No es casualidad que, en los días de mayor cansancio, cuando todo parece haber terminado, llegue un último favor: “Quédate con la sobrina, por favor”. Toca hacer de canguro. En esos momentos recuerdo una frase de Kurt Vonnegut: “Por lo que más quieras, sé amable”. Quizá faltaba añadir: incluso cuando no apetece.
Para entretenernos, decidí disfrazarme de Santiago Calatrava y, con unos bloques de juguete, levantamos una torre que parecía querer tocar el cielo. Pieza a pieza. Pero una vez colocado el último cubo, la pequeña la derribaba con un puntapié sin contemplaciones. Y vuelta a empezar.
Mientras tanto, en la televisión hablaban de un barco, de un virus y de la dificultad para decidir en qué puerto debía atracar. Pasajeros confinados, incertidumbre, miedo. Las imágenes llenaban las casas de una inquietud conocida, pero sin rastro de lo que entonces nos ayudó a salir. Como si todo volviera a tambalearse al mismo tiempo.
Recordé entonces un viejo chiste: un escocés decía que la familia real cree que todo el mundo huele a pintura fresca, porque allí donde va todo ha sido renovado antes de su llegada. Desde esa atalaya, la realidad siempre parece ordenada. Desde fuera, lejos de la eslora del crucero, observamos lo ocurrido con recelo, sin hacernos responsables de quienes se encuentran confinados. De nuevo no.
“Sé amable”, me repito. Y tengo miedo que en el supermercado ya no quede más pintura.
Alex Tiraplegui Garjón

