Artículo 181
Desde 2001 (año que me subí por primera vez al buque Oceanic, primer barco que adquirió la Compañía Pullmantur Cruises), hasta el año 2007 que vendió la compañía con 7 barcos, calculo que hice más de 100 cruceros por el Mediterráneo, el Caribe y el Mar Báltico.
Las anécdotas vividas a bordo fueron extraordinarias, dio hasta para hacer un libro de autoayuda: “Cómo ser un lobo de mar en tu primer crucero”, que apenas se vendió porque los españoles no necesitamos ayudas. Lo sabemos todo y en caso de duda le preguntamos a un amigo primero y a un vecino después para tener una segunda opinión.
Me pregunta un pasajero: ¿la punta del barco para dónde está?
¿La proa, dice usted? dije yo. No, dijo él, la punta, el morro. -Allí quedó perdido-
En el comedor, conversación entre los pasajeros: Yo (decía una señora que viajaba con una nurse), oigo todas las mañanas al helicóptero que trae a los camareros porque se posa encima de mi habitación.
Perdón señora, dije, son las sillas de plástico que corren cuando limpian la cubierta con mangueras.
¡Qué sabrá usted, si usted no es camarero!
Dejé los comedores del pasaje y pasé a los de la tripulación, con los oficiales o el capitán.
He atracado tantas veces en Dubrovnik, que pasaba a saludar a su alcaldesa. Sí, me la presentaron en un crucero de fin de año por Cuba, Santo Domingo y México. Era la esposa del capitán y fue a pasar las Navidades con él. Incluso ayudó a su marido, el capitán, a casar a unos amigos a bordo del Holiday Dreams.
En Noche Vieja, el barco se acercaba a unas cuantas millas de una ciudad al azar, nos comíamos las uvas con las campanadas por megafonía y esperábamos ver los fuegos artificiales de la ciudad. Realmente apasionante, fuegos en el cielo reflejados en el mar.
En el libro contaba anécdotas vividas a bordo y chistes populares “marineros”.
-Mira qué calmado está hoy el mar, parece una balsa de aceite.
– ¡Qué contentas deben de estar las sardinas!
Hubo un tiempo que me compraba toda la ropa en Livorno. Mientras las excursiones del barco visitaban Pisa y Florencia, nosotros comíamos en los restaurantes de la ciudad y comprábamos en las tiendas, puesto que no es un lugar turístico sino de atraque y contaba con los precios más asequibles.
Lo más fuerte a bordo eran los decesos, “la gente se muere incluso de vacaciones”.
Van previstos para ese tipo de sucesos, con cámaras frigoríficas. Hasta seis he contado en uno de los barcos. Ahí introducen al finado y en el siguiente puerto repatrian el cuerpo.
Con el ataúd en el puerto, una vez marcharon las excursiones a ver Corfú (isla griega), los familiares del abuelo que los había invitado a todos (unos doce, entre adultos y nietos), preguntaban a los del consulado: ¿Cuándo llegará mi padre a España?
A Madrid no llegará hasta el lunes y luego otro día hasta que llegue a su pueblo (a unos 300 kilómetros de la capital). Los familiares dijeron: ¡Ah, pues continuamos el crucero! ¿Qué vamos a hacer nosotros en casa hasta que llegue?
En Copenhague, un esposo norteamericano, se bajó del barco por las mismas razones. Su esposa, 35 años más joven, continuó con nosotros hasta el final del crucero. Todas las noches cerraba la discoteca.
Un año hice 26 cruceros, prácticamente no baja del barco en 26 semanas. Con el tiempo, llegué a hacer tres actuaciones por semana cambiando de barco, claro. Salía de Madrid en avión a Roma, embarcaba en Civitavecchia, navegábamos, actuaba esa noche, atracábamos en Nápoles, cambiaba de barco, actuaba en ese de vuelta a Roma. Ahí hacía un tercer cambio y volvía a actuar por la noche camino de Livorno. Por la mañana transfer a Pisa y cogía el avión de regreso a Madrid.
La televisión es otra cosa. Te ven más, pero ves y vives menos.
Manolo Royo, humorista www.manolo-royo.com

