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La cultura, exhausta y famélica

La cultura está agonizando. Me topé con esta idea hace varios años, exactamente no recuerdo cuando, solo sé que fue antes de la pandemia. Uno se hace mayor y no solo comienza a fallarle la cabeza y a pintársele de blanco, sino que, tras la crisis sanitaria, el control de los años se dispersa como la lista de la compra si no la tienes apuntada en las notas del móvil. El caso es que me topé con dicha idea cuando por la necesidad de buscar algún plan de ocio aquella tarde, encontré una función bajo las telas de un circo.

Una carpa como las que frecuentan en los barrios de Pamplona y de los municipios de sus alrededores donde, el atrezo principal, nada tiene que envidiar a la última película de drama, intriga y cine negro de Guillermo del Toro.  Y es de eso, de algo de drama, intriga y esperemos que nada de cine negro, de lo que vamos a hablar. Cuando hube entrado en dicha función, no me sobresaltó nada más que ver que quien me repartía la comida, surtido de ganchitos, palomitas y un coctel de frutos secos, luego me sorprendería con pruebas de malabares y fuego y, finalmente, me despedía de la función. Además, quien llevaba la voz cantante, no sólo confeccionaba el vestuario, sino que programaba las luces con el funambulista. De drama, intriga y funambulismo la conciliación laboral y familiar que tenían aquellos artistas. La cultura necesita de beber y de comer. Pude, no sin asombro, quedarme a hablar con ellos y, con una función que apenas reunía a 20 personas, escuché que debían replantearse la situación y que, tras más de 15 años al servicio, muchos de ellos tendrían que volver a sus países.

La cultura necesita esperanza. Aquella fue la primera vez que la desilusión y la tristeza se enmarañaron con muchos artistas. Ya se sabe aquello de que cuando la desilusión entra en nuestras vidas a uno le dejan con algo de dolor en las rodillas y una sensación en el estómago que parece estar lleno de bichos. Lo que nunca me esperaba es que la segunda vez que aquello sobrevino sobre mis hombros, fuese en un musical celebrado en el Baluarte y el cual todavía está en programación. “El Médico”, novela de Noah Gordon y llevada a la pantalla en 2013 por Philip Stölzl, llega al Pamplona siendo el número uno por la crítica, todo un primor. Accedí a la sala de compra de entradas y tuve que desplazarme hasta uno de los laterales de las butacas centrales, debido a que el rojo que marcaba como “ocupado” reinaba sobre la sala. Mi sorpresa, ver que aquel rojo, en el día de su estreno, destacaba por su ausencia. Todavía no sé si fueron devueltas o no acudieron.

Es difícil que la cultura nos ayude si nosotros no la ayudamos. La obra comenzó de menos a más, como esa comida que cocinas a fuego lento y luego parece que la saboreas mejor. Fueron tres horas de una emoción que, sobre todo a partir del descanso, elevaba las emociones a cotas muy altas. El emplaste de las voces, la música en directo, el juego de luces… refutaba aquella ponderación de la crítica. Los artistas lo dieron todo. Los pocos espectadores les contestaron de pie y con una ovación, que deseo que esperanzara a los artífices del musical.

La cultura nos necesita. La cultura agoniza, debemos darle de beber y de comer. La cultura nos engorda y nos hace viajar y, si no la tratamos, si no ponemos de nuestra parte para mejorar las condiciones de sus profesionales y no facilitamos el acceso a ella, terminará como el pequeño de rizos de oro de la familia de Pascual Duarte.

Álex Tiraplegui Garjón, comunicador Audiovisual y estudiante de filología hispánica en la UNED

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