
A punto de cumplirse las tres semanas de que Donald Trump jurara como cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos de América y, en este breve tiempo hemos seguir un proceso que da mucho que pensar.
En primer lugar, cabe destacar la forma en que, contra casi todo pronóstico, contra los grandes medios de comunicación y, en principio, también, contra los mercados y los poderes económicos, Donald Trump ganó las elecciones. Y las ganó contando entre sus votantes con un importante número de voto femenino y de voto de hispanoamericanos residentes en los Estados Unidos.
Esto demuestra que las mujeres no son tontas y, frente a las presiones de los “lobbys” feministas que parecían apostar por la que podía ser la primera presidenta del país, pero sólo pudieron usar contra él viejos chismes de vestuario, fuera de lugar y de contexto, las norteamericanas eligieron tener un presidente.
También demuestra que, frente al teórico miedo que se quería despertar frente a las medidas de política racial den nuevo inquilino de la Casa Blanca, un importante número de inmigrantes hispanos, básicamente los que ya llevan años en el país, han conseguido su estabilidad, un tipo de vida que no podían disfrutar en sus países de origen y no tienen miedo a la legalidad porque desarrollan unas actividades perfectamente normales, han preferido elegir a Donald Trump, porque su mensaje les inspira seguridad, estabilidad…
Lo mismo ha hecho un importante sector de norteamericanos, gente, sobre todo de la clase media que en los últimos años se ha visto, en USA como en el resto del mundo, afectados por las políticas de la globalización de una economía y unos mercados que no entienden ni de patrias ni de humanidad, sino, tan sólo, de un desmedido afán de lucro.
Así, la victoria electoral de Trump hizo temblar a bolsas y especularores. Sin embargo, no deja de ser curioso que este gran número de norteamericanos empobrecidos y víctimas de esos especuladores, procedente, en un muy alto porcentaje de la industria desmantelada, optaran por elegir como presidente a un magnate de la industria.
Luego están toda otra serie de “lobbys” o grupos de presión opuestos a Trump: los homosexuales, los abortistas, los anticristianos… grupos que, en países como España, tienen un poder casi decisivo en las elecciones y las decisiones que toman los inquilinos del Palacio de La Moncloa.
Mucho se ha hablado sobre un cambio casi esquizofrénico en Mariano Rajoy: el de antes de las elecciones de 2011 y el que luego hemos visto y sufrido actuar, desdiciendo gran parte de su programa e incumpliendo gran parte de sus promesas. No voy a entrar en si en este giro copernicano del actual Presidente del Gobierno del Reino de España tuvo o no que ver su viaje de vacaciones a México y lo que ahí pudo suceder, porque eso sería entrar en el terreno especulativo.
Alguien ha dicho recientemente por twitter que «Mientras Trump cumple su programa electoral, Rajoy cumple el de Zapatero” y no hay poco de cierto en ello. Hay que reconocer a Mariano Rajoy una habilidad excepcional como es la de volver a ganar unas elecciones recibiendo el voto de toda la derecha española, cuando en su primera legislatura hizo en un seguimiento del programa de ZP. Ahí están la ley del aborto que apenas tocó, sus promesas de no subir los impuestos, ni congelar los salarios de los funcionarios ni las pensiones, sus promesas de acabar con ETA, de combatir el referéndum catalán o la infausta Ley de Memoria Histórica que no derogó.
Ya el 11 de julio de 2012 Rajoy anunciaba un duro plan de recortes. Entre los numerosos ‘tijeretazos’ previstos estaba la subida del IVA al 21% o el recorte en el subsidio de desempleo. En ese momento el presidente del Gobierno reconocía que iba a incumplir su programa electoral: «Dije que bajaría los impuestos y los estoy subiendo». Más recientemente, el pasado 2 de marzo, el presidente del Gobierno en funciones no se cortaba ni un pelo al declarar: «Lo que nosotros hemos hecho es engañar a la gente». Y esto lo dijo durante la segunda jornada del debate de investidura en el Congreso.
Frente a esta incomprensible actitud de un Partido Popular, de sus dirigentes, sus bases y su electorado, a muchos españoles parece aturdir que un presidente de los Estados Unidos, que el día que juró su cargo, prometí luchar por la seguridad y la riqueza de su país de sus ciudadanos, desde el primer día, haya empezado a cumplir sus promesas.
No ha tenido mucho tiempo, sólo tres semanas, pero ya se ve su cambio en la política con Asia y con los países comunistas como Cuba, Venezuela… tan incomprensiblemente apoyados por el gobierno de Obama. Se apuntan ya sus políticas proteccionistas que, de momento ya han hecho que poderosas industrias del sector del automóvil vuelvan a los Estados Unidos; y medidas de seguridad como su interés en, el muro para proteger sus fronteras (también hay valla en Ceuta y Melilla los españoles tenemos muros, pero, cuando son asaltados, no sólo no nos quejamos sino que destituimos a los encargados de su defensa) o un control de los refugiados para que no se cuelen los delincuentes, terroristas, las mafias…
Se vislumbran ya también medidas de mayor trascendencia moral: entre ellas dejar de financiar los abortos en el exterior con dinero de su país, o querer abolir la Enmienda Johnson, que prohíbe que las religiones intervengan en política. “Me voy a deshacer (de ella) y destruiré totalmente la Enmienda Johnson, y permitiré que nuestros representantes de la fe hablen libremente y sin temor a represalias”, afirmó Trump en su intervención en el Desayuno Nacional de Oración, un acto que mezcla política y religión, y que se celebra tradicionalmente en Washington el primer jueves de febrero.
“Nuestra república fue creada sobre la base de que la libertad no es un regalo del Gobierno, sino de Dios”, decía Trump. Y citó a Thomas Jefferson, uno de los padres fundadores del país, para justificar su maniobra. “Jefferson se preguntó si las libertades de una nación pueden estar seguras cuando quitamos la convicción de que esas libertades son un regalo de Dios”, continuó el republicano. “Y entre esas libertades, está el derecho a venerar de acuerdo con nuestras propias creencias”, concluyó su argumento. Frente a ello meditemos sobre cómo cumplen Rajoy y el Partido Popular, en cambio, con el artículo 16 de nuestra constitución que dice, entre otras cosas: “Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”.
Frente a esta decisión que vemos en los primeros pasos de Trump de gobernar sin complejos ni compromisos, recapitulemos qué prometió y que ha hecho Mariano Rajoy, nuestro recientemente reelegido Presidente del Gobierno, quien con toda rotundidad nos exponía la claridad de sus ideas cuando en diciembre de 2015 en un acto de su partido en Benavente (Zamora) declaraba que «es el vecino el que elige el alcalde y es el alcalde el que quiere que sean los vecinos el alcalde».
Pedro Sáez Martínez de Ubago, investigador, historiador y articulista
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