Espinosa de los Monteros y otros cuatro pueblos que prometen una escapada inolvidable en el norte de Burgos
Espinosa de los Monteros ya puede presumir oficialmente de ser Bien de Interés Cultural. El Consejo de Gobierno de Castilla y León ha aprobado su declaración en la categoría de Conjunto Histórico, un reconocimiento que pone en valor la riqueza patrimonial de una villa que conserva algunos de los ejemplos más interesantes de arquitectura civil y defensiva de Las Merindades. La noticia, además, pone fin a una espera especialmente larga: el expediente comenzó a tramitarse el 3 de julio de 1972, hace 54 años.
Pero ¿qué supone realmente convertirse en BIC? Esta es la máxima figura de protección y tutela prevista para el patrimonio cultural de Castilla y León y, en este caso, la categoría de Conjunto Histórico reconoce no solo determinados edificios monumentales, sino una agrupación de inmuebles y un entramado urbano que permiten seguir la evolución y la historia de una comunidad. Un reconocimiento que obliga también a preservar esos valores de cara al futuro.
Y en Espinosa razones no faltan. Situada al norte de la provincia de Burgos, muy cerca ya del límite con Cantabria, su historia se remonta al menos hasta la Edad Media y ha estado durante siglos estrechamente ligada a la Corona. De aquí surgió el histórico Cuerpo de Monteros de Espinosa, encargado de la guardia nocturna de los monarcas durante siglos y cuyo nombre terminó incorporándose al de la propia villa. Más adelante llegarían otros privilegios que hablan de su importancia, como la autorización para celebrar mercado semanal en 1501 o la concesión del título de villa por Felipe IV en 1627.
De pasado al presente
Ese pasado todavía se reconoce al recorrer sus calles, donde antiguas torres defensivas aparecen entre las casas y los escudos de piedra recuerdan la importancia que alcanzaron algunas de sus familias. Basta recorrer el casco urbano para encontrarse con edificios tan singulares como el Palacio de los Cuevas Velasco, el de los Fernández Villa o el del Marqués de Chiloeches, pero también con pequeñas sorpresas que explican el carácter de la villa, desde la llamativa Torre de los Azulejos hasta la Casa de los Cubos.
La visita continúa entre casonas solariegas, arquitectura popular y rincones que todavía conservan la huella de varios siglos de historia hasta llegar a dos de sus puntos más destacados, las iglesias de San Nicolás y Santa Cecilia. La primera data del siglo XII y destaca por su retablo gótico del siglo XV y por tener una pila bautismal cuadrada. Santa Celicia, por su parte comenzó a construirse a principios del S. XVI y sus obras duraron más de 200 años. Una de sus grandes curiosidades no es precisamente la belleza de su interior, sino el que sus columnas están ligeramente inclinadas. Y es que la iglesia se asienta sobre un terreno inestable.
Una buena excusa para conocer la zona
La declaración pone ahora el foco en Espinosa de los Monteros, pero su patrimonio no está aislado. A muy pocos kilómetros esperan otras localidades que también han visto reconocido el valor histórico de sus cascos urbanos y que permiten convertir la visita en una ruta por algunas de las villas con más historia de Las Merindades. Villasana de Mena, Medina de Pomar, Villarcayo y el pequeño conjunto de Salazar serán las siguientes paradas.
Villasana de Mena
A poco más de 25 kilómetros de Espinosa, Villasana de Mena conserva buena parte de la estructura con la que creció durante la Edad Media. La calle del Medio sigue siendo el mejor hilo para recorrerla, entre casas tradicionales, antiguas construcciones de piedra y casonas indianas. La Torre de los Velasco y el palacio de los Sancho Ortiz de Matienzo recuerdan además el peso que tuvo esta pequeña villa en el pasado.
Medina de Pomar
Si Espinosa presume de torres y casas solariegas, Medina de Pomar no se queda atrás y juega, además, la baza de la monumentalidad. El gran responsable es el Alcázar de los Condestables, fortaleza de los Velasco y una de las imágenes más reconocibles de Las Merindades. A sus pies se extiende un casco antiguo de trazado medieval al que se suman la iglesia de Santa Cruz y el monasterio de Santa Clara, un espacio que hoy se encuentra divido para darle nuevos usos al edificio. Una parte sigue siendo habitada por las monjas de clausura mientras que otra se ha dedicado a un museo sobre la historia del edifico y de la orden de San Clara y, por último, ciertas dependencias son una hospedería en la que poder alojarse y disfrutar de la tranquilidad y del lugar.
Medina de Pomar es una de las localidades más habituadas de las Merindades por lo que su oferta, tanto de alojamiento como de restaurantes también es más amplia y variada.
Villarcayo
Apenas ocho kilómetros separan Medina de Pomar de Villarcayo, una cercanía que hace casi obligado enlazar ambas visitas. Esta última fue durante siglos el centro político y administrativo de Las Merindades y todavía conserva parte de aquella importancia en la Plaza Mayor y en las casonas solariegas y blasonadas de los siglos XVII y XVIII que aparecen en calles como Santa Marina, una de las más bonitas del pueblo.
Salazar
Y desde Villarcayo basta recorrer unos seis kilómetros para llegar a la parada más pequeña —y posiblemente más inesperada— de la ruta. Salazar se organiza prácticamente alrededor de una única vía, pero concentra numerosos palacios, casas-torre y fachadas blasonadas que hablan del poder del linaje que llevó su nombre. El Palacio de los Salazar, la iglesia de San Esteban y la del Cristo completan un conjunto en el que también se conserva muy bien la arquitectura popular de montaña.


