Artículo 129
“Somos libres hasta que los imbéciles nos imponen su criterio”. Manolo Royo
Parece que la moda ahora es hacer una reserva telefónica en un restaurante caro, de los que anuncia la guía Michelin y luego no presentarse. Pero no una mesa, no, se ponen de acurdo para reservar todo el aforo y luego no presentarse. Eso tiene un nombre y todos intuimos la profesión de sus madres.
Hay gente que no progresa adecuadamente y cumple las sugerencias de la voz de su amo.
Perjudicado su prestigio más los costes de la materia prima, ahora el empresario se ve obligado a defenderse solicitando la tarjeta de crédito para reservar una mesa y cobrarle como poco el menú del día por si no acude.
Esto es como lo de Franco, que demostró ser un mal dictador. Pues no va y se muere y deja una monarquía parlamentaria. Mira Fidel Castro que dejó a su hermano al frente del Partido Comunista para que Cuba sigua disfrutando del Progresismo. O en Corea del Norte, que también el Comunismo es hereditario como las monarquías y pasa de padres a hijo y nietos.
Hablábamos de estas cosas cuando estalló la primera piedra sobre el parqué flotante de la terraza de verano. Un niño de cuatro años cogió la piedra de unos 300 gramos que emplea el local para que no se vuelen las servilletas de papel y la lanzó al suelo. El susto de las personas de la conversación fue sonoro; el silencio invadió la carpa abierta que ocupábamos quince personas y un menor.
En la segunda piedra que vi lanzar al niño, el ruido fue mucho mayor, los tres adultos que le acompañaban reían la gracia mientras los demás lamentábamos su presencia.
No pasó el minuto cuando el niño repitió la jugada, menos risas en su mesa y crecieron los comentarios de las demás. Ahí fue donde me vino a la cabeza la famosa frase del filósofo con el que me acuesto a diario: “Mayordomo de nuestros hijos, esclavos de la sociedad”.
Cuando apenas habíamos recuperado la conversación, el niño consentido por sus tutores, que en lugar de quitarle la piedra de la mano la primera vez colaboraron con él para que no se aburriera, lanzó por cuarta y última vez la piedra.
Ahí fue cuando cogí la piedra de nuestra mesa y la lancé al suelo con saña, que siempre es más que lanzarla sin ella. Me levanté ante la mirada de todos y la volví a dejar caer, mientras añadí en voz alta: “A ver si le empato al niño”.
Manolo Royo, humorista www.manolo-royo.com


