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Verano y consumo experimental: por qué las vacaciones pueden ser la puerta de entrada a las adicciones

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Verano y consumo experimental: por qué las vacaciones pueden ser la puerta de entrada a las adicciones

El verano que se presenta como un paréntesis de libertad puede convertirse, para muchos adolescentes, en el primer contacto con el consumo de sustancias. La ausencia de rutinas, la vida social intensa y la falsa sensación de control crean el caldo de cultivo perfecto para que los consumos experimentales arraiguen más de lo esperado.

El fin de curso trae consigo algo más que descanso. Para muchos jóvenes, las vacaciones de verano suponen también el primer encuentro con las drogas y con conductas que, aunque se perciben como puntuales, pueden dejar huella más allá del mes de agosto.

¿Qué tiene el verano que lo convierte en un periodo de especial vulnerabilidad? La respuesta está en su propia naturaleza: ausencia de horarios, reducción de responsabilidades, vida social más intensa y una proliferación de contextos festivos en los que las decisiones se toman con mayor impulsividad y los límites son más difíciles de establecer.

Las encuestas sobre consumo adolescente revelan que la edad media de inicio en el alcohol se sitúa en torno a los 14 años y en el cannabis alrededor de los 15, etapas en las que el organismo aún está en pleno desarrollo y el impacto puede tener consecuencias a largo plazo.

 Alcohol y cannabis encabezan la lista de sustancias de iniciación, aunque el tabaco merece una mención especial, ya que a menudo actúa como puerta de entrada a otros consumos.

El aumento del tiempo libre y la falta de estructura también disparan el uso problemático de pantallas y dispositivos móviles. «El abuso de pantallas activa mecanismos muy similares a los de las adicciones con sustancia, especialmente cuando se utilizan para llenar el vacío o regular el malestar emocional», advierte Guillermo Acevedo, socio fundador y director de Esvidas. La Organización Mundial de la Salud recomienda no superar las dos horas diarias de pantalla en adolescentes, pero según un informe de Línea Directa, la Generación Z en España supera las 7 horas, de las cuales 4 se pasan en redes sociales.

Lo que muchos jóvenes perciben como algo puntual y controlable puede cruzar esa frontera de forma silenciosa. «El riesgo no está solo en consumir durante el verano, sino en la normalización de estas conductas», avisa Adrián Gallardo, director terapéutico de Esvidas.

Tras el verano, las señales de alerta pueden manifestarse en forma de ansiedad, irritabilidad, dificultades para dormir, aislamiento o descenso del rendimiento académico. Y no afectan solo a adolescentes, también personas adultas pueden haber incrementado su consumo durante las vacaciones utilizándolo como vía de evasión emocional.

La prevención temprana es la herramienta más eficaz. Información clara, acompañamiento familiar y atención profesional en las primeras fases son claves para evitar que el consumo se cronifique. «Detectar a tiempo es fundamental: cuanto antes se interviene, mayores son las posibilidades de reconducir la situación sin consecuencias graves», concluye Acevedo.

El verano no tiene por qué ser un riesgo. Pero ignorar las condiciones que lo hacen más vulnerable sí puede serlo.

 

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