
A Josefina Carabias y Carmen del Burgo se las conoce como pioneras del periodismo español, pero igualmente lo fue Sofía Casanova, escritora y poeta gallega que se coronó como la primera corresponsal de guerra y que ha sido rescatada del olvido por Inés Martín Rodrigo en «Azules son las horas».
Una novela que acaba de ser publicada por Espasa y que está escrita por la también periodista Inés Martín Rodrigo (Madrid,1983), quien se sintió fascinada por Casanova al leer la entrevista que ésta le hizo a León Trotski y sus crónicas de guerra, más de 800, «de gran perfil humano», custodiadas en la hemeroteca de ABC, donde Casanova trabajó como corresponsal.
Una invisibilidad, que, en opinión de Martín Rodrigo, se debe «al hecho de ser mujer y a sus larguísimas temporadas fuera de España».
Toda una historia que la autora ha encerrado en «Azules son las horas», cuyo título alude a un verso de Casanova, y una novela trepidante que se desarrolla en dos ejes temporales, el presente de Sofía y, el otro, cuando está cerca de la muerte y recuerda y repasa lo que ha sido su vida a través de un monólogo.
«Es una novela sobre la muerte desde la vida», precisa la periodista de «ABC».
La interesante vida de Sofía Casanova (A Coruña,1861-Poznán, Polonia,1958) tuvo un comienzo duro. Nació en una familia de clase media; su padre, Vicente Pérez Eguía, litógrafo, abandonó a su madre y a sus hermanos cuando ella tenía cinco años. Después, la familia, con sus abuelos, se trasladaría a Madrid.
Y es en la capital donde Sofía, con 13 años y mientras estudia, empieza a escribir poesía. Ahí comienza la interesante vida de esta jovencita, quien, gracias a que su madre daba clases de inglés a la hija del marqués de Valmar, se introduce en recitales poéticos nada menos que con Juan Valera, José Zorrilla o Ramón de Campoamor.
Una cualidad precoz que llega a los oídos de Alfonso XII, quien la invita al Palacio Real para que recite sus poemas y le paga su primer libro, «Poesías». En ese periplo por los salones literarios conocerá a su marido, el filósofo polaco Wincenty Lutoslawsky.
«Es cuando está despuntando en su carrera, y lo deja todo por amor», precisa Martín Rodríguez. Luego se trasladará a Polonia, pero su marido la abandonará por no darle un hijo varón (tuvo tres hijas, una de ellas murió). Casanova retoma entonces su tarea y escribe y escribe.
Pasa por Moscú, donde conoce a Tolstoi, por Londres, donde toma contacto con las sufragistas, y después por Kazán, Madrid y Galicia, donde contrata a una asistenta que la acompaña hasta el final de sus vida y que será pieza clave de esta novela.
En la Restauración se hizo una figura central de los cafés de Madrid, y estrenó en el Teatro Español la obra de teatro «La madeja». Además fue propuesta para el Nobel de Literatura.
Su vida por toda Europa y por Polonia, su segunda casa, le permitió vivir la Rusia zarista, la Revolución bolchevique y las dos contiendas mundiales.
En 1915 publica su primera crónica para ABC desde el frente oriental de la Primera Guerra Mundial. Pero publica también en El Liberal, «The New York Times», El Imparcial de Madrid, la revista Galicia o la Gazeta Polska.
Durante la I Guerra Mundial se hizo enfermera de la Cruz Roja en el frente y mandaba desde Varsovia sus crónicas, relata Inés Martín Rodrigo.
«Unas crónicas que son profundamente actuales y contemporáneas, que demuestran la grandeza del periodismo; su humanidad, el gusto por el detalle; muestran un valor humano que hoy posiblemente el periodismo ha perdido, supongo que debido a las prisas», sostiene la autora y periodista de cultura de «ABC», donde coordina la sección de libros.
Sofía Casanova fue conservadora y católica. Apoyó el régimen de Franco, una postura que choca con su periplo de mujer luchadora y vital que tuvo que medir su trabajo en un mundo de hombres. Murió a los 96 años dejando una obra que ahora se puede rescatar gracias al foco que ha puesto en ella Inés Martín Rodrigo en su primera novela.
