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Ante una época de crisis profunda

El 18 de junio de 2022 la asociación Solasbide, miembro navarro del movimiento internacional Pax Romana, tras dos años de paréntesis por la pandemia celebró en Pamplona su séptimo encuentro abierto. El debate se lanzó en base a varias preguntas: ¿Qué cambios están apremiando en la actualidad hacia una nueva comprensión de lo humano y sus relaciones? Y, en el supuesto de que dichos cambios estuvieran dándose, ¿en qué sentido o dirección estaría apuntando esa nueva comprensión? ¿Qué condiciones debemos tratar de crear y qué opciones o apuestas fundamentales hemos de asumir para hacer viable un abordaje no violento de los conflictos en el plano interpersonal y social, y en el político a sus distintos niveles?

Hubo consenso en que estamos en una época de cambios acelerados, profundos, de crisis muy preocupante, y cierto ambiente de pesimismo en el diagnóstico matizado por la observación de que probablemente padezcamos cierto sesgo eurocéntrico e influenciado por el declive económico, una pandemia y la guerra de Ucrania. También hay datos positivos en el mundo y motivos para la esperanza. En todo caso, apreciábamos una crisis múltiple: a) Del papel del ser humano en una sociedad deshumanizada donde el centro no son las personas sino la acumulación de capital, el crecimiento material y el consumismo, donde se deteriora su relación con la naturaleza, con los demás seres humanos y consigo mismo, con un déficit de introspección, autorrealización y espiritualidad. b) De un sistema socioeconómico y político insostenible y camino del desastre, configurado en torno a los intereses de una minoría que acapara la riqueza, con profundización en la desigualdad, crecimiento de la pobreza y un general retroceso democrático (baja participación, sobre todo de los jóvenes, desmovilización social, creciente manipulación de la información, avance de opciones autoritarias). c) Del medio ambiente, con el cambio climático, la contaminación y el agotamiento de recursos naturales del planeta, camino del caos ambiental y cerca de un punto de no retorno, con una aterradora falta de reacción política y social a las voces de alarma de la comunidad científica y de las cumbres internacionales y la irracional pretensión de seguir viviendo en un sistema de crecimiento infinito.

Ante tal panorama, los asistentes al encuentro, conscientes de no disponer de fórmulas mágicas, quisieron apuntar algunas reflexiones propositivas que les guíen en su acción como personas conscientes y preocupadas por el mundo en el que viven. Subrayaron la necesidad de foros de reflexión serena, como pretendía constituir, modestamente, el propio re-encuentro, y la importancia de la escucha y el diálogo. Apostaron por revalorizar la participación política, víctima de una deslegitimación frecuentemente interesada, el compromiso social, el activismo, e incluso la utopía, como instrumentos de transformación. Señalaron la importancia de la responsabilidad individual y colectiva en cuanto a los estilos de vida, a los comportamientos cotidianos y a las pequeñas decisiones que todos tomamos como ciudadanos, como consumidores, como empresarios, profesionales o trabajadores, la necesidad de ser conscientes de su impacto y de tener espíritu crítico ante la publicidad “verde” y el falso ecologismo. Insistieron en el valor de lo común y la necesidad de buscar soluciones para todos, no solo para las minorías más influyentes o mejor instaladas, sin discriminación por clase, raza, nacionalidad o género, con la conciencia de que ello exige cambios sistémicos, profundos, que han de afectar a toda la organización social, que no son posibles dentro del actual sistema económico, que hemos de abordar superando el miedo y el vértigo ante lo desconocido y pese a que exigirán sacrificios que deberán ser repartidos con justicia. En todo caso, la base irrenunciable de cualquier alternativa han de ser los derechos humanos, con políticas de afirmación y profundización de derechos, cuya garantía y cumplimiento exigen una acción firme y constante; el reconocimiento formal y la institucionalización que consiguieron a partir de la Segunda Guerra Mundial no son suficientes, de ningún modo son una conquista consolidada en ningún lugar del mundo y, en épocas como la actual, hay claras amenazas de retroceso. Esas políticas de desarrollo de los derechos humanos han de ir acompañadas también por la afirmación e impulso de nuevos valores en la educación, no solo en la reglada y dirigida a las generaciones más jóvenes, también en la que se contiene en las políticas culturales y de medios de comunicación y llega toda la población. Frente al individualismo, el egoísmo, el consumismo, la búsqueda de beneficio material por encima de todo, el conocimiento científico reducido a instrumento de la economía y la tecnología, necesitamos fomentar la responsabilidad, la solidaridad, el esfuerzo individual y colectivo, las relaciones afectivas, el crecimiento personal, la cultura como enriquecimiento interior y búsqueda de sentido y de compresión del mundo. Debemos acompañar a los jóvenes en su proyecto de vida más que tratar de imponerles nuestros criterios y visiones.

Finalmente, observamos la necesidad de replantear y reflexionar, a nivel internacional e interno, sobre los cauces existentes para la resolución de conflictos y para evitar la guerra y el militarismo. Es obvio, no solo frente a la actual guerra de Ucrania sino frente a otras guerras recientes o todavía activas que pasan más inadvertidas (Siria, Yemen, Sahara, Iraq, Afganistán…), que esas vías jurídicas e institucionales nacidas del mundo de 1945 han quedado obsoletas, sobrepasadas, que hay un retroceso del pacifismo y un auge del rearme, de los bloques militares y del recurso a la violencia. Es imprescindible reafirmar la renuncia a la guerra y la apuesta por la paz.

Miguel Izu en nombre de Solasbide

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