondura y reflexión histórica».
También aborda esta trilogía con la idea de que «la historia es cíclica y que, si nunca se repite de manera idéntica, tampoco lo que sucede es del todo diferente del pasado histórico».
El autor ha elegido dos personajes para construir «Las lanzas», uno histórico, el general Ambrosio de Spínola, y otro de ficción, Alonso de Montenegro, un soldado raso, «un español cualquiera», no un mercenario sino «un hombre leal y comprometido que morirá solo, conservando su vieja espada, la honra, y empobrecido».
Montenegro le sirve al autor para mostrar «el modo de vivir y de pelear de los tercios», mientras que Spínola es «un personaje emblemático, reflejo de toda la tragedia y el declive» de la España imperial, «un personaje fuera de lo común porque es de alta cuna y, además, posee una gran fortuna, pese a lo cual se entrega a España y la Corona, obsesionado por la gloria militar, como una prolongación del ideal caballeresco medieval».
Sobre el cuadro de Velázquez que también es «la gran escenografía» de su novela, Martínez Laínez ha dicho que es «un canto a la paz; lo que se traslada a la escena es un canto a la paz, el abrazo final de Spínola y Nassau, el final de ochenta años de guerras terroríficas; eso pensaba Velázquez y debieron pensar otros muchos españoles de su época, que la guerra era un agujero negro que estaba engullendo a España».
Sobre la comparación que los editores de la obra hacen de los tercios españoles con el ejército de Alejandro Magno o las legiones romanas, Martínez Laínez ha asegurado que no es nada exagerada:
«Las legiones romanas son el modelo clásico de eficacia militar, y, por ese motivo, los tercios siempre se consideraron los herederos de esa tradición que no lo era sólo de armas, sino también de logística, desde los tiempos del Gran Capitán y el esplendor de las trincheras de Flandes, debido a soldados que sabían manejar la espada, pero también la pala y el azadón para protegerse y fijar posiciones». EFE

