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Hasta pronto, Pepote, si Dios quiere

Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, Jesús de Nazaret pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él.” (Hechos, 10, 38). Estas palabras del apóstol Pedro sobre Jesús de Nazaret podrían resumir también los casi 92 años la fecunda vida del Dr. José Miranda Heras, para sus amigos “Pepote”.

Yo sólo he tenido el honor de tratarle en los últimos once de los noventa y dos años de su vida, culminada con las botas puestas dedicada al servicio de Dios y de los débiles. Y mi trato fue como Secretario de la Coordinadora por la Vida, de la que ANDEVI era el alma. Por eso me siento indigno de hablar de él. Tiene que haber cientos de personas que le han tratado más tiempo y más íntimamente, sea en su faceta profesional, donde viene a mi mente el nombre de Giuseppe Moscati, otro médico que lo supeditó todo a su vocación y convicciones.
Algunos recuerdos y anécdotas podría contar, pero me limitaré a destacar su sincera humildad, su eterna alegría, la profundidad de sus convicciones, su optimismo y su empuje, en las reuniones de la Coordinadora, donde prácticamente todos los que nos sentábamos con él podríamos ser sus hijos o nietos. Con ese aplomo, firmeza y seguridad nos daba el empuje que sólo puede dar quien por su perfecta unidad de vida goza de la paz y simplicidad de los elegidos.

Para mí Pepote, fue siempre, con palabras de Antonio Machado, un hombre “en el buen sentido de la palabra, bueno”. Mi gran sorpresa fue en el velatorio, cuando comprobé personalmente que su rostro seguía transmitiendo esa alegría y paz. En esos momentos, mientras rezaba el Dies irae sabiendo que le miraba a la cara por última vez, pensando en que me habían pedido que glosara algo sobre él, me asaltaron una pregunta “¿Qué se puede decir de un santo?”; y una seguridad tan íntima y especial que me atrevo a considerar certeza moral: la certeza de que el doctor Miranda no estaba muerto, los restos que reposaban en el féretro me hacían ver que Pepote seguía vivo y ya estaba gozando de la visión beatífica. Por eso, tras signarme y santiguarme, me despedí de él con un emocionado “Hasta pronto, Pepote, si Dios quiere”. Al lado de este último recuerdo, creo que cualquier otro recuerdo o anécdota resultan intrascendentes.

Don José Miranda podría decir como San Pablo a Timoteo: “He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida. El Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles. El me libró de la boca del león. El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo ¡A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén!”.

Él ya descansa en paz en la Gloria. A nosotros nos toca seguir su ejemplo, recoger su testigo y rezar para que nunca nos prive Dios de un “pepote” en nuestra vida.

Pedro Sáez Martínez de Ubago, Historiador

Artículo publicado en ‘Asociación Andevi’
Homenaje al Dr. Miranda en Museo Universidad de Navarra.

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