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Inmunes al desaliento

Antes de que llegara una crisis que nos ha despojado de altanería y nos ha sumido en el desconcierto, ya habíamos asistido a un saqueo intelectual y a un despojo ético apenas denunciado, narcotizada como estaba nuestra sociedad por la radiante expansión del consumo, la confusión entre felicidad y diversión, la exaltación del egoísmo y la renuncia a la reflexión sobre nuestro lugar en el mundo. El hecho moral perdió vigencia, los principios tradicionales fueron derogados, la mirada que nos contemplaba desde hacía dos mil años fue apagada por la indiferencia. En la Feria del Libro de Frankfurt, la más importante del mundo, el filósofo Habermas, a comienzos del siglo XXI, denunció el expolio de la tradición cultural inspiradora de la conciencia de Occidente, cuya desaparición estaba provocando la mayor oquedad ideológica de nuestro tiempo. Convenía meditar en el vacío que la carencia de una idea de eternidad y de sentido último de la existencia había dejado en el corazón del hombre. Extirpar del mundo a Dios no fue dejarlo a solas. Fue abandonarlo a la exaltación de la injusticia, de la inmoralidad y la desdicha.

Durante estos años hemos perdido el sentido patrimonial de una herencia enriquecida por dos mil años de ejercicio de nuestra condición de seres libres y hemos abandonado ese pulso exigente que, desde el inicio del Occidente cristiano, el hombre le ha echado a la disolución moral, a la corrupción de las costumbres y a la falta de respeto a nosotros mismos y a nuestro prójimo. Quieren hacernos creer que ninguna tradición es realidad viva entre nosotros, ni ningún rasgo identificador de una cultura fundamento de nuestra existencia. Que perdamos nuestra personalidad labrada en el profundo cauce de la historia, y la cambiemos por una máscara de guateque multicultural en la que no saber quiénes somos parece un signo distintivo de estar a la altura de los tiempos. Como si la madurez de una nación consistiera en averiguar qué es lo que hemos dejado de ser, qué creencias hemos superado para siempre.

En este invierno de nuestra desorientación, sin embargo, hemos asistido al paseo triunfal por las librerías españolas de María Elvira Roca con su “Imperiofobia y leyenda negra” y sus miles de lectores han venido a decirnos que no todo estaba perdido. Volvíamos a tomar conciencia de hasta qué punto toda la historia de España estaba tergiversada y había sido manipulada para ofrecer de ella una visión absolutamente negativa y contraria, por supuesto, al progreso de la civilización. Si Quevedo, mirando los muros de su patria, que es la nuestra, pudo escribir “y no hallé cosa en que poner los ojos”, nosotros, en estos devastadores años de banalidad y de jovial ausencia de principios nos refugiamos en la lectura para superar la pérdida de referencias que han sumido a buena parte de los ciudadanos no solo en las ásperas penalidades materiales de una depresión, sino también en una indefensión cultural profunda.

La ignorancia que se ha adueñado de nuestro mundo y la insolencia de querer actuar como si nuestras raíces colectivas fueran obstáculo para nuestra realización individual están en el trasfondo de la denuncia que    sociólogo americano Rodney Stark hace en su libro Falso Testimonio (editorial Sal Terrae ), que acaba de aparecer en su versión española. Un alegato contra la arrogancia intelectual y la mentira de quienes consideran que la libertad de las sociedades modernas se ha construido como resultado de la impugnación del cristianismo y de una progresiva pérdida de la influencia de la Iglesia católica en aras de una beneficiosa secularización del mundo. La obra de Stark ofrece argumentos históricos para defendernos los católicos de las maldades y perversiones que nos atribuyen, desde el antisemitismo hasta la cooperación con los regímenes dictatoriales, pasando por el apoyo a las distintas formas de esclavitud moderna o la incapacidad radical para aceptar el progreso científico y la Ilustración.

Si Gabriel Celaya, impetuoso, escribió “maldigo la poesía concebida como un lujo  cultural por los neutrales… maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse” hoy, con el libro de Rodney Stark en la mano, exigimos a la Historia que desenmascare falsos enunciados y turbias plegarias, ayudándonos a denunciar las imposturas y apaños de la vida pública y a sacar los colores a  nuestros policías del pensamiento que piensan, como escribía Larra, que es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas.   Somos la única civilización que parece avergonzarse de sí misma.  Somos la única nación que renuncia a su significado. El absurdo anticatolicismo que se aloja en la presunción de laicidad es mucho más que un producto obsceno de la estolidez anticlerical. Es una ofensiva contra valores que determinan una forma de vivir, un concepto de la persona, una idea de la libertad. Es una causa general contra una herencia de cultura y civilización. Tiene la envergadura de un auto de fe, de un siniestro proceso para emprender el vuelo de una existencia sin raíces. Con otras cosas que están sucediendo, esta es una manera de liquidar lo que muchos entendemos como España.

Fernando García de Cortázar,  Premio Nacional de Historia 2008, es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Deusto, director de la fundación Vocento.

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