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La Ítaca que hemos perdido

La Ítaca que hemos perdido

Bajo los monstruos, los naufragios, las islas y los dioses, Homero no compuso únicamente una aventura. La Odisea es también una reflexión sobre la pérdida, la memoria y la identidad. Odiseo atraviesa mares desconocidos, vence peligros imposibles y resiste tentaciones que amenazan con apartarlo para siempre de su destino. Pero su verdadera grandeza no está solo en sobrevivir. Está en conservar, incluso en medio del extravío, la conciencia de que debe regresar.

Ítaca no es únicamente una isla. Es la casa, la familia, la memoria de lo vivido. Es el lugar al que se vuelve porque allí descansa algo más profundo que la mera pertenencia geográfica. Odiseo no desea regresar porque el mundo sea pequeño, sino porque sabe que uno puede perderse definitivamente cuando olvida aquello que le da forma.

Quizá por eso el poema sigue hablándonos con tanta fuerza. El hombre contemporáneo ya no teme a Poseidón ni navega entre cíclopes, pero vive rodeado de otros naufragios. Nunca ha tenido tantos medios para orientarse pero sin embargo, rara vez ha parecido tan expuesto a la dispersión. Tenemos mapas, pantallas, rutas inmediatas, respuestas al instante. Sabemos ubicarnos con precisión en cualquier punto del planeta, pero no siempre sabemos hacia dónde estamos yendo.

Los viejos peligros de Odiseo siguen ahí, aunque hayan cambiado de rostro. Los lotófagos ofrecían un olvido dulce, una forma cómoda de abandonar el regreso. Hoy también existen lotos: distracciones constantes, entretenimientos inagotables, pequeñas evasiones que van erosionando la pregunta por el sentido. Las sirenas prometían fascinación y conocimiento, pero su canto arrastraba hacia la ruina. Nuestro tiempo también está lleno de voces que reclaman atención, de ruido que seduce, de verdades rápidas y consignas fáciles. Y Calipso, con su isla perfecta, ofrecía a Odiseo una felicidad sin heridas, pero también sin memoria, sin deber y sin regreso.

La lección de Homero no consiste en negar el viaje. Cada vida tiene sus mares, sus monstruos y sus islas. La cuestión es si, al atravesarlos, seguimos sabiendo qué lugar ocupa nuestra Ítaca. A Odiseo le costó diez años volver a casa. A nosotros quizá nos sucede algo más grave.

No se trata de refugiarse en una nostalgia vacía ni de idealizar un pasado que quizás no fue perfecto. Se trata de recordar que ningún ser humano puede vivir solo de movimiento, estímulo y novedad. También necesita arraigo, memoria y vínculos. Una Ítaca, al fin y al cabo, que le impida disolverse en medio del viaje.

Álvaro De la Fuente Alonso

Estudiante del Grado en Geografía e Historia (UNED)

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