Todos tenemos momentos que perdemos los estribos, momentos en los decimos cosas que no deberíamos decir, haciendo daño con nuestras palabras negativas e hirientes, que nada más terminar de decirlas ya estamos arrepentidos de haberlas dicho: ¡Se nos va la pinza!, como coloquialmente decimos, que es estar fuera de control. ¡Todos somos humanos y tenemos el derecho de serlo, pero hemos de ser humanos con el tique de vuelta!: Cedo, pido perdón, reparo y vuelvo a la casilla de inicio; la sensación de estar “fuera de” -desconectado-, no es buena y el hecho de volver a conectar, es integrarse en ese todo y una buena sensación que nos hace desarrollar un sentimiento de armonía y eso nos hace felices, de otra manera es el caos o la rigidez cognitiva, que tanto daño nos hace en ambos lados. Ningún extremo es bueno, el caos nos genera un estrés emocional y la rigidez cognitiva nos impide llegar a pactos con nosotros mismos y a conciertos con quienes creo son los sujetos de mi rigidez o caos. Esto en resumen somos los adultos cuando se nos va la pinza, y no reaccionamos para lograr una armonía; cuando ese equilibrio es lo importante en esta corta vida que vivimos y no vivir ni el caos de la tormenta emocional ni en la rigidez.
En la adolescencia y juventud, desde la neurociencia, la pinza se les va constantemente, porque partimos de una inmadurez de la corteza prefrontal que no acaba de madurar hasta bien entrada la juventud; si nos atenemos a la ciencia evolutiva. Algunos no la maduran nunca y son eternos adolescentes, que pululan entre picos continuos y cambiantes de un caos y de una rigidez que ni controlan, ni mucho menos son conscientes de ello. Esa inmadurez de la corteza prefrontal tan cambiante, tan inconsciente; explica los riesgos graves a los que acuden casi de continuo, que aumentan nuestro miedo de padres y de la sociedad en la que viven: Carreras de coche en altas hora de la noche, sin carnet, en zonas desérticas; borracheras sin control, deportes de riesgo sublime que les sube la dopamina a tope y es su premio hormonal; probar todo sin pensar ni un mínimo del riesgo que ni siquiera se lo plantean, drogas “permitidas y aceptadas”, etc… Y, sin embargo es un proceso de maduración cerebral, un proceso de maduración para la vida adulta.
La adolescencia y juventudes es un proceso de la vida que hay que desarrollar bien, “son cambios de importancia vital producidos por el desarrollo que permite que surjan ciertas habilidades nuevas.” (Siegel, J. 2010) Estas habilidades -filtradas por riesgos de premios dopaminérgicos- son cruciales para cada individuo como para la propia evolución de la especie. Igualmente son sus crisis continuas, acéptalas como parte de su maduración y te sentirás tú y ellos mucho mejor. Hemos de advertir, hemos de orientar, hemos de encauzar, pero hemos de aceptar que viven en un riesgo continuo, y que nuestros consejos y miedos, no evitan sino un uno por ciento de sus atolladeros; pero así y todo deben madurar en la escuela de la vida y no dramatizar desde nuestro miedo y sobreprotección de padres, que hicimos cosas similares o peores en edades que ya no recordamos, y hemos evolucionado y madurado a pesar de las contingencias que tuvimos en muchos momentos.
¡Claro que se les va la piza con cierta asiduidad y pasan por tormentas emocionales, que somos incapaces de prevenir, de alertar y mucho menos de controlar…! Pero que no hemos de exagerar, sino optimizar esa etapa, con nuestra conversación hablada y en silencios empáticos, donde un wasap en un momento dado, reciben de sus padres y, se sienten seguros, apoyados y saben que estamos ahí por si nos necesitan. ¡No es pasar de ellos, es optimizar de alguna manera esa esencia tan especial y creativa que es la adolescencia y juventud que debemos reforzar!
Dr. Emilio Garrido Landívar, Psicólogo clínico y doctor de la Salud, Catedrático de Personalidad, Evaluación y Tratamientos Psicológicos (CEU)

