
En fechas recientes ha sorprendido una entrevista a Federico Jiménez Losantos (FJL) en la que imputaba la autoría de los atentados del 11-M a los servicios secretos marroquíes, y la ocultación de los mismos a cloacas españolas, para evitar una confrontación bélica de represalia (vid aquí). Si no recuerdo mal esta versión de FJL no la había mantenido anteriormente, o al menos no con esa claridad.
En Las Cloacas del 11-M, en mi análisis de las distintas teorías sobre la autoría de los atentados daba muy pocas probabilidades a la hipótesis de Marruecos. Creo conveniente, para situar el debate en términos que puedan ser contrastados o, en su caso, refutados, exponer el análisis que hice en el cap. XXVII, en el que seguí el método que utilizan los servicios de Información para analizar cualquier atentado, que consiste en elegir los hechos que se consideran fundamentales y contrastarlos con las diferentes hipótesis para ver la consistencia que puedan tener éstas para explicar esos hechos.
Para mí, los Hechos fundamentales que tenían que explicar las diferentes teorías -de los cuales se deriva una consecuencia lógica, partiendo de una premisa evidente- son los siguientes:
- La Versión Oficial (VO) es falsa, o, lo que es lo mismo, los falsos autores de Leganés fue un montaje de Cloacas internas, necesariamente de determinados ámbitos de las Fuerzas de Seguridad.
- El Partido Popular, o su Gobierno, si se prefiere, así como determinados sectores de sus Fuerzas de Seguridad afines, miraron como poco para otro lado, si no colaboraron activamente en el montaje de la VO y en el ocultamiento del verdadero atentado [véase en mi libro el cap. 9.5 sobre Acebes y la cúpula de Interior, y repárese que en todos los escenarios de la ocultación (restos de explosivo de los trenes) y de la suplantación (aparición de la mochila de Vallecas y su extraña desactivación en el Parque Azorín), en todos ellos la presencia de más rango -y determinante-, diríase que para controlar los “procesos” en marcha, fue el el Comisario General de Seguridad Ciudadana, Santiago Cuadro Jaén, del llamado clan policial del Opus Dei, cuyo jefe fue el primer Director General de la Policía, Juan Cotino, luego Vicepresidente del PP de la Comunidad Valenciana, persona que se trasladó de Valencia a Madrid en la misma mañana del día 11, indudablemente para intrigar (cap. 6.3.)].
- Los atentados se hicieron con las señas de identidad de ETA. En los trenes, después de la pericial de los explosivos, como demostré en los caps. V y X de mi libro, al igual que Antonio Iglesias en su libro Titadyn, no explotó Goma 2 Eco, sino Titadyn. Lo cual no quiere decir que fuera ETA la autora sino que quien lo hizo utilizó ese explosivo para que lo pareciera. Esto es lo que Dezcallar sugirió en la Comisión de Investigación cuando dijo que el Titadyn no significaba que fuera ETA sino que llevaba “la firma” de ETA [vid. – Las medias verdades de Dezcallar (IV) – Titadyne].
El Titadyn no excluye que se hubieran utilizado otros explosivos de tipo militar que no dejan rastro.
- En los prolegómenos del 11-M hubo varias operaciones fallidas de ETA (Chamartín, Cañaveras y Baqueira-Beret), claramente “señuelos” controlados o teledirigidos desde determinados ámbitos de las cloacas del Estado, que podrían estar anunciando una operación de mayor alcance en las vísperas electorales –como “esperaban” y reconocieron todos los altos mandos de la cúpula de las Fuerzas de Seguridad- sobre la que es muy probable que se montara el 11-M.
La “premisa evidente” de la que partimos la podemos formular así: Nadie, en su sano juicio, fabrica a posteriori un falso atentado para sustituir al auténtico si no conoce previamente lo que de verdad ha ocurrido.
La consecuencia lógica que se deriva de todo ello es la siguiente: La eventual colaboración del Gobierno del PP en tapar los atentados y en el montaje de las pruebas falsas (por medio de sus terminales policiales afines), su absoluto desinterés por conocer la Verdad y su obstrucción a que se investigara nada relacionado con el 11-M cuando llegó de nuevo al poder, solo es entendiblepor su eventual participación –o conocimiento- en esas operaciones “señuelo”, incluida la que estaba prevista en las vísperas electorales, porque el verdadero atentado, probablemente superpuesto a esta última operación, o no, podría volvérsele en su contra (en el próximo capítulo desarrollaremos más a fondo este escenario).
Claro está, los defensores de la VO dirían que este planteamiento es falso, porque la VO es la verdad, y ninguno de estos hechos serían tales, sino todo lo contrario, para lo que cuentan, además, con dos sentencias judiciales que les dan la razón. No entraremos de nuevo en esta polémica que se resume en que el Poder, como diría Quevedo, “silencio avisa y amenaza miedo” al incauto que se atreva a dudar de la Versión Oficial, lo cual ha dado lugar a personajes “temerarios” y “valientes” como Manuel Jabois, que para homenajear la Verdad Judicial –de la que no alberga la menor duda porque «la verdad ya se ha dicho y ha sido juzgada» (sic)- acaba de escribir un libro sobre el que prefiero reservar mi opinión (vid aquí).
Simplemente, sin necesidad de que se lean las 444 págs. de mi libro –algo que por supuesto nunca harán para no contaminarse de material radioactivo “conspiranoico”-, nos gustaría que los defensores de la VO nos expliquen, si tan seguros estaban de la verdad, por qué se eliminaron todas las pruebas del escenario del crimen a las 48 horas de los atentados, incluyendo 10 trenes, cientos de restos de explosivo y de los artefactos explosivos. Y más aún por qué se sustituyó el verdadero escenario del crimen por otros escenarios donde no ocurrieron los atentados: las dependencias del gran complejo policial de Canillas y de la Comisaría de Vallecas. Algo muy natural, y sobre todo extraordinariamente cómodo para los investigadores policiales, ya que no tenían que salir al campo abierto a la búsqueda de pruebas e indicios sino que se las encontraban donde debe aparecer cualquier prueba que se precie: en las mesas de los despachos…
Eso es lo que ocurrió con la Renaul-Kangoo y, sobre todo, con la famosa mochila de Vallecas con la que se construyó toda la Versión Oficial del 11-M, a la que dediqué 80 páginas de mi libro para demostrar los incontables indicios de su falsedad. Baste con recordar, como demostración de que se trataba de una prueba pre-constituida desde determinados ámbitos de las Cloacas del Estado, que los periodistas Juan Baño y José Apezarena (éste destacado militante del Opus Dei) la anunciaron en la COPE con cinco horas de antelación a que la descubrieran en la Comisaría de Vallecas, sin que hasta ahora nadie les haya preguntado cómo pudieron enterarse antes que los números policiales que se toparon con ella. Porque está claro que esas “fuentes de la lucha antiterrorista” que les pasaron la información con tanta antelación, si no habían puesto ellos la mochila en Vallecas es bastante difícil que no supieran quién lo hizo (Vid. La Fonoteca de la COPE).
Haciendo este paréntesis, continuemos. A la luz de estos hechos “prohibidos”, analicé las diferentes hipótesis. En primer lugar, el atentado islamista, de Al Qaeda, que queda automáticamente desechado por el absurdo de que se quisiera tapar un atentado de tal signo con un montaje posterior que echara la culpa a otros autores, a otros islamistas –si se puede llamar así a los delincuentes magrebíes de Leganés-. ¿Tiene sentido que determinados componentes de las Fuerzas de Seguridad españolas montaran todo el tinglado de la versión Oficial para tapar un atentado verdadero con otro falso pero del mismo signo que el primero?
Analizo también el atentado de bandera falsa islamista orquestado desde instancias secretas estadounidenses, tesis que defendió al final Fernando Múgica, también desechable, a mi entender, por los mismos motivos anteriores. No se puede entender que si el atentado hubiera sido diseñado en Cloacas del Imperio para justificar y reforzar su política expansionista en Oriente Medio, con signos claramente islamistas, que las Fuerzas de Seguridad españolas fueran a taparlo con la falsa Versión Oficial islamista. ¿Es esto creíble? Múgica, en una entrevista a Luis del Pino (por otro lado interesantísima que puedes oír aquí) alegaba que “los que improvisan, los que tapan, no tienen ni idea de quién ha sido. Creo que todavía siguen sin tener ni idea…” Pero, como exponíamos en la “premisa evidente”, ¿alguien se puede exponer a tirarse a ese charco con el riesgo de que los hechos que desconoce le contradigan? Nos parece simplemente insostenible.
En el mismo sentido, y por las mismas razones, analicé la hipótesis marroquí, que es la que nos traía a escribir este artículo. Como decía en el libro, si Marruecos hubiera sido el autor de los atentados, la mano de obra tendría que haberla buscado en otro sitio, porque los marroquíes de la falsa Versión Oficial (VO) no tuvieron nada que ver con la masacre. Federico Jiménez Losantos (FJL), en el artículo citado descarta que esos cabezas de turco (a los que siempre ha caracterizado con gracejo -para ridiculizar la insostenible VO- como “pelanas de Leganés” o “moritos de alcance”) hayan tenido arte ni parte en los atentados:«¡Pero si los yihadistas que cogieron eran de pega!» (para los que todavía no estén al tanto, lo que había en la explosión controlada del día 3 de Abril en el piso de Leganés eran siete cadáveres –que no sabemos si se trataba de los dizque “inmolados” de la VO, previamente ejecutados, o simples cuerpos anónimos sacados de la morgue-, ya que no dejaron la menor huella de sangre, cosa lógica porque ésta se coagula a las pocas horas de la muerte, ni se les practicó la autopsia para datar la hora del fallecimiento, también lógico si no conviene que se sepa…).
Por tanto, FJL se está refiriendo a otros autores materiales, comandados por el vecino alauita. Pero entonces, ¿qué sentido tiene que las Cloacas españolas se inventaran otro atentado para tapar la agresión marroquí? FJL dice que el motivo fue el de evitar un conflicto armado. Pero es un argumento, que aunque lo hemos oído en numerosas ocasiones por quien ha defendido la tesis marroquí –o la tesis francesa-, a mí me parece bastante endeble, por lo siguiente.
En primer lugar los hechos. Partamos de que declarar la guerra es potestad del Presidente de la nación. ¿Qué pasó en Perejil? Que invadieron una parte de nuestro territorio y que Aznar dio la orden inmediata de recuperarlo. Es decir, que rompió las hostilidades con el riesgo de que se hubiera provocado un conflicto armado. No se arredró. Pues bien, si hizo eso Aznar con un Peñón irrelevante, ¿se iba a quedar de brazos cruzados con una agresión directa de la magnitud del 11-M?
Pero es que, además, si hubiera sido Marruecos, lo más improbable es que se hubiera desatado una guerra. Y la razón es sencilla. Una invasión es una operación a pecho descubierto, inocultable. Pero un complot es un hecho clandestino, complejo y difícil de llegar a sus últimas consecuencias. Si los Servicios de Seguridad españoles hubieran llegado a descubrir indicios de una mano negra marroquí –algo que, por otro lado, les hubiera llevado tiempo-, el Sultán de los Creyentes habría sido el primero en negarlo. Y si a pesar de todo, los indicios fueran abrumadores, se habría desligado de la operación achacándola a elementos descontrolados. Aznar –y/o su sucesor- habría exigido todo tipo de actuaciones en reparación del daño causado, incluidas posibles medidas internacionales de castigo a Marruecos, pero no habría pasado de ahí la cosa, porque a nadie le interesaba, y menos a un país “pacifista” como España, la conflagración frontal. Todo esto, si se hubiera descubierto la mano alauita…
No nos parece creíble esta tesitura. Además, si lo que se trataba era de tapar el atentado, les bastaría con dificultar la investigación real de los mismos, algo que, como ya he quedado perfectamente acreditado en el 11-M, se puede lograr con gran facilidad. Lo único que se necesita es que todos los estamentos –policiales, judiciales, políticos y de comunicación- e instituciones marchen al unísono por la senda de la ocultación, algo que ahora nos resulta tremendamente familiar.
Lo que desde luego no tiene ningún sentido es que además de recibir España esa bofetada, que les premiáramos con un falso atentado que, por otra parte, y esto sí que es más difícil de entender, se iba a construir con los mismos ingredientes de lo que se quería tapar, con todo un aluvión de marroquíes que deberían haber puesto en el punto de mira como principal sospechoso al Sultán de Marruecos.
No hace falta acudir a la lógica de la navaja de Occam para deducir que lo que se estaba tapando era algo muy diferente a una hipotética mano negra marroquí. En realidad es el propio FJL quien nos está poniendo sobre la pista, cuando dice: «Los servicios secretos marroquíes aprovecharon algo que ya había en marcha y perpetraron una masacre... Creo que lo que podía haber sido un pequeño atentado de ETA o un atentado ficticio se convirtió en un masacre por la intervención de los servicios secretos marroquíes».
Está claro que se está refiriendo a la operación teledirigida en vísperas electorales que destaco al principio en el Hecho nº 4, de lo que tuvimos una primera noticia el 18 de Abril de 2004, con el primer Agujero Negro de Fernando Múgica, algo que desarrollaremos en todas su variantes en el próximo capítulo.
Pero claro, la pregunta es inevitable: ¿Cómo pudieron enterarse los servicios secretos marroquíes que había una operación en marcha de bandera falsa con la firma de ETA –“ficticia” sugiere FJL? La única manera habría sido que le hubiera informado alguna cloaca interna. Pero entonces ya no estamos en un complot alauita. Estamos de lleno en un golpe vernáculo, de cloacas españolas, al que habrían invitado al Sultán a “subirse”, es decir, de una manera subsidiaria, residual. Un sector de las cloacas que era el único capacitado para chantajear al Gobierno con esa información, de tal manera que podría forzarle a ocultar el verdadero atentado, si no quería exponerse a que le achacaran ser el autor intelectual, e incluso material, de los mismos, como se verá.
Todos estos elementos, tomados en conjunto, hacen bastante improbable que ni siquiera Marruecos hubiera prestado mano de obra –distinta de los “moritos” de Leganés- para ejecutar los atentados. Como dije en el libro, en tal caso, no hubiera sido necesario montar la arriesgada, absurda, compleja y caóticaréplica de la Versión Oficial, todo un tinglado en el que pudieron participar prácticamente todos los estamentos de la Seguridad del Estado, probablemente para evitar la posibilidad de que nadie quedase sin pringar y conjurar así eventuales delaciones (“dilema del prisionero”), como reveló Fernando Múgica en la entrevista a Luis del Pino referida más arriba («Ellos (las Fuerzas de Seguridad)… no saben quien van a ser los culpables hasta, primero, la semana en que aparece el análisis oficial de la furgoneta Kangoo que, como sabes, fue el veintitantos de marzo, y después salen las fotos en los periódicos. Ahí sí, ahí dicen: estos van a ser los malos. Ahí los han seleccionado, y alguien dice: “Pues si tú metes a éste, yo meto a mi radical El Tunecino”. Y el CNI dice: “Si tú metes al radical El Tunecino yo meto a Lamari”. ¡Fíjate por dónde!, y empiezan unas discusiones entre ellos brutales. Y al final dicen: “¡Bueno! ¡Consenso! ¡Estos son los malos!”. Y entonces salen en los periódicos…»).
En el fondo, yo creo que Federico Jiménez Losantos, con esos matices que introduce en su entrevista, está mucho más cerca de las tesis de quien esto suscribe que de la literalidad de sus últimas manifestaciones. Probablemente si las desarrollara con más detalle que con los dos brochazos de la entrevista, en línea con sus anteriores análisis, no creo que estuviéramos muy distanciados en nuestras apreciaciones.
En el siguiente capítulo, como ya he anunciado, continuaremos analizando las distintas teorías, centrándonos en el verdadero núcleo en el que se desarrollan los atentados, la operación en marcha de las vísperas electorales -con las señas de identidad de ETA-, de la que oportunamente se hacía eco FJL en su última entrevista.
Ignacio López Brú, autor del libro Las cloacas del 11-M
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