Visto lo que sucedió el pasado lunes, con el auto de imputación del expresidente José Luis Rodróguez Zapatero, me parece que cobra actualidad esto que escribía el 31 de octubre de 2016:
PEDRO J. “RESUCITA” A ZAPATERO
La pasada semana asistí a algunas de las sesiones que, con motivo del primer aniversario del diario digital El Español, se organizaron en la sede de la Universidad Camilo José Cela de Madrid, con el título “Modernización y Reforma, la agenda de cambios que necesita España”.
Como dije en algún comentario en Twitter, el Seminario -en general- me ha parecido más un autohomenaje de Pedro J. –es mi opinión, claro, nada chocante conociendo al personaje–, que una verdadera aportación a los cambios urgentes que España necesita, pese a que algunas mesas redondas contaron con la participación de personas de acreditado nivel –eso sí, teórico, o adaptadas al puesto público– que se limitaron a hacer propuestas muy genéricas, poco atrevidas y claras, cuando no un mero relato de hechos, sabidos, y objeto de preocupación generalizada, o una justificación por parte de algunos de ellos y, también, cómo no, una pantalla para lucimiento de su “apuesta política”, Albert Rivera, al que en más de hora y cuarto de entrevista, el miércoles –suya y de dos de sus directores adjuntos–, no hubo una sola pregunta comprometida salvo la, muy “light”, de la “incisiva” Ana Romero –como la presentó su director– sobre la “crisis” que podía suponer la salida de Carolina Punset de la Ejecutiva de Ciudadanos. Respuesta, sin mojarse, y a otra cosa. Hasta la tipografía ayudaba subliminalmente en el cartelón de las jornadas, con el color “naranja” de las manos del “León”, chaqueta al hombro.
El broche final de las jornadas era la entrevista que el director de El Español le hacía al expresidente, sobre la que un buen amigo que asistió a la mesa redonda anterior –Transparencia, CNMC y AIReF–, que no se quedó a ese colofón del show y se fue antes de empezar la entrevista, –“No resisto a este personaje”, fueron sus palabras exactas–, me apostilló que “había que tener mucho estómago” para quedarse. Le dije que lo hacía para “intervenir en el coloquio posterior y hacerle una pregunta al peor gobernante de la Historia de España” –hasta 2018, añado hoy–, Fernando VII incluido. Mi sorpresa fue que no se admitieron preguntas orales –había que salvaguardar, supongo, al siniestro personaje de incomodidad alguna–. Así pues, el «moderador» –John Müller, que estuvo como un auténtico convidado de piedra en la mayoría de las mesas a las que asistí– agrupó varias en una única pregunta muy genérica y las demás al «archivo». Estaba seguro de que no leería la mía, aunque pude observar que la pasó a su director al ver el comentario que le dirigía, quién, con un gesto entre displicente y resignado, se la devolvió tras leerla.
No entraré en la crónica de la entrevista, preguntas y respuestas, pero dejo el enlace por si algún paciente y sufrido lector quiere castigarse y escucharla completa, aunque no se lo recomiendo: Sí diré que empezó Pedro J. presentando al invitado como “la persona –de todos los inquilinos de la Moncloa– que más se parecía al salir, respecto a como entró”, que había sido el “más tolerante” de los presidentes –sobre todo, sin duda, con el despropósito (vuelvo a añadir, hasta el actual)–, aunque con “cosas oscuras que, ahora, con más luz, se podrían empezar a entender”, rematando con que, en su conjunto, “el final del terrorismo es un logro y gran parte del ‘mérito’ es de Zapatero”. Casi n’á p’al body”, que diría un castizo. Tras esta “cariñosa presentación”, y las primeras preguntas, me salí a escribir la mía con la citada recriminación y una nota al director y volví para entregarla a la azafata y ver el penoso final sin preguntas. Jugaba en casa.
Dicho lo anterior, me centro en lo que para mí fue lo peor de la semana, que no ha sido otra cosa que la presencia de Rodríguez Zapatero, para mí una vergüenza –como español y como pequeño accionista de El Español (en el pecado llevo la penitencia), como le decía en la nota que dirigí a Pedro J.–. Me pareció absolutamente vergonzoso que Pedro J. pusiera el colofón al aniversario de su –‘nuestro’– periódico, de tan bonito nombre y que presume de ‘liberal’ –descafeinado, añado yo–, con la presencia de un personaje que tanto daño hizo a España en todos los órdenes, como le añadí en mi nota escrita.
A Rodríguez le pensaba hacer un breve recordatorio –no exhaustivo– de sus más destacadas hazañas, sólo algunas –para evitar que me pudieran cortar si me extendía (hoy hubiera sido más extenso, sin duda)– de las siguientes “proezas”:
– Quedarse sentado ante el paso de la bandera de Estados Unidos en el desfile de las FFAA.
– Su promesa a Maragall, antes de llegar a Moncloa: “Pascual, aprobaremos en Madrid lo que venga del parlamento de Cataluña”, que remató casi forzando a Arturo Mas a la firma del nuevo estatuto en aquella noche de café y humo, en su penúltimo año ‘presidencial. “La palabra nación es un concepto discutido y discutible”.
– La retirada de tropas de Irak, cuando España llegó ya terminada la segunda Guerra del Golfo, en misión de paz, no como la que apoyó su antecesor Felipe González enviando soldados.
– La implantación de la Ley de Memoria histórica –¿qué decir de la “mejorada Memoria democrática de hoy?–, para regocijo de las fuerzas de izquierdas y separatistas, deseosas de ganarle la Guerra Civil a Franco treinta años después de muerto –siguen igual cincuenta años después–. Unos “valientes”, estos de la izquierda y el nacionalismo. Sin duda, esta lamentable ley, fue el despertar de los odios que los políticos, de uno y otro bando, habían tratado de enterrar en el inicio de la Transición y, mal que bien, se había conseguido entre 1977 y 2004.
– Su otra “gran aportación” a la formación de la juventud, como fue la asignatura Educación para la Ciudadanía que, con la herencia de la LOGSE, llevó a España a destacar en la cola del Informe PISA y a la mayor tasa de desempleo juvenil y abandono escolar de la historia.
– Su negociación con la banda terrorista ETA –desde antes de llegar a la Moncloa– y su tan pertinaz “proceso de paz”, en esa “guerra” entre pistolas asesinas y nucas inocentes. Sin olvidar que llegó gracias al atentado del 11 de Marzo –aún sin aclarar (hoy prescrito)– y sus ciento noventa y dos muertos y más de mil quinientos heridos y mutilados, ni que algunos pensamos que debería haber salido tras el de Barajas de diciembre de 2006, como “broche de oro” de sus negociaciones y dos muertos más.
– Su posible connivencia ante los casos de corrupción de Andalucía y el “rescate” de Manuel Chaves como vicepresidente de su gobierno y después como senador, junto a su sucesor José Antonio Griñán, dos destacados miembros del “clan de la tortilla”, ambos imputados y ya pendientes de pena (hoy casi exculpados por el “prostitucional” de Conde Pumpido) tras ampararse hasta donde les fue posible en el aforamiento que sus cargos le conferían.
– Su pésima gestión de la crisis de 2007, que estuvo negando reconocer hasta 2010, evitando incluso utilizar la palabra ´crisis’ y engañando a los españoles en la campaña electoral de 2008 con los llamados “brotes verdes” que él y sus ministros de economía utilizaron sin reparo alguno. Aquellos “extraordinarios” ‘Plan E’ y su continuación –15.000 y 8.000 MM de €, respectivamente–, para financiar obras públicas inútiles y en algunas de las cuales el cartel anunciador –también obligado– era más costoso que la propia obra. O la eliminación de la publicidad de RTVE para favorecer a su amigo Roures, al que le regaló la SEXTA TV –que se convirtió por méritos propios en la SECTA–, azote de todo lo que no fuera defender las ocurrencias de su creador y que fue a la ruina hasta que en 2013 fuera absorbida por A3Media (rescatada por cierto por Soraya Sáenz de Santamaría). Una gestión que nos llevó a la ruina, con una prima de riesgo de casi 700 puntos y un déficit del 9% que, por cierto, ‘rebajó’ –mintiendo– en 3 puntos cuando le cedió los papeles al Partido Popular. Y con un saldo de casi cuatro millones de desempleados más.
– La irresponsable “apertura de puertas” a inmigrantes, junto a su ministro Jesús Caldera, ese sobre cuyo cadáver “se pasaría antes de que saliera un solo documento del Archivo de Salamanca” –de Béjar, por cierto, el ministro–, rematada con su propuesta de “Alianza de Civilizaciones”, gracias a Dios fallida, al menos por el momento.
Hasta aquí, algunas de sus “hazañas”, aunque también le tenía preparado algún comentario sobre algunas otras cuestiones como esa ley -nada más llegar al poder- por la que los expresidentes de gobierno pasarían a ser miembros vitalicios del Consejo de Estado, con lo que se aseguraba su futuro, sabedor de su escasa preparación y mérito, que no lo acreditaría para nada importante después (visto lo que incluye el auto del juez Calama de 18.05.2026, se ve que le supo a poco).
A riesgo de alargarme un poco más de la cuenta, no me resisto a dejar unos apuntes sobre algunas cosas que también creo que merece la pena recordar, no imputables, exclusivamente, al personaje:
– ¿Cómo se le pudo conceder a este señor la Gran Cruz de Isabel la Católica por parte del Gobierno entrante en 2011 o la Orden de Carlos III a sus ministros? Me imagino a la reina que vivió para completar la Unidad de España contra la invasión musulmana después de casi ocho siglos, revolviéndose en su tumba ante tamaño disparate –por muy tradicional que fuera la concesión–con quien se había esforzado en romper esa Unidad, consolidada contra viento y marea durante más de cinco siglos.
– ¿Qué despachó con el ministro del Interior entrante, Jorge Fernández Díaz, durante dos horas, nada más incorporarse éste a su puesto?
– ¿De qué se habló en esa cena en casa de su exministro de Defensa y después Presidente del Congreso, José Bono, con Pablo Iglesias? ¿Qué tuvo que ver con la empecinada postura de su sucesor, Pedro Sánchez” (“No es no) y con ese intento de éste para formar gobierno con Podemos y los separatistas?
– ¿A qué se debe ese nuevo puesto como asesor del dictador Maduro que, como presumió, le ha hecho viajar “once veces (hoy tres veces más) a Venezuela y estar en Caracas más que en Madrid, desde Mayo”?
Pues bien, todas esas cuestiones (hoy habría algunas más) pasaron desapercibidas, o se pasó de puntillas, en esa entrevista “jabonosa” con la que nos obsequió el director de El Español –y sus casi silentes adjuntos–, en la que nos quisieron mostrar al Sr. Rodríguez como si de un héroe se tratara, el cual, con su ampulosidad característica, se pavoneó de su etapa presidencial y de su “importante papel”, ahora como ex, en las negociaciones con Venezuela, mientras pasó, “flotando”, por sus siete largos años de “progresismo”.
Como un conocido comunicador le ha recriminado en su tertulia, “Ni un periódico podía haber caído tan bajo ni un personaje tan dañino –esto lo digo yo– llegar tan alto”, ante lo que el mencionado entrevistador se ha salido por la tangente y ha derivado a otra banda la conversación ante la pasividad de su interlocutor.
Y Pedro Sánchez “recorriendo todos los puntos de España” antes de acabar en Podemos, pero ese es otro tema.
Antonio De la Torre, licenciado en Geología, técnico y directivo de empresa. Analista de opinión.

