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Ciudadanos sí; pero no ni tan «anónimos» ni tan «de a pié»

Cada día es más frecuente oír a los políticos o en los medios de comunicación expresiones tan absurdas e injustas como “ciudadanos anónimos” o “ciudadanos de a pie”, para referirse a la inmensa mayoría de los habitantes de España y del planeta.

Puede ser importante establecer las diferencias entre el súbdito y el ciudadano. Ser súbdito implica una situación jurídica por la cual una persona depende del Estado de por vida, con un ejercicio limitado de los derechos civiles y políticos. A su vez el ciudadano, mantiene un vínculo diferente con el Estado, y goza de diversos derechos. A partir de ahí, la Declaración Universal de  Derechos Humanos, dice: “Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana…”; y nuestra Constitución de 1978 establece: “Artículo 9.1. “Los ciudadanos y los poderes públicos están sujetos a la Constitución y al resto del ordenamiento jurídico” o bien Artículo 14: “Los españoles son iguales ante la Ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”. Queda claro que todos los habitantes del planeta Tierra, incluidos los de este particular y querido rinconcito que es España, merecemos un mayor respeto y consideración que ésta con que se nos viene tratando.

El Diccionario de la Real Academia Española, define ANÓNIMO como: 1. adj. Dicho de una obra o de un escrito: Que no lleva el nombre de su autor. U. t. c. s.; 2. adj. Dicho de un autor: Cuyo nombre se desconoce. U. t. c. s. m.; 3. adj. Com. Dicho de una compañía o de una sociedad: Que se forma por acciones, con responsabilidad circunscrita al capital que estas representan; 4. m. Carta o papel sin firma en que, por lo común, se dice algo ofensivo o desagradable; 5. m. Secreto del autor que oculta su nombre. Conservar el anónimo. Es decir, según el DRAE, salvo en las acepciones 2 y 5, de uso muy restringido, aplicar el adjetivo “anónimo” al sustantivo “ciudadano”, equivaldría a una cosificación de nosotros, la inmensa mayoría de los mortales. Y algo similarmente peyorativo implica el uso generalizado del sintagma preposicional “de a pie”.

Puede que quienes no somos ni ministros, ni senadores, ni alcaldes, ni diputados, ni presidentes autonómicos, ni demás figurones y prime donne menesterosos del continuo autobombo de los medios de comunicación, para satisfacer los egos o darse la gran vida, aún en tiempos como los actuales en que ordenan a los demás apretarnos el cinturón, mientras ellos dilapidan o malversan lo que ni económica ni éticamente es permisible, no salgamos en las noticias ni veamos colgados nuestros retratos de las farolas ni seamos tan señalados por la calle con nuestros nombres y apellidos.

Pero los tenemos y los documentos nacionales de identidad, el registro civil y las partidas de bautismo lo acreditan, nombres de pila y apellidos de nuestro padre y nuestra madre -que pueden estar más tranquilos que los de nuestros dirigentes porque no es frecuente que se acuerden de ellos a causa de nuestras acciones inadecuadas- ni es habitual, tampoco, que esta clase de acciónes nos permitan u obliguen a aislarnos de nuestros semejantes en coches de alta gama y gran cilindrada, a menudo blindados por vaya usted a saber qué temores.

Los ciudadanos con nombres y apellidos, usamos nuestros turismos, si no nos peatonalizan las grandes vías, o el cada vez más caro transporte urbano; y, si vamos a pie es porque queremos y podemos, al no tener que escondernos, o porque lo que los antedichos próceres nos esquilman entre los impuestos por los primeros y las tasas de los segundos, sin dejarnos otra solución. Quizá también porque para nosotros existen los atascos, los vados, las zonas azules y no tenemos los privilegios ni de una escolta que nos abra el paso ni de que un chófer, pagado por el erario público, que ya se ha pretendido hacernos tragar alguna vez que “al ser público no es de nadie”, aparque el cochazo donde mejor venga en gana.

Ya está bien de que la inmensa mayoría de los seres humanos sólo tengamos nombre para que los famosos del coche oficial nos pidan el voto o nos manden sus recaudadores de impuestos. Entonces sí que se preocupan por nuestro nombre y apellidos, matriculación y cilindrada de nuestros vehículos, dirección y metros cuadrados de nuestra residencia, importe de nuestras nóminas (sin dietas que ocultar o desgravar) y hasta por estudiar el historial del cura que bautizó a nuestros abuelitos y así nos dejan no sólo a pie, sino como ahora, con los desahucios y embargos, sin techo, alumbrándonos con velas, como Rosa Pitarch, la octogenaria de Reus, y con medias suelas para poder ellos seguir viviendo a lo grande.

Yo desde luego no soy anónimo, porque puedo firmar esto con nombre y apellidos y, aunque modesto, como Manolo Escobar tenía su carro, yo tengo mi turismo, que nadie me ha pagado ni regalado, aunque quien sabe si, cualquier noche, mientras duermo, alguien invente algún impuesto nuevo y, así como a Manolo Escobar se lo robaron, a mí me lo incauten para poder pagarlo, pese a pagar ya mi impuesto de circulación y mi tarjeta de residente.

Para concluir, me vienen a la memoria sendas citas de dos políticos bien anclados en el sistema, “la casta”, el establishmen, o como prefiera denominarse a la estructura de los privilegiados que nos gobiernan, y frecuentemente de forma abusiva, con impuestos que rozan lo confiscatorio. William H. Borah, político y senador norteamericano, escribió: “Lo más maravilloso de la historia es la paciencia con que los hombres y mujeres se someten a las cargas innecesarias con que sus gobiernos los abruman”; y el británico Sir Winston Leonard Spencer Churchill llegaría a rizar el rizo de los privilegiados insensibles al afirmar: “¿Qué nos importa que los impuestos suban o bajen? Gracias a nuestra fortuna, nosotros no pagamos ninguno”.

Dos curiosas perlas sobre las que deberían reflexionar los españolitos anónimos y de a pie que acaban de comenzar 2017 con varias y diversas subidas de  impuestos, pese a las promesas y programas de los partidos votados en las dos elecciones generales del último año.

Pedro Sáez Martínez de Ubago, investigador, historiador y articulista

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