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Operación Antropoide

  • Por José V. Ciordia, historiador

Tal día como hoy, un 28 de diciembre de 1941, en el marco de la II guerra mundial, comenzaba la Operación Antropoide. Por ella, uno de los lideres nazis más temido, Reinhard Heydrich, era asesinado.

Le llamaban el «Carnicero de Praga» por las barbaridades que había perpetrado en la ciudad (asesinó a medio millar de personas reconocidas, y se cree que el número real asciende a unas 5.000).

La operación Antropoide parte de una idea del primer ministro británico Winston Churchill, el cual convence al primer ministro checo en el exilio Edvard Benes de la necesidad de eliminar a Heydrich para subir la moral del pueblo

En las semanas siguientes, el gobierno checoslovaco buscó a dos hombres que pudieran perpetrar el atentado, y no tardaron mucho en hallarlos. Los seleccionados fueron los militares Josef Gabcik y Jan Kubis.

Tras ser entrenados en Escocia, los dos paracaidistas fueron lanzados a 20 kilómetros de Praga aproximadamente a las diez de la noche del 29 de diciembre de ese mismo año. Pronto entraron en contacto con la resistencia local a través de un miembro de uno de los grupos (el Sokol) y que, una vez en su destino, fueron protegidos en varias casas mientras comenzaban a cumplir su misión: la de asesinar al hombre más poderoso de Checoslovaquia.

«Estuvieron estudiando las costumbres de Heydrich durante un tiempo para encontrar el sitio más adecuado para realizar el atentado, y observaron que siempre viajaba en un Mercedes Benz descapotable y sin escolta. Con el paso de los días los dos agentes -a los que se unió un tercero llamado Valcik, entrenado también en Gran Bretaña- establecieron que lo idóneo sería atacar al «Carnicero» cuando este saliera de su residencia (ubicada a las afueras de Praga) y pasara con su vehículo por una curva cerrada antes de acceder a la ciudad. El plan no era malo. Y es que, en aquella zona, el chófer de Heydrich se veía obligado a aminorar severamente la velocidad del Mercedes Benz. El trío determinó que -a las nueve de la mañana del día seleccionado- se ubicarían en una parada de tranvía próxima a la curva. Llegado el momento, Valcik avanzaría unos metros y haría una señal a sus dos compañeros cuando viera aparecer el Mercedes Benz. Entonces, Gabcik pondría a punto su subfusil Sten y ametrallaría el vehículo cuando este pasase frente a él.

Por su parte, Kubis sacaría de su cartera una granada antivehículo de 40 centímetros de longitud y la arrojaría contra los nazis. Todo ello, para asegurarse de su fallecimiento. Cerca de ellos tendrían preparadas unas bicicletas para desaparecer por las callejuelas de la zona.

El atentado

El atentado se produciría el 27 de mayo. Aquel día, la primera parte del plan salió a pedir de boca. Valcik avisó a sus dos compañeros cuando se percató de que el vehículo se acercaba. Impecable. A los pocos minutos, Gabcik y Kubis ya estaban en la curva. Todo estaba preparado para ametrallar el Mercedes cuando este disminuyese la velocidad.

Sin embargo, cuando llegó el momento más importante de su vida, el paracaidista apretó el gatillo…. Pero no sucedió nada. Lo intentó una serie de veces más… nada. En palabras de Hernández, su compañero le miró entonces con pesadumbre y le gritó «¡Josef!». El interfecto no supo qué diantres hacer y, pocos segundos después, se limitó a arrojar el arma y salir por piernas.

Parecía que Heydrich iba a salvarse. El chófer (Klein) solo tenía que acelerar y salir a toda pastilla de allí para que su superior no muriese. Pero a ambos les pudo el odio hacia sus nuevos enemigos. El conductor detuvo el Mercedes y sacó su pistola Luger de la funda, dispuesto a acabar con los asaltantes. Otro tanto hizo el «Carnicero de Praga» que, en lugar de mirar por su vida, azuzó a su camarada mientras se disponía a salir del vehículo también con su arma en ristre. Las cosas iban a ponerse duras.

Kubis, entonces, recordó que llevaba en su cartera la gigantesca granada y decidió hacer uso de ella. Instantáneamente, la arrojó contra la puerta que se disponía a abrir el jerarca nazi. «Se produjo una fuerte explosión. Piezas de metal y jirones del tapizado salieron despedidos por el aire. La onda expansiva rompió las ventanillas de dos tranvías próximos», añade Hernández. El impacto fue brutal pero a pesar de ello, todavía pudo bajar del Mercedes y dar unos pasos. Finalmente, el atentado se había perpetrado. Y todo, por culpa de la tradicional prepotencia de los nazis.

Asumiendo que la explosión había matado al nazi, Kubis huyó hacia la ciudad en bicicleta. No obstante, con lo que no contaba era con que sería perseguido por el chófer, que había resultado ileso. El enfurecido Oberscharfuhrer siguió corriendo detrás de él. Gabcik buscó refugio en la puerta de una tienda y desde allí abatió a Klein de un tiro certero. Una vez a salvo, se subió a un tranvía cercano con la extraña sensación del deber cumplido a pesar del fallo inicial. Para su desgracia, pronto recordó que tanto él como su compañero habían dejado cerca de la curva varios objetos personales que, en un futuro, podrían delatarles.

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