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Obispos, sacerdotes, religiosos de Asia siempre al lado del pueblo

“Un año y medio después del golpe de Estado del 1 de febrero de 2021, mientras la violencia hace estragos especialmente en algunas zonas, es difícil ver una salida a esta situación de conflicto. Pero los creyentes tenemos a Dios Nuestro Señor de nuestra parte, confiamos en Él y animamos a los fieles a no perder la esperanza y la confianza”, dice en una entrevista con la Agencia Fides, el Arzobispo de Mandalay, Marco Tin Win, todavía entristecido, como toda la comunidad local, por la masacre de Sagaing, localidad de su diócesis. Allí el 16 de septiembre murieron al menos 11 niños como consecuencia de un ataque aéreo del ejército regular sobre una zona poblada por civiles.

El Arzobispo señala que “el conflicto continúa: por un lado, el ejército dispone de capacidades estratégicas y de armamento pesado; por otro, hay una fuerte resistencia de la población concentrada en las Fuerzas de Defensa del Pueblo. Puedo decir que la mitad del territorio de la archidiócesis de Mandalay está afectada por los combates. El pueblo está sufriendo. Hay muchos desplazados internos, cristianos y budistas, y hemos creado cinco centros para los desplazados en cinco parroquias católicas; estamos haciendo lo que podemos para ayudar a aliviar el sufrimiento”.

Sobre el hecho de que los bombardeos afecten también a las pagodas, las iglesias y las escuelas, el Arzobispo explica: “Las iglesias, los monasterios y las escuelas siguen recibiendo a personas indigentes y desesperadas. A veces, los militares atacan lugares de culto bajo la sospecha de que las fuerzas de la resistencia se esconden allí”.

Monseñor Tin Win constata el desánimo que invade también a la población de bautizados y dice: “Es difícil ver una luz en esta oscuridad, en la precariedad, en la fatiga de vivir cada día. Durante más de 50 años, la guerra sólo fue vivida y sentida por las poblaciones de los grupos étnicos de las zonas periféricas, que lucharon contra el ejército. Ahora todos lo sentimos y lo experimentamos en nuestra piel, incluso en las ciudades. Por eso se ha desarrollado una mayor unidad entre los habitantes de Myanmar, también entre personas de diferentes grupos étnicos. La gente hoy comprende y comparte el sufrimiento de los demás, y esto genera empatía y solidaridad”.

Para los bautizados, además, “la fe en particular es fuente de gracia y de fuerza. La fe nos dice que hay una gracia que Dios nos da incluso en este sufrimiento. Las iglesias, a pesar del peligro, están llenas. La gente va a la iglesia y reza intensamente, sintiendo un profundo consuelo espiritual que sólo Dios puede dar. Los fieles se reúnen para rezar el Rosario todos los días y se entregan al servicio del prójimo, especialmente de los enfermos, los heridos o los más vulnerables. Esta fuerza viene del Señor. Los sacerdotes y los religiosos acompañan a las familias y a las comunidades en su precariedad, caminan con ellas, son como Jesús con los discípulos de Emaús. ‘Estamos con vosotros’, dicen a las familias refugiadas. Los budistas también destacan esta entrega. Este acercamiento es para nosotros una forma de evangelización en un tiempo muy difícil”. Mandalay/AGENCIA FIDES

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