
El montaje teatral es obra del cineasta Carlos Saura y fusiona el flamenco con las artes escénicas tradicionales del subcontinente asiático
Miles de kilómetros separan la campiña andaluza de la sinuosa orografía del Rajastán, distancia y accidentes que Carlos Saura ha diluido a través de la música y danza en su espectáculo «Flamenco-India», estrenado hoy en Valladolid y donde insinúa la ascendencia hindú del cante y baile flamencos.
El montaje, que subraya las reminiscencias orientales de la danza propia del cante hondo, está ideado como un diálogo entre dos culturas, en el que se mostrará todos los elementos que unen a estas dos formas de cultura separadas por miles de kilómetros pero unidas en este viaje a lo más profundo de sus raíces comunes.
Carlos Saura realiza un ejercicio de comparación y fusión acercando la escena a la India, buscando los lazos “de los gitanos que llegaron de Rajasthán a España atravesando el sur del Mediterráneo hasta asentarse sobre todo en Andalucía”. El prestigioso cineasta asegura que la danza flamenca goza de una flexibilidad “que hace posible la integración de los músicos indios en determinados ritmos flamencos”. Así demuestra que es posible la fusión entre las dos culturas, encontrando nuevas formas de baile y nuevas actitudes musicales.
En ‘Flamenco, India’ el flamenco y la danza india se fusionan bajo la dirección de varios directores de coreografía y de música. Carmen Cortés se encargará del baile flamenco, mientras que Santosh Nair y Mónica de la Fuente escenificarán la danza india. La dirección musical corre a cargo de Ravi Prasad en el caso de los ritmos hindúes y Gerardo Núñez en el del flamenco.
Savia gitana, árabe y hebrea
Alquimista contumaz -el flamenco ya centró en 1955 su primer cortometraje-, Saura ha vuelto a cavilar sobre sus orígenes al centrarse en la savia gitana, una de las tres que lo han nutrido junto a la árabe y la hebrea, y para ello se ha remontado en la historia hasta encontrarse en Rajastán, de donde inicialmente fluyeron los zíngaros que durante siglos erraron por Europa.
En el espéctaculo se perciben con nitidez las similitudes entre las castañuelas y el kartal, entre el cajón y el dholak, la guitarra y el sitar, y apenas se distingue el desgarro, el arrebato o el quejío en voces de parecida modulación y entonación.
Poesía en movimiento declaman los bailarines con sus cuerpos en giros, movimientos, pasos y miradas convertidos en versos para expresar a un tiempo el lamento de un pueblo nómada y hostigado, y la alegría con la que han enfrentado su destino, todo ello visible en danzas donde la figura humana emerge desde el suelo y se retuerce para reflejar los pliegues de unas vidas sinuosas y volubles.
La mudrás, una modalidad de poesía gestual hindú, se confunde con el baile flamenco en danzas que revelan en ambos casos un origen sagrado, ritual, de vínculo con la naturaleza e incluso de defensa como pueblo con resonancias marciales que Saura desliza con los Chau y Kalaripayattu del Rajastán, y el baile de bastones gitanos.
El simbolismo y la energía espiritual crecen a medida que avanza un espectáculo donde también quedan acreditados los rasgos que han permitido a la raza gitana subsistir con el paso de los siglos: el respeto a los mayores, la jerarquía, el sentido gregario y la férrea aceptación de sus normas y costumbres.
La alegría en medio de la nada, al borde del abismo, es otra de las lecturas de «Flamenco-India» a partir de coreografías que insinúan los corros nocturnos alrededor del fuego, una reja fingida donde dos novios calés «pelan la pava», un campamento gitano y un pasodoble bailado en cualquier cantina de pueblo.
La apoteosis escénica, equivalente a la síntesis que plantea Saura en este ensayo, sobreviene en el cierre con todos los bailarines y músicos moviéndose al son de «La Tarara», como símbolo de una emulsión cuajada desde un paralelismo ya sugerido desde el propio lema del espectáculo.
Carlos Saura insinúa el parentesco entre India y el cante y baile flamencos
