Hace unos días escribí en este periódico sobre la necesidad de mejorar la educación en los comportamientos políticos y evitar así las groserías y lo zafio. Los últimos sucesos me impulsan a abundar en este tema, porque me parece que es urgente que se lleve a cabo una regeneración de los modos políticos, algo que sólo puede llegar en última instancia a instancias e impulso de la propia sociedad.
¿Seremos capaces de eliminar la corrupción que hay detrás de tantas actitudes que manifiestan sentimientos de odio o el veneno de la envidia? Desde otra óptica, ¿tendremos grandeza de espíritu para agradecer con palabras y con gestos los buenos resultados que han provocado medidas políticas, que redundan en el bienestar del conjunto de la población, aunque se deriven de comportamientos o ideales muy alejados de nuestras propias ideas?
Hace falta rearmar la sociedad para que reaccione, para que expulse por sí misma, esos comportamientos que son nocivos para el cuerpo social, para evitar que los asimile como si fueran normales; que venza la impotencia que experimenta ante la fuerza con que se comportan quienes intentan amedrentar con el ruido y la amenaza.
Rearmar a la sociedad para que exprese con claridad que, del mismo modo que no se acude a una boda vestido de mamarracho ni se participa en un torneo de tenis con vaqueros rotos y camiseta de anuncio, también es preciso respetar las formas en las instituciones; y que, cuando se desconoce esta regla de comportamiento educado básico, habrá que establecer los canales de enseñanza más adecuados para que se aprendan y se ejerciten; vamos a hacerlo con urgencia para evitar que se repitan espectáculos de circo.
Se impone para todos un espacio de reflexión. Queremos mejorar la democracia, vamos a empezar pues por respetar la competencia de cada uno de sus pilares: la tarea de legislar le compete al Parlamento, de acuerdo con la fuerza de cada grupo político; al ejecutivo le corresponde poner por obra, también de acuerdo con la fortaleza que le dé el grupo en que se sustenta, los puntos de su programa de gobierno, buscando siempre el bien común de los ciudadanos; y la administración de justicia es competencia del poder judicial. Evitemos, por tanto, todos, no sólo politizar la justicia sino también judicalizar la política; un avance serio en estos propósitos contribuiría mucho al mejor funcionamiento de las instituciones.
Sosiéguense los desasosegados, estudien con calma los asuntos y opongan ideas a las ideas, cuantas más ideas mayor probabilidad habrá de que aparezcan las mejores. Pero, por favor, sean educados, sean respetuosos y sean humanos. Dejen el odio, el rencor, los deseos de revancha y la envidia junto a los leones del Congreso, a la puerta de los ayuntamientos o antes de entrar en los Consejos de gobierno y dediquen sus esfuerzos a trabajar serenamente. Quienes pagamos sus nóminas se lo agradeceríamos mucho.
Elvira Martínez Chacón, Profesora Emérita de la Universidad de Navarra, área de Economía
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