Este fin de semana, en la primera vuelta de la elecciones de Ecuador ha salido ganador el partido Alianza PAÍS (Alianza Patria Altiva y Soberana) del izquierdista Rafael Correa, cuyo gestión de gobierno se ha venido en denominar “Revolución Ciudadana” en virtud de las amplias reformas políticas, económicas, sociales, educativas, etc. que ha implantado desde el inicio de la gestión en el 2007 para la aplicación de una forma de socialismo del siglo XXI en Ecuador, siguiendo la política exterior del bolivarianismo. Es decir, en consonancia con la línea marcada en Venezuela primero por Hugo Chávez y ahora por un cada día más tambaleante Nicolás Maduro. Se podría pensar que, tras la desaparición de la figura de Fidel Castro el marxismo podría ir tocando a su fin en el sur del Nuevo Continente, pero ya se ve que no es así. En contraste aparente estaría la reciente victoria de Donald Trump en los Estados Unidos, de un signo políticamente contrario.
Contrastes similares vemos en Europa y en todo el mundo, Podemos, CUP o BILDU en España, Amanecer Dorado en Grecia, Frente Nacional en Francia, Partido de la Libertad (PVV), liderado por Geert Wilders en Holanda, Norbert Hofer y el Partido por la Libertad en Austria o Beppe Grillo y su Movimiento 5 Estrellas son claros síntomas de que algo raro ocurre en todo el mundo. Si la muerte de Fidel, no modifica en nada el panorama de Cuba y resto de Hispano américa; sí podría repercutir más es el fenómeno Trump, tanto para ese país como, por su poderío e influencia, para el resto del mundo: Europa, Asia, Áfica… Y esto se debe a que la crisis del denominado “Establishment” ya no puede esconderse y por eso no hay barco que no vaya haciendo más o menos agua; y la clave está en la globalización que padecemos; que acaba por capitalizar los votos de los descontentos de todos los signos bajo los populismos de turno.
Esto es algo que, desde el marxismo, ya supo apreciar en su día Antonio Gramsci, uno de los fundadores del Partido Comunista de Italia (nacido en Cerdeña en 1891, y encarcelado en 1922 hasta su muerte en Roma en 1937) autor de una copiosa bibliografía.
De cuanto en ella aborda, quiero destacar su teoría a cerca de los intelectuales y del papel que deben jugar en la educación Según Gramsci, los intelectuales modernos no son simplemente escritores, sino directores y organizadores involucrados en la tarea práctica de construir la sociedad.
También distinguía entre la inteligencia tradicional, que se ve a sí misma como una clase aparte de la sociedad, y los grupos de pensadores que cada clase social produce ‘orgánicamente’ de sus propias filas. Dichos intelectuales “orgánicos” no se limitan a describir la vida social de acuerdo a reglas científicas, sino más bien ‘expresan’, mediante el lenguaje de la cultura, las experiencias y el sentir que las masas no pueden articular por sí mismas. La necesidad de crear una cultura obrera se relaciona con el llamado de Gramsci por una educación capaz de desarrollar intelectuales obreros, que compartan la pasión de las masas.
Toda relación de hegemonía es necesariamente una relación pedagógica y se verifica, no sólo en el interior de un país, entre las diferentes fuerzas que lo componen, sino en todo el campo internacional y mundial, entre grupos de civilización nacionales y continentales.
Crear una nueva cultura significa no sólo hacer individuales descubrimientos originales, sino también, difundir críticamente verdades ya descubiertas, socializarlas, por así decirlo, y por lo tanto convertirlas en base de acciones vitales, elementos de coordinación y de orden intelectual y social. Todas estas teorías las desarrolla en sus “CUADERNOS DE LA CARCEL“, obra escrita durante su cautiverio y donde, de forma astuta y sibilina marca las pautas y señala las directrices para adaptar el comunismo a las democracias occidentales, pues se percató que la revolución, la lucha de clases, el enfrentamiento social y la violencia no eran recomendables ni el camino a seguir. Contrariamente, para lograr su objetivo revolucionario, el marxismo pacífico siempre debe contar con compañeros de ruta que colaboren consciente o inconscientemente facilitándole la tarea. Y la tarea no es otra que penetrar y dominar los pilares fundamentales de la instituciones occidentales, corroerlas desde adentro, como la familia , la Iglesia ,las Fuerzas Armadas, los sindicatos, las universidades, los medios de comunicación , los tribunales, los colegios, los colegios profesionales etc. minando con estos infiltrados las bases de sustentación de la sociedad occidental.
Bajando a un plano más práctico del reparto de poder, lo que Gramsci sostenía es que, mientras el revolucionario se haga cargo de la educación y la cultura, aunque para ello deba ceder momentáneamente otros ámbitos como el económico, las obras públicas o la sanidad, con el paso del tiempo, las nuevas generaciones formadas en la cultura y educación revolucionarias, serán las que, desde dentro de la misma sociedad liberal y occidental habrán subvertido, pacífica e imperceptiblemente, los valores y principios de la misma.
La comprensión de la historia de Antonio Gramsci es profundamente dialéctica, pero los contrarios que juegan los términos de las oposiciones son muy dinámicos. Modifican su situación en distintos períodos y no responden a esquemas generales fijos. Son categorías abiertas que se definen y reconstruyen en contacto directo con la realidad. La reubicación de Gramsci en su dimensión histórica de dirigente comunista cobra hoy un sentido especial: miremos por ejemplo a la Teología de la Liberación, la Transición española, la Venezuela de Chávez y sus secuelas o, incluso, a los indignados del 15-M y Podemos…
El descontento y la desigualdad entre la población de los países mahometanos, dan origen al auge furibundo del Estado Islámico. El mundo musulmán comprende a mil cuatrocientos millones de personas. El 81% vive en 57 países que tienen mayoría musulmana. Sólo cinco de ellos – Benín, Guyana, Malí, Senegal y Surinam- están clasificados como países libres por la Freedom House, aunque ninguno de los países árabes se pueda considerar democrático. Sin embargo es como, si en su aparente búsqueda de la democracia, subordinada al servicio de una economía liberal y globalizada, el mundo occidental, la ONU, UE, OTAN, etc poderes económicos de turno, distinguieran un islamismo más democrático que otro y más merecedor de tolerancia. Sin embargo, es demasiada casualidad que las intervenciones más vehementes o sanguinarias, se den en los países que producen más petróleo. Tal es el caso de Libia, Kuwait, Túnez, Argelia, frente a Siria (que se limita a refinar petróleo iraní) y, por eso no parece importar tanto que se desangre en una guerra civil. Otra consideración, un doble rasero, merecen Egipto y Marruecos, tradicionales aliados de Estados Unidos e Israel y el primero controlador del Canal de Suez, donde, con pequeños cambios, más formales que efectivos, al estilo gatopardesco de que todo ha de cambiar para que nada cambie, se aparenta normalizar lo que es irreconciliable, el islamismo con la cultura occidental.
Más localmente, aquí, en Navarra, poco después de las navidades, en que veíamos la capitalización que se hace por el nacionalismo vasco de la figura del Olenchero, con origen en el segundo tercio del siglo XVII baztanés, y cercanos al carnaval, en que veremos la mediatización que los seguidores de Barkos, Otegi, Urkullu… hacen de los navarros Joalnunak de Ituren y Zubieta, vemos que la infiltración del enemigo por medio de la ósmosis cultural es un terrible cáncer ya muy gravemente extendido.
Hace ocho trepidantes décadas que Antonio Gramsci murió y hoy nadie habla de él, pero no podemos decir aquí hoy que no estemos padeciendo los efectos de su plan. En este sentido, como el marxismo es per se internacionalista y, por ende aplicable, según la correspondiente inculturización gramsciana, porque a todo el Orbe (reitero lo arriba dicho: Toda relación de hegemonía es necesariamente una relación pedagógica y se verifica, no sólo en el interior de un país, entre las diferentes fuerzas que lo componen, sino en todo el campo internacional y mundial, entre grupos de civilización nacionales y continentales) uno no deje de preguntarse reiteradamente muchas veces si Alfonso Guerra no pensaría en algo así cuando dijo que a España no la conocería ni la madre que la parió.
Pedro Sáez Martínez de Ubago, investigador, historiador y articulista
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