Recuerdo pero muy hondo, aquellos veranos tórridos, como los de ahora, en los que empezábamos a ir de vacaciones toda la familia, en un seiscientos, donde cabíamos casi “seiscientas personas” -permítanme la hipérbole-, para indicar que cabíamos todos, y todos en el apartamento con colchones hinchables o no en los pasillos, y por supuesto con los abuelos… ¡No debíamos dejarlos solos, lo teníamos muy claro! Sin ellos no podíamos disfrutar de la misma manera, era una responsabilidad que nos nacía de dentro y nos llenaba de satisfacción a pesar de una cierta incomodidad incómoda… Lo digo porque en aquellos apartamentos solo disponían de un baño. ¡Todos, muchos, lo recordamos y nadie protestaba y nadie se hacía el onguis…! Estaba tan interiorizado, tan asumido, tan normalizado que no podías dejar a los abuelos, a los “viejos” tirados en el piso, solos, aguantando el calor y la soledad.
Ahora, en infinidad de casos, el “viejo, el abuelo” no cabe en el coche, que ya no se llama seiscientos, sino es más espacioso, más cómodo, con aire acondicionado y con teléfono incorporado, y las pantallas en los asientos traseros para que los niños no se aburran y no pregunten constantemente: ¿Cuándo llegamos?, apenas haber salido de nuestra frontera ciudadana. Los “viejos” nos estorban, nos incomodan, no se duchan, nos se bañan, no… ¡Acaban siendo -me cuesta escribirlo-, un estorbo! Aquellos que pueden, los dejan en una residencia cara, mientras un silencio desborda al abuelo y empaña la vergüenza de la familia que ya no puede mantener la incomodidad, las dolencias, las impertinencias de los abuelos… ¡Nos molestan! Nadie quiere compartir con ellos habitación en un apartamento minúsculo, buena excusa para no llevarlo de vacaciones.
¿Estamos creando una sociedad de la soledad? Aumenta esa soledad para los abuelos en épocas muy concretas de nuestra vida, en la que no nos damos cuenta de ellos: Navidad, cumpleaños, cabos de año, y cómo no en verano, donde las familias más cercanas emprenden viajes vacacionales en los que ellos no están incluidos, nos molestan, nos incordian, nos abruman y no disfrutamos si ellos nos acompañan… Es cierto que muchos de nuestros abuelos tienen una movilidad muy limitada, y su prótesis, su bastón, sus auriculares, su dentadura, etc.; nos hacen pensar que es mejor que se queden en casa, ¡ellos están mejor solos…! Por qué no les preguntamos con cariño, con respeto, con insistencia afectiva qué es lo que desean cuando la familia prepara viaje en las vacaciones… Ellos mismos saben que resultan un impedimento, un estorbo en los planes de sus familias e hijos jóvenes, donde un abuelo marca la lentitud, la limitación, la desidia, la incomodidad en los traslados y en los restaurantes… ¡Tan impertinentes, que sobran!
Si durante todo el año, que están con nosotros, tienen la sensación de estar a gusto, de una comunicación más fluida, un aporte de sus hijos y nietos más cercana y afectiva, ellos mismos deciden con valentía que “se vayan solos, que a él no le importa quedarse solo quince días al cuidado de alguien o de otro familiar cercano”, compensándole con su exigua pensión para no sacrificar la economía de la familia en la que vive.
Los nuevos modelos de familia, más egoístas, más individualizados, más hedonistas, hacen que el verano sea un período de mayor riesgo de soledad y mayores miedos. Sin embargo todos somos en definitiva un proyecto de abuelo, de viejo, de enfermo, de “goteras” que sin avisar vendrán, a no ser que antes nos elimine un cáncer o coche en un paso de peatones.
Dr. Emilio Garrido Landívar, Psicólogo clínico y doctor de la Salud, Catedrático de Personalidad, Evaluación y Tratamientos Psicológicos (CEU)


