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Un cuento chino

Artículo 57

Había una vez un planeta llamado Tierra que pertenecía al sistema solar y que tenía una peculiaridad sobre los otros planetas de su sistema: había vida en él. Sus habitantes, los terrícolas, temían por el cambio climático y por los agujeros en la capa de ozono. Como consecuencia de ese calentamiento se derretían los polos. Unos culpaban a la industria contaminante, otros a los vehículos de combustible fósil y, también los había que culpaban a todos, incluso a las vacas, puesto que sus flatulencias llegaban hasta el más allá. Pero ningún astrofísico nos dijo que el planeta se acercaba al Sol un grado cada cuarenta años aproximadamente.

Los humanos nunca vivieron felices, se mataban los unos a los otros, acabaron con más de la mitad de las especies animales y se dedicaban al trapicheo y el trueque, a la pesca, y la agricultura, entre otras muchas actividades.

Pongamos que a principio del siglo XXI, los más vagos, que eran como una pandemia, celebraron junto a no pocos empresarios, que aquello que fabricaban en su país, en China, el país con mayor índice de contaminación de la Tierra, lo hacian por menos de la mitad de precio de coste y encima te lo ponían en la puerta de casa.

De manera que todos los empresarios del mundo industrializado decidieron enviar a los chinos hacer las cosas porque su mano de obra es muy barata y son rápidos. Les envías el diseño… Y han conseguido ser la mano de obra mundial.

Todo iba bien hasta que un día, como no sabemos muy bien cual es su régimen alimenticio, que si murciélagos, pangolines y cosas similares, nos llegó desde China, también, una pandemia conocida como Covid-19, que a España llegó el 20, y los Juegos Olímpicos de Tokio del 20 se celebraron en el 21. Es decir, que el virus lo retrasó todo.

Y ahora no nos llega lo que pedimos; no sirven los microchips, para comprar un coches has de estar siete meses en lista de espera, como para comprar una botella de butano, juguetes o bicicletas, porque todo los hacen allí. Así que alguien ha decidido elevar el precio de los contenedores y el que antes costaba 2.000 euros ahora pagamos 20.000, de manera que todo se ha encarecido porque tenemos una dependencia total de los chinos.

El problema es que nadie advirtió a las empresas de la dependencia de China, ni los sindicatos a los trabajadores que quedaban en paro por el cierre en su día de la industria local, y que ahora costará poner en marcha.

Los chinos han demostrado que trabajando se llega a lo más alto, mucho más que cobrando subvenciones y con la mano de obra cara que solo se llega a la dependencia.

Y en este caso no podemos recriminar a nuestros políticos, que más no pueden hacer por nosotros, ya que cada día para gobernar a los mismos son más de el doble.

¿Se acuerdan cuando decíamos? “Te han engañado como a un chino”. Lumbreras, eso es lo que somos.

Manolo Royo, humorista www.manolo-royo.com

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