

Muchas veces la política internacional asombra en sus planteamientos. Aparece el ministro de asuntos exteriores palestino- ¿pero existe este país?- , y se descuelga con unas esperpénticas declaraciones en las que se ofrece a ejercer de mediador, entre el gobierno de España y el de Venezuela. Claro está, si el gobierno de Venezuela lo acepta – ¿y el de España?- y claro está también apoyando al de Venezuela.
Que Palestina haya recibido un espaldarazo diplomático con su reconocimiento por parte del Estado Vaticano es un hecho, pero de ahí a que se ofrezca, a uno de sus ministros, para mediar en un conflicto que, sinceramente, queridos lectores, no necesita mediación, va un trecho.
España es un estado soberano y democrático, que debe mantener una postura rotunda frente a regimenes que, menos democráticos, son cualquier cosa. Lo políticamente correcto no vale con regimenes tipo “bananeros”. España debe expresar constantemente su malestar ante la situación que sufren y padecen los ciudadanos venezolanos, ante su falta de libertades y su falta, en muchos casos, de las mínimas necesidades básicas.
El respeto a la pluralidad de opiniones diferentes y la obtención de un nivel de bienestar básico para Venezuela y también, por que no, para los habitantes de esa tierra denominada Palestina, debería ser tarea de sus gobiernos respectivos. Gobiernos más preocupados de la imagen y del aspecto exterior que del desarrollo de sus habitantes.

