Las reliquias de los santos Agustín, Mónica, Tomás de Villanueva, el beato Polanco y el venerable Menochio presentes en la Cruz pectoral del Papa León XIV
Una profesión de fe, una orientación pastoral
Las reliquias de los santos Agustín, Mónica, Tomás de Villanueva, el beato Polanco y el venerable Menochio fueron conservadas en la Lipsanoteca de la Postulación General Agustiniana, y el padre Sciberras las confió al relicario Antonino Cottone para que las colocara en la cruz pectoral que luego donó a su hermano el hoy Papa. «No se trata de una simple decoración —precisa—, sino de una visible profesión de fe y una auténtica orientación pastoral. Las reliquias que alberga evocan figuras de santidad vinculadas a la Orden Agustiniana, que encarnan la fidelidad, la reforma, el servicio y el martirio: elementos todos que iluminan y sostienen el ministerio del nuevo Pontífice»
Agustín y Mónica
Ese fragmento de los huesos del Obispo de Hipona en la cruz pectoral de León XIV quiere recordar también a la orden de San Agustín, que, fundada por la Sede Apostólica en 1244, asimiló progresivamente su ideal de vida, produciendo frutos de santidad a lo largo de los siglos a través de la vida comunitaria, una intensa actividad apostólica, el estudio y una profunda espiritualidad, explica el postulador de la orden agustiniana. La reliquia de Santa Mónica es también signo del vínculo de Agustín con su madre, mujer fuerte y tenaz que con sus lágrimas y su oración incansable obtuvo la conversión de su hijo. En las Confesiones, el santo Obispo ensalza sus virtudes como dones de Dios. El Papa Francisco fue particularmente devoto de ella y visitó a menudo su tumba en la Basílica de San Agustín en Campo Marzio en Roma, tanto cuando era cardenal como Papa. Para la Orden Agustiniana, la figura de Mónica es inseparable de la experiencia de conversión y consagración de su hijo, fundamento de la espiritualidad agustiniana.
Tomás de Villanova
Santo Tomás de Villanueva, arzobispo de Valencia, que vivió entre los siglos XV y XVI, fue un reformador de la vida religiosa. Es un modelo de pastor consumado para su rebaño, «con olor a oveja, para utilizar la expresión tan querida del Papa Francisco», añade el padre Sciberras. Tenía gran preocupación por los pobres y promovió misiones en el Nuevo Mundo. Gran teólogo, en 1550 fundó un seminario en Valencia (España), todavía activo hoy, antes de que el Concilio de Trento reglamentara la formación de los sacerdotes.
Anselmo Polanco
El beato Anselmo Polanco, obispo de Teruel, mártir de la persecución religiosa en España (1936-1939), es el pastor que dio su vida hasta el final por las almas que le fueron confiadas. «Mientras quede una sola alma de mi diócesis, me quedaré», afirmó. Y permaneció fiel a su pueblo y al Papa, fusilado por su testimonio de fe y por la fuerza de su palabra evangélica.
Bartolomé Menochio
El venerable Giuseppe Bartolomeo Menochio, obispo de Porfirio y prefecto del Sagrario Apostólico, sacristán papal desde 1800, sirvió con valentía a la Iglesia durante la tormenta napoleónica, manteniéndose firme en la fe y fiel también al Papa incluso en los momentos más difíciles. Personaje de referencia para la Iglesia de Roma, murió con fama de santidad el 25 de marzo de 1823. En 1991 Juan Pablo II reconoció el heroísmo de sus virtudes. Representa al pastor curial, es el único obispo que no quiso jurar fidelidad a Napoleón y que se gastó totalmente por el pueblo romano. Tiziana Campisi – Ciudad del Vaticano


