Últimas noticias

OPINIÓN: 1956, hacia la reconciliación

Para la historia de Europa, 1956 fue uno de esos momentos decisivos en que la historia parece pronunciar su significado.  Uno de esos instantes que condensan la atmósfera moral de una época y delimitan los contornos de una civilización. Las grandes preguntas, los entusiasmos, las servidumbres ideológicas y las terribles matanzas del siglo XX parecieron encontrar un modelo singular en los acontecimientos que, entre Moscú y Budapest, cercenaron falsas esperanzas e impulsaron la revisión apesadumbrada de uno de los dos desvaríos totalitarios que sedujeron a generaciones enteras de europeos. Las palabras de Kruschev en el XX congreso del Partido Comunista soviético proclamaron la tragedia del estalinismo en la voz de sus propios colaboradores.

La invasión de Hungría y el aplastamiento de una sublevación de trabajadores y estudiantes patriotas mostraron la cara amarga y paradójica de una tiranía ejercida precisamente en nombre del proletariado y la cultura. Los más honestos de los cuadros comunistas emprendieron su huida de toda coartada o matización. Thompson, Saville, Hervé, Le Roy Ladurie, Reale o  Antonio Giolitti abandonaron su militancia en los partidos de Gran Bretaña, Francia e Italia. Otros, callaron y trataron de hacer de la crítica desde el propio movimiento comunista un ejemplo de la bondad y salud de su ideología, como si el reconocimiento del crimen reblandeciera el significado de los hechos y permitiera devolverles el semblante de un simple error. Algunos, como Garaudy, lanzaron contra la lucidez de los críticos el aceite hirviendo de su léxico de manual de marxismo-leninismo.

En la defensa de una imposible identidad emancipadora, se ensució el nombre de los sueños iniciales del socialismo una vez más. La sutileza de los juegos de compensaciones, la retórica de las condiciones objetivas, la piltrafa ética de los contextos paliativos empeoraron la situación de un pensamiento narcotizado desde hacía muchos años. Pero, sobre aquellos despojos morales, la cultura europea, incluyendo lo mejor del mensaje compasivo y justiciero de la izquierda, comenzó a quitarse de encima la insoportable complicidad con la barbarie. Allí  arrancó  un largo camino de dolorosos  ajustes  de cuentas, de aceptación del rostro puro de la verdad y de rechazo de la brutal estética de las manos sucias. Tras el rotundo debate que había provocado la publicación de “El hombre rebelde” de Camus la realidad ponía a cada uno  en su lugar. A un lado, los mandarines y los colaboradores; al otro, los que nunca quisieron negociar con la dignidad del hombre, ni siquiera a cambio de una presunta razón suprema de la historia.

En aquella Europa atravesada por un año decisivo, España vivió los albores de una esperanza de reparación. Dos décadas después del estallido de la guerra civil, quienes habían luchado en uno u otro bando, destacados combatientes en favor de una de las dos Españas fratricidas, emprendieron el camino de la reconciliación. El fracaso de la experiencia reformista de Ruiz Giménez y su equipo de rectores en el Ministerio de Educación se saldó con graves altercados en las calles de Madrid: quienes habían sido falangistas radicales en la guerra civil se enfrentaron a quienes creían que el régimen de la victoria militar podía continuar basándose en la exclusión y el inmovilismo.

Esa ruptura entre los presuntos vencedores llevó a que algunos de los fervorosos seguidores del mensaje joseantoniano en 1936 compartieran diversas formas de represión con quienes habían combatido contra el franquismo desde sus inicios. Jóvenes conservadores, democristianos, liberales, socialistas y comunistas sufrieron conjuntamente arrestos, sanciones y violencia física. Ridruejo, Ruiz Gallardón, Pradera, Tamames, Elorriaga. A ellos se sumaron las dimisiones de quienes, como Laín y Tovar, decidieron que su idea de la Falange no debía compartir espacio con las autoridades del sistema. Profesores cuyos primeros pasos se habían dado en las ilusiones del humanismo cristiano nacionalsindicalista, abandonaron sus puestos de trabajo en solidaridad con los represaliados y en proclamación de una nueva esperanza de reconciliación nacional.

Es imposible separar la estación española del tiempo de Europa. Aislada aún, respirando todavía el aire enrarecido de la posguerra, la nación era buscada de nuevo en la superación del grave conflicto entre los españoles. La patria se perseguía  despojando a todo vencedor o vencido de una condición mutuamente miserable. La dignidad de España empezaba a moldearse en un espíritu dispuesto a desmentir el mito de nuestra imposible convivencia. A uno y otro lado del estéril tajo que rompió España en 1936, los que tenían la experiencia de aquella guerra y los que portaban el nombre de los ganadores o de los perdedores, intentaron rastrear de nuevo las razones de esta nación.

Como sucedía en la Europa inspirada por el sacrificio de Hungría y el relato de los espantosos crímenes de un régimen totalitario banalizado por su condición de triunfador del fascismo, en España se empuñaba la convicción de una moral política basada en la libertad y la dignidad de cada persona. Europa entera alzó los ojos y contempló el curso de la historia desde la Gran Guerra, cuando se pusieron en peligro los fundamentos más íntimos de nuestra civilización. Europa vaciaba los restos mortales de aquel pasado inicuo por el desagüe de una nueva conciencia colectiva. España tendía sus manos hacia aquella peregrinación del espíritu que realizaba Occidente, clamando por los sacrificados en las calles de Budapest, rezando por todas las víctimas de la locura totalitaria que aquellos muertos de Hungría acababan de encarnar.

España y Europa revivieron la profanación de su cultura, los sueños de la razón, las utopías desquiciadas, las pesadillas que habían galopado a grupas del nacionalismo o la revolución.  Unos cuantos hombres y mujeres lo bastante valientes para mirar sus recuerdos, lo bastante honestos para  reconocer  los riesgos de sus ardores juveniles, lo bastante  justos para pedirle perdón al largo dolor acumulado desde la guerra civil, comenzaron a empujar en 1956 las puertas de un futuro que se abriría veinte años después. En el nombre de Europa. En el nombre de España.

Fernando García de Cortázar,  director de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad y Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Deusto

Artículo anterior OPINIÓN: El sueño patriótico de Buero Vallejo

About The Author

Otras noticias publicadas

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies