Decía Thomas Mann que la tolerancia es un crimen cuando lo que se tolera es la maldad. Y, posiblemente, uno de los mayores problemas que hoy aqueja a la humanidad y, con ella a lo que algunos aún llamamos España, sea la incontrolada y desmadrada diferencia de criterios que surgen ante todo motivo y por todas partes. Ya el Padre Mariana, S. J. advirtió que ”las diversas opiniones oscurecen la verdad” y hoy esa entenebrecedora diversidad es de tal calibre y, debido a las nuevas tecnologías, se proyecta hasta el último rincón del planeta en cuestión de minutos que la confusión está a la orden del día.
De igual manera, muy posiblemente pueda afirmarse también que en la historia del mundo jamás ha habido dos opiniones que fueran enteramente conformes, pese a las muchas concomitancias que pudiere haber entre algunas, y que eso evidencia ineluctablemente que la cualidad más universal de la persona “sustancia individual de naturaleza racional», hablando sólo de persona con respecto a una naturaleza racional individual, y de la substancia con respecto a los individuos, la mayor parte de los cuales subsiste en la pluralidad.
Sin embargo no debe olvidarse que la pluralidad o diversidad pueden prostituirse por un ejercicio radicalmente perverso y equivocado de la tolerancia, virtud laica que ayuda a convivir, a entender, a sobrellevar e incluso a valorar las diferencias y que, además, abona el terreno para ejercitar la paciencia, amar al prójimo y profundizar en el conocimiento interno de uno mismo.
Esto no debe implicar, no obstante, que para ejercer la tolerancia –algo que hoy en día se exige implacable y desmesuradamente hasta términos rayanos en lo absurdo o lo aberrante- haya que renunciar a considerar y defender que todas las ideas y actitudes no son iguales ni tienen el mismo valor. Dado que, si se cayere en ello, el tolerante se vería irremisiblemente abocado a tener que incorporar en sus ideas, valores y conducta presupuestos y postulados que no le son propios e incluso repugnan o destruyen sus propios valores individuales. Este límite lo vio Francisco Ayala al concluir que “La tolerancia es una actitud que tampoco puede ser excesiva. Porque si se tolera todo no se tiene conciencia de la responsabilidad. Es menester saber entender, pero al mismo tiempo imponer criterios que sean justos y adecuados”.
Es decir, incorporar la tolerancia en una sociedad no implica sucumbir ofuscadamente al “todo vale” admitiendo situación alguna de igualdad lo bueno y lo malo, la verdad y la mentira, lo auténtico y lo espurio, o, lo que es lo mismo, entre la moral objetiva y el relativismo o positivismo sociológico. Si la tolerancia reclama el diálogo es porque, precisamente, tal diálogo debe ser el medio para el fin de buscar la verdad respetando las convicciones de unos y otros.
En el mundo, en la sociedad occidental y en la España de hoy impera la confusión porque no se practica la tolerancia si no la debilidad, propiciándose ese abuso de la libertad que implica el panorama de opiniones y pautas de conducta incontroladas y desorientadas denominado libertinaje con que se oscurece, desvirtúa y hasta se oculta la verdad. Y lo peor es que la sociedad y las instituciones parecen haber perdido la conciencia de que la debilidad puede terminar por arrasarlo todo a golpes de permisividad, anarquía, desorden e incumplimiento de normas en que se sustenta la convivencia por dejación de los criterios con que ha de regirse la más elemental autoridad.
Con ello se toma por tolerancia lo que en realidad no es sino una mera inhibición, agrandándose los espacios que conducen al desarme moral, de forma que antes o después se pierde la certeza moral y se precipita la sociedad en el caos. Sólo se puede ser tolerante desde la fortaleza y la convicción en las propias ideas, puesto que el creer en ellas como necesarias evita la debilidad de caer en la tentación de imponerlas a nadie.
En efecto, desde una autoridad personal y social arraigada en la moral objetiva y el bien común, la necesidad de esparcimiento no devendrá en botellones; ni la afición deportiva en desórdenes públicos; ni el hedonismo en el drama de la drogadicción, ni el divorcio, ni en el abominable crimen del aborto; ni la libertad de expresión a imponer banderas propias de grupos y banderías a gentes y pueblos que son totalmente ajenos a lo que esos símbolos puedan representar; ni el pacifismo en el no discernimiento entre víctimas y verdugos; ni el amor a la tierra en la equiparación de bandas delictivas y naciones soberanas; ni el derecho a la propiedad privada en el capitalismo salvaje o la selva del “movimiento okupa”; ni el servicio a los demás desde puestos de preeminencia en un desmesurado afán de lucro y corrupción; ni la natural proclividad a lo afín en un racismo criminal; ni el rigor científico en ateísmo; ni la fe en fanatismo religioso; ni la justicia en un igualitarismo que ignore que la dignidad de la persona humana está arraigada en su creación a imagen y semejanza de Dios. Dotada de alma espiritual e inmortal, de inteligencia y de voluntad libre, la persona humana está ordenada a Dios y llamada, con alma y cuerpo, a la bienaventuranza eterna. Aquí se ve la razón que tenía Walter Riso al afirmar que “si somos absolutamente tolerantes, incluso con los intolerantes, y no defendemos la sociedad tolerante contra sus asaltos, los tolerantes serán aniquilados y junto con ellos la tolerancia”.
Lamentablemente no faltan épocas en la historia, y nos encontramos en una de ellas, en las que el oscurecimiento de la razón lleva a negar, o a poner en duda al menos, incluso los principios más elementales y más generalmente probados por la experiencia de muchas generaciones. En el difícil contexto histórico que vivimos, en que la debilidad de las instituciones, bajo un aparente halo de tolerancia, está sembrando el desgobierno por doquiera, y, por culpa de la falta entusiasmo de quienes nos gobiernan para afanarse en usar los justos, lícitos y necesarios medios coactivos en defensa de los legítimos derechos de los gobernados, vemos que, con frecuencia y en cualquier faceta de la vida, la mayoría natural es oprimida, afrentada, perseguida, ofendida… en sus más hondos principios y derechos, por los abusos que se vienen perpetrando en la hipotética defensa de grupos minoritarios, no siempre pero sí frecuentemente agresivos e intolerantes, cuyos desmanes se toleran bajo el eufemismo de lo que se ha dado en denominar “discriminación positiva”. En contraste con esta clase de discriminación podría estar la idea Antonio Machado al decir que benevolencia no quiere decir tolerancia de lo ruin, o conformidad con lo inepto, sino voluntad de bien.
Todo ello me trae a la memoria, para concluir, las palabras de Edmund Burke, el gran político y primer crítico de la Revolución Francesa y que hoy, como entonces, reflejan la principal causa de tantos males como nos aquejan: “Lo único necesario para el triunfo del mal es que los buenos no hagan nada”.
Pedro Sáez Martínez de Ubago, investigador, historiador y articulista
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