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Manifiesto antiedadista

Manifiesto antiedadista

La edad nos limita, nos empequeñece, nos cierra puertas, nos veda posibilidades, nos convierte ante nuestros propios ojos en caricaturas de lo que fuimos, lleva la realidad lejos de nuestra percepción. La vejez es una burla de la naturaleza. O una cura de modestia, una manera de ayudarnos a que aceptemos, gradualmente, lo inevitable. Y eso en el mejor de los casos. Yo admiro a esos viejos que con seis, siete u ocho décadas a las costillas despliegan una energía espeluznante. Los admiro como puede admirarse a un funambulista o a un paracaidista: por el peligro que arrostran. Aunque debo confesar que mi admiración no es completa. Tengo mis reservas; no me creo del todo la euforia, el frenesí, la hiperactividad octogenaria, ni la septuagenaria, ni siquiera la sexagenaria.Una parte de mi admiración queda ensombrecida por la sospecha de que toman alguna sustancia, natural o sintética, que multiplica sus fuerzas cuando están visibles, y que luego sufren, a escondidas, un derrengamiento monumental, una postración consecuencia de tanta vitalidad. El vejete fuguillas no me inspira confianza. Es un mito, y quienes lo encarnan acaban pagando, tarde o temprano, un precio. A partir de los cincuenta y cinco, el que tiene cinco clases que dar se apaga en la segunda, y al que trabaja siete horas le sobran las cuatro últimas. Esta es una de las fuentes del edadismo y quizá la más justificada, pues el prejuicio nunca es aceptable pero la ciencia, lo empírico, es incontrovertible. De nada sirven las triquiñuelas benintencionadas del currículum sin foto y sin edad. En un momento u otro ha de aparecer la momia, y no le valdrán brebajes, afeites ni fingimientos.Todo el mundo sabe que a los cincuenta y pico hay mucha experiencia pero poca energía. Mira, lector querido, cómo sustituyen los colegios a los profesores que se jubilan: siempre contratando jóvenes. La experiencia no importa: lo que se busca es que los nuevos aguanten mucho y no den trabajo a la dirección. Y seguro que ocurre algo muy similar, si no lo mismo, en otros ámbitos. Envejecer es, entre otras cosas, perder la simetría; de modo que lo viejo —el viejo— es feo. Ancianidad es eficiencia, eficacia, resolución: experiencia. Pero en la recepción del hotel, en la tienda, en el restaurante y en el banco se necesita más la belleza, la simetría y la durabilidad. Nadie se cree las elucubraciones antiedadistas. Están ahí para quedar bien, como los derechos humanos o las leyes de propiedad. Pero lo cierto, en la práctica, es que nadie contrata vejestorios porque ya están pasados por el culo del alguacil, porque se las saben todas, porque no se dejan engañar, porque son contestatarios, porque suelen tener más categoría que sus jefes y, sobre todo, porque son viejos. Ahora: yo, como quasiestantigua oficial, como cincuentón ambulante por dentro de mi casa, como intrépido explorador de mi espacio de confort, les aconsejo y me aconsejo firmeza berroqueña en el desprecio al edadismo, y conservación a ultranza del buen autoconcepto, porque todo edadismo es egoísmo, convencionalismo, gregarismo y estulticia, y porque los viejos hoy despreciados serían admirados, respetados y agasajados, siendo exactamente los mismos, si fuesen millonarios.Que no supliquen, que no se rebajen, que ofrezcan su gran competencia y capacidad con la cara bien alta; primero porque así debe ser y porque se lo han ganado, y segundo porque despreciar al que suplica es una reacción humana instintiva. La única insistencia de un viejo ha de ser la que se hace por burla, como, verbigracia, enviar año tras año un currículum a las empresas que han rechazado su candidatura. Sin la menor intención de ir, claro.

Juan Vicente Yago Martí

Escritor

 

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