Hoy, 5 de octubre, se cumplen ochocientos once años de la muerte de Alfonso VIII de Castilla, acaecida en Gutierre-Muñoz (Ávila) en 1214. Su figura quedó ligada para siempre a la batalla de las Navas de Tolosa, donde, dos años antes de su muerte, encabezó la victoria que cambió el rumbo de la historia peninsular. Pero aquel otoño no fue sólo el final de un rey: en pocas semanas también murieron su alférez en la batalla, Diego López de Haro (16 de septiembre), y su esposa, Leonor Plantagenet (31 de octubre). Tres muertes en cuarenta y cinco días que, vistas en conjunto, han llamado la atención de la escritora R.K. Yafa.
El matrimonio de Alfonso y Leonor situó a Castilla en el corazón político de Europa, combinando la fuerza militar del monarca con el prestigio dinástico de su esposa. Leonor Plantagenet, hija de Enrique II de Inglaterra y de Leonor de Aquitania, hermana de Ricardo Corazón de León, trajo a Castilla una red de alianzas que ampliaba el horizonte del reino. Con ella, la corte castellana se conectó con las grandes casas europeas. Además, el casamiento sus hijas, Urraca, casada con el rey de Portugal, y Blanca, futura reina de Francia, consolidó esa proyección internacional.
Ese poder quedó consagrado tras la batalla de las Navas de Tolosa, en 1212. A comienzos del siglo XIII, los reinos cristianos de la península competían entre sí mientras el imperio almohade dominaba el sur. Alfonso VIII consiguió lo que nadie antes: unir a Castilla, Aragón y Navarra en una empresa común, la cruzada contra los almohades. La victoria del 16 de julio de 1212 no fue sólo un éxito militar, sino un símbolo de unidad cristiana. Según Sicardo de Cremona, eclesiástico e historiador italiano del siglo XII, Alfonso VIII salvó a Europa. Por primera vez, un rey peninsular era celebrado en toda la cristiandad.
Pero este triunfo también generó tensiones. El papa Inocencio III, impulsor de la cruzada, observó con inquietud la creciente autonomía del monarca. En una de sus cartas posteriores a la victoria, le recordaba que el éxito no debía atribuirse al valor de un solo rey, sino a la voluntad de Dios. Y en otra, escrita antes de la batalla, le aconsejaba prudencia con algo parecido a estas palabras: “No marches contra los sarracenos sin la debida preparación, para que no te preceda la temeridad donde deba guiarte el consejo.” La relación entre ambos debió moverse entre la admiración y la cautela, entre la alianza y el recelo.
Dos años después de ese gran triunfo ocurrido en Jaén en 1212, morían, en cuestión de un mes y medio, el rey, la reina y el alférez que acompañó al monarca en la batalla de las Navas de Tolosa. Castilla perdía así, en pocas semanas, su núcleo político y dinástico.
R.K. Yafa, en su obra “Yo, Rajel Ezra. La amante de Alfonso VIII”, vuelve sobre esa secuencia y plantea preguntas que han llamado la atención de reputados historiadores. ¿Fue aquella triple muerte una simple coincidencia? ¿O el resultado de un reajuste de poder en el que confluyeron intereses políticos, rivalidades dinásticas y tensiones espirituales? Ocho siglos después, la historia sigue guardando silencio. Pero ese silencio, como recuerda Yafa, continúa pidiendo ser interpretado.
R.K. Yafa revive en el Nuevo Casino de Pamplona el espíritu de la caballería en las Navas de Tolosa

