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La Armada española ataca Inglaterra

Por José V. Ciordia

Tal día como hoy, un 28 de Mayo de 1588, salía de Lisboa hacía el Canal de la Mancha, la armada denominada “Invencible” por los españoles, aunque oficialmente llamada la Felicisima armada.

Felipe II quiso invadir Inglaterra para destronar a su más ferviente enemiga, Isabel I. El ataque tuvo lugar en el contexto de la Guerra anglo-española que se produjo entre 1585 y 1604, como consecuencia de la ejecución de la reina católica de Escocia, María Estuardo, las acciones de los corsarios ingleses y el apoyo inglés a los protestantes de los Países Bajos, que estaban en guerra contra España desde hacía 20 años.

Para ello se había reunido en Lisboa una armada gigantesca: 130 buques de guerra y de transporte, con una tripulación de 12.000 marineros y 19.000 soldados, 2400 cañones y 124000 balas. Al mando se encontraba un prestigioso aristócrata andaluz, el duque de Medina Sidonia. Su misión era llegar a Dunkerque, en las costas del Flandes español, embarcar 27.000 soldados de los tercios españoles allí destinados y lanzarse a la invasión.

A finales de julio, la Armada entraba en el canal de la Mancha. Se producen los primeros combates. Los ingleses estaban sobre aviso y envían sus buques de guerra. Su misión es evitar que los barcos españoles lleguen a las costas de Flandes, y así, evitar que las tropas españolas, los famosos tercios, embarquen y con ello pudiera producirse la tan temida invasión.

Pese a los ataques ingleses, la flota española llegaría a las costas de Flandes. Cuando se encuentra a unos 40 kilómetros  de la costa, los vientos cambian de dirección y la alejan de su objetivo. A la vez es hostigada por el enemigo. En esta situación, el duque de Medina Sidonia convocó a los capitanes de la flota a un consejo de guerra para decidir qué se debía hacer. Se acordó que si el viento seguía soplando en contra, la flota emprendería el regreso a España.

Todos sabían que ese retorno no iba a ser fácil. Para evitar más choques con los ingleses, se seguiría la ruta del norte, bordeando las costas de Escocia e Irlanda para descender luego hasta La Coruña. No era una ruta desconocida para los marineros de la época; de hecho, los vientos dominantes del sudoeste hacían relativamente fácil la marcha hacia el norte. Además, a los pocos días,   la flota inglesa, sin provisiones ni munición suficientes, abandonaba toda persecución, y las aproximadamente 114 naves de la Armada que quedaban –es decir, casi todas– podían avanzar sin miedo.

Un grave problema iba a comenzar entonces, la falta de suministros. Se dan órdenes de racionamiento, en especial de agua. A los pocos días se mandaba echar por la borda a  mulas y caballos  para economizar agua. Muchos marinos, además, caen enfermos. Aun así, el mayor problema es el clima. Con el progreso hacia el norte las temperaturas caen en picado y la flota queda envuelta en espesas brumas y amenazantes temporales, además de sufrir vientos contrarios que frenan su avance.

Tras varias semanas, cuando se hallan frente a las costas de Irlanda, se desencadena un terrible temporal.  La flota española queda dispersa y cada barco debe navegar a propia iniciativa.

Un buen número de barcos, cerca de treinta, naufragan frente a las costas de Irlanda.  Los naufragios arrojan cientos de cadáveres a las playas irlandesas, e incluso dejan huella en la toponimia: un pueblo del condado de Clare se llama Spanish Point, el «cabo de los españoles», en referencia a los naufragios de la Armada.

Aquellos que, agobiados por el hambre y la sed, se aventuran a recalar en algún punto de la costa no corren mejor suerte. Las autoridades inglesas en Irlanda tienen órdenes de no dejar a ningún español con vida, por temor a que puedan alentar a los irlandeses a rebelarse contra el dominio inglés. Y, en efecto, fuerzas inglesas y mercenarios irlandeses pasan a cuchillo a muchos españoles. Se calcula que unos dos mil marinos mueren de esa forma. Sólo los náufragos más afortunados logran alcanzar Escocia, donde encuentran refugio hasta que pueden ser rescatados al año siguiente por Alejandro Farnesio, que fleta cuatro buques desde Flandes.

El suplicio no acaba hasta que los navíos vuelven a los puertos cantábricos, en un lento goteo. Algunos barcos, a causa del deplorable estado en que se encuentran, naufragan ante las costas españolas. Al final sólo regresan alrededor de 70 u 80 naves. Muchas están en unas condiciones tan lamentables que se hace imposible repararlas y tienen que ser desguazadas. De los 31.000 hombres que habían embarcado se calcula que murieron unos 20.000: 1.500 en los combates, 8.500 en los naufragios y unos 2.000 asesinados en Irlanda, además de otros 8.000 que fallecieron a lo largo de la travesía o al llegar a puerto, víctimas de las enfermedades y de las penalidades de la vida a bordo.

Para España, esta derrota significó el final de un mito, el dominio de Inglaterra, y  el comienzo de un poder naval con un brillo único en los siglos futuros.

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