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¿En serio que ‘welcome’?

Welcome, refugees! Se lee, oye y ve desde hace unos años. Pancartas en ayuntamientos. Noticias en prensa. Imágenes en televisión. Tertulianos en la radio. Documentales y películas. Análisis en blogs. Charlas de bar con vino y pinchos.

Desde que empezó en 2011 el drama de Siria, “refugiado” es una palabra tristemente célebre entre los europeos. De preocupación de unas cuantas habas contadas, hoy cualquiera se sobrecoge ante el drama de millones de personas salvo que uno lea, oiga o hable sobre ellos porque toca.

Pueden pasar de largo creyendo que esta película no les afecta los apáticos, quienes nadan en oro, o sufren para llegar a fin de mes. Craso error. Quiero creer que son ahora las habas contadas y que, como el valor en la mili, que se presuponía, pancartas, debates y postureo político pertenecen a un pueblo generoso y sensible ante el dolor ajeno. Quiero creer.

Pero, ¿de qué sirve compadecerse y hablar sobre ellos si nada se hace? ¿De qué denunciar el goteo con que llegan a España si ahí queda todo, exhaustos los activistas de tanto grito, pulsos y puños al aire? Si queremos que vengan más ¿les alquilaremos nuestras casas, compartiremos nuestras sobrecargadas listas de espera sanitarias, sobrecargaremos con sus hijos nuestros colegios? ¿Multiplicaremos los recursos para atenderles? ¿Haremos un esfuerzo colectivo para acogerles y, sobre todo, integrarles? ¿Lo conseguiremos? Ojalá, porque anfitriones y acogidos compartimos el reto, y porque la letra menuda de la convivencia entre todos es compleja.

No espero gran cosa sobre la eficacia de quienes gobiernan aquí y allá para afrontar y menos resolver este espinoso problema. Por mucho que se haga, en algún lugar alguien quedará sin auxilio. El problema no acaba acogiendo a los millones de refugiados que hay a nuestras puertas: hay otros muchos millones más que tratarían de entrar por Libia, Turquía, Ceuta y Melilla y Barajas, o por donde puedan. Además, esa acogida –de musulmanes en particular– genera fracturas domésticas crecientes en la Unión Europea.

La solución es (pedir la luna, o sea:) resolver de raíz la amenazante inestabilidad de países –de donde vienen algunos de los refugiados instalados en Navarra–, como Azerbaiyán, Eritrea, Malí, Ucrania, Honduras, Venezuela, El Salvador, Camerún o Armenia. Cito solo naciones que no son Siria o Iraq, y aún faltan otros supuestamente democráticos de donde se huye de la inseguridad, la persecución racial, religiosa o ideológica… Acoger no resuelve esta crisis. Pero, si una Europa coja no va extirpar el mal del mundo, al menos puede y debe paliar un problema sangrante que golpea a nuestras conciencias.

Tampoco el gobierno de España tiene esta visión mesiánica. Aquí no son millones los acogidos al programa de asilo, sino 3.500. Ojalá aumente la sensibilidad institucional, porque esa cifra es una gota de agua para un país que presume de ser la cuarta economía europea. Con todo, somos la gente de a pie quienes tenemos la respuesta, que no puede reducirse a consignas, pancartas y hastags: no devaluemos la palabra refugiado ni les usemos para nuestras luchas cainitas, propias de enanos ignorantes de la gravedad de lo que se cuece en el mundo.

En fin, escribiré en otro momento sobre mi actividad como ciudadano preocupado sobre este asunto crucial. Quiero creer que lo haré…

Santiago Martínez, coordinador de AUNOM, Agrupación Universitaria por Oriente Medio

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