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¿Hablando se entiende la gente?

¿Hablando se entiende la gente?

Hablando se entiende la gente es un dicho o frase de uso muy común. Sin embargo, la realidad es tremendamente obstinada y nos demuestra todo lo contrario. En al era de la comunicación, hablamos mucho y escuchamos poco, decimos mucho y entendemos poco. Más bien son sucesiones de monólogos de cara al público, normalmente y mayoritariamente de los “nuestros” para los “nuestros”.

La primera lección que te dan cuando se habla de comunicación es que en todo acto de comunicación hay emisor, receptor, canal y mensaje.

¿Qué falla?

Del lado del emisor el trazar líneas rojas, ej. el pacto de Tinnel. El problema es que el emisor no quiere hablar con el receptor. Y otras veces es al revés el receptor no quiere escuchar al emisor, ej. rechazo a hablar con Bildu. En ambos casos, por escuchar no se pierde nada. Ojo que no digo pactar o acordar. Digo escuchar, que es el primer paso para entendernos. Esto no implica aceptar los postulados del otro.

Luego esta el mensaje. No suele estar dirigido a calmar, más bien lo contrario, se enardece a los “nuestros” contra los “otros”.Además, todo lo que viene de los “otros” es nefasto, malísimo y lo que proviene de los “míos” es lo mejor del mundo mundial y supermegaguay como decimos por aquí.

Cuando el prójimo pasa de adversario a enemigo ilegítimo, al que hay que aniquilar, el diálogo desaparece y convertimos los problemas sociales en instrumentos de enfrentamiento. Los problemas sociales necesitan soluciones de consenso, no de imposición y enfrentamiento. Se confunde cohabitar con convivir. La convivencia se debilita y se deteriora cuando justificamos la violencia propia y cosificamos al contrario. Leía el otro día: “Ninguna ideología está por encima de la ley, ninguna causa justifica la violencia y ningún adversario pierde sus derechos por pensar diferente.” La democracia se sostiene respetando las reglas al ganar y al perder.

También no distinguimos entre ecuanimidad y equidistancia. Las instituciones han de actuar con imparcialidad, los gobernantes rendir cuentas, los gobernados exigir transparencia, los ciudadanos discrepar sin temor y sin rencor.

Necesitamos unos valores mínimos comunes, que sean nuestra brújula y que se enraícen en un humanismo, que todos los ciudadanos veamos que es posible tener un destino compartido. La diversidad es riqueza, no confundir unidad, que es una fortaleza, con uniformidad que es una amenaza. Hay que lograr el equilibrio entre el individuo y la colectividad.

Y nos queda el canal, cada vez somos más monocanales. Y además, ni siquiera contrastamos. Y tampoco acudimos a las fuentes, usamos las redes sociales para “desinformarnos”.

Por último, el cuarto poder se ha devaluado. Los periodistas en general son mercenarios del que les paga. La lista de los que son despedidos por querer hacer bien su trabajo aumenta. Lo que hace que el resto no sea libre y tenga miedo. O busque trabajar con los “suyos”, produciéndose una endogamia degenerativa que anula el pensamiento crítico.

Ya ven, tenemos mucho que hacer para lograr que el dicho de hablando se entienden las personas se haga realidad. Y necesitamos ponernos manos a la obra cuanto antes. Está en juego la convivencia.

Jesús Bodegas Frías

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