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Secuestro de Ortega Lara: el pulso que ETA perdió camino hacia su derrota

La liberación de José Antonio Ortega Lara tras el secuestro más largo perpetrado por ETA puso a prueba al Estado y a la Guardia Civil en el pulso que la banda les echó convencida de que lo iba a ganar. No lo consiguió. A cambio, recibió un fuerte mazazo en el avance imparable hacia su derrota.

Una liberación de la que hoy se cumplen 20 años, como se cumplen también de la de Cosme Delclaux, abogado e hijo de un destacado empresario vizcaíno que en la madrugada del 1 de julio de 1997 fue liberado por sus captores 232 días después de su secuestro y tras supuestamente haber pagado la familia 1.000 millones de pesetas.

Tras tener conocimiento del secuestro, la Guardia Civil comenzó a trabajar pero con pocas pistas. Tras seis meses de investigación, apareció la primera luz. El 23 de julio de 1996, una operación de los Servicios de Información del instituto armado en Francia permitió incautar un papel al miembro de ETA Daniel Derguy en el que se podía leer «Bol Ortega, 5k». Los agentes que intervinieron en el operativo derivaron el escrito a la Dirección General, que a su vez lo remitió a la Comandancia de Guipúzcoa, que rápidamente concluyeron que alguien -vinculado con las siglas Bol- había suministrado cinco millones de pesetas a los secuestradores para mantener encerrado al funcionario de prisiones.

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No fue fácil dar con la pista que condujera hasta la nave industrial de Mondragón donde llevaron a Ortega Lara, al que escondieron en un zulo de madera, húmedo y frío tras una máquina y de unas dimensiones casi increíbles: tres metros de largo, dos de ancho y 180 centímetros de alto.

 

Mientras tanto, Ortega Lara malvivía en el zulo junto a dos ollas proporcionadas por los etarras, una con agua para que se aseara y otra vacía para que hiciera sus necesidades. El agujero había sido ‘amueblado’ con una tumbona, una mesa y una silla plegables, una percha y un estante colgados en la pared. Además, los terroristas le habían dado un walkman y varios libros para entretenerse y el periódico, que se lo daban solo los días que se portaba bien y que podía leer durante las horas que se encontraba encendida la bombilla, que no eran demasiadas. Al principio, el funcionario conversaba cordialmente con sus captores. Al final, apenas si los saludaba. «Ya no tenía muchas ganas de seguir hablando, porque acabábamos discutiendo y entonces me dejaban sin periódico y sin luz», confesó en 2007 en una entrevista con Fernando Sánchez Dragó, donde incluso reveló que hasta llegó a preparar su suicidio dentro del cuarto. «Elaboré unas bolsas con basura trenzadas con un pequeño mecanismo de seguridad para no fallar», admitió.

Pero los servicios de la Guardia Civil no abandonaron esa pista y durante mucho tiempo vigilaron día y noche la nave. Precisamente, las vigilancias no fueron fáciles. Y no sólo por la precaución de no ser vistos por las personas que podían trabajar en el polígono, sino por la propia orografía, la humedad del río sobre el que se encontraba la nave, lo escarpado del terreno…

Fueron muchos días con los ojos puestos en una nave donde no se producían importantes movimientos, con escasa o nula productividad, con dos personas que entraban y salían y poco más.

Sin embargo, los investigadores tenían sospechas fundadas de que Ortega Lara podía estar allí. Algunos indicios les permitían mantener la esperanza, como los desperdicios de comida que se arrojaban a la basura proveniente del fin de semana a pesar de que nadie había acudido a la nave en ese tiempo.

La Guardia Civil esperó a tener todo bien atado antes de entrar. No faltaron entre los agentes momentos de desilusión durante los dieciséis meses de cautiverio, pero siempre hubo «el arrojo y las ganas de levantarse para buscar nuevas líneas de investigación cuando la anterior no había dado resultado», relatan a Efe las fuentes.

Unas ganas y tesón que se mantuvieron porque la Guardia Civil siempre tuvo el convencimiento de que Ortega Lara estaba vivo.

Cuando se decidió entrar en la nave, se preparó un dispositivo de 500 agentes coordinados por el entonces juez de la Audiencia Nacional Baltasar Garzón.

Entraron los primeros guardias, pero no vieron nada. Sin embargo, no había margen de error y volvieron a intentarlo. Movieron todas las máquinas, una cedió, se localizó el sistema hidráulico y la trampilla y un agente entró boca abajo. Allí estaba Ortega Lara, con 23 kilos menos, en un estado lamentable y resistiéndose a salir.

A los agentes que durante semanas y semanas habían vigilado la nave se les olvidó el frío, la lluvia, las pulgas, las miserias que pasaron. La alegría recorrió a todos.

Esos mismos agentes que se abrazaron satisfechos por el resultado de su trabajo, lloraron días después por el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Eran los mismos que no descansaron ni un solo minuto por la desesperación de querer hacer más en esas tensas y largas horas que transcurrieron desde el secuestro hasta la muerte del concejal y que mantuvieron en vilo a toda España. NAVARRA INFORMACIÓN/EFE

Termina el secuestro de Ortega Lara

 

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