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OPINIÓN: El elogio de la conciencia (I Parte)

OPINIÓN: El elogio de la conciencia (I Parte)

Esta es la primera parte de la conferencia realizada por el historiador y escritor, Fernando García de Cortázar en Laredo el pasado día 31 de julio. Dada su extensión y que ninguna palabra puede ser desechada por la importancia e interés general de la propia conferencia, la publicamos completa en dos partes. Gracias D. Fernando por su disertación y los artículos compartidos en este medio.

Desde que la crisis alcanzó un rango de espantosa normalidad en España, algunos hemos estado afirmando que los destrozos causados por ella no debían afrontarse con una estrategia limitada al campo de la economía.   Porque a los españoles les interesa, desde luego, que les resuelvan los quebrantos de su nivel de vida pero desean que se haga en un marco de reflexión del que nuestros dirigentes –en los que incluyo al gobierno y a la oposición socialista- han preferido escapar. Unos, pensando que ese aire de fría tecnocracia con el que exhibían su presunta superioridad profesional, les permitía dejar las cuestiones ideológicas para tiempos de bonanza. Otros, sustituyendo por aluviones demagógicos oportunistas la meditación y el diálogo sobre las cuestiones que afectan a los compromisos fundacionales de nuestra democracia. A lo largo de esta crisis pavorosa, los ciudadanos han sufrido recortes salariales, pérdida de trabajo y quiebra de esperanzas. Lo han hecho sin echarse a la calle, sin romper las reglas del juego, sin embestir contra los fundamentos de nuestra convivencia. El pueblo español ha sido sometido a una prueba de estrés social que ha aguantado de modo ejemplar, demostrando que la cultura política que construyó el régimen de 1978 se mantiene viva.

A este ejemplo se le ha respondido con la jactanciosa burla de la corrupción de muchos, de demasiados. Con la insoportable levedad moral de quienes se llamaban sus representantes. Con la carencia de vigor en el discurso de sus líderes. Y, como no podía ocurrir de otro modo, en esa contradicción entre el sacrificio de casi todos y la desfachatez de algunos, ha irrumpido lo que parece renovador, lo que parece justo, lo que parece razonable ,  lo que regenera ,lo que se debe votar.

Si el miedo a la reforma ha conducido a veces a la revolución, el desdén por las ideas ha traído consigo ahora la popularidad de insensatas utopías.  . En el empeoramiento de las condiciones de vida de los españoles se han ido manifestando la quiebra de un modelo de convivencia, la impugnación de la unidad nacional, la oleada de casos de corrupción y la pérdida de confianza en nuestra capacidad de vivir juntos y disponer de un proyecto común. Todo aquello que nos hace sentirnos compatriotas unidos en lo fundamental ha sido postergado por la absurda convicción de que los datos del paro, del crecimiento del PIB y de la caída de la prima de riesgo asegurarían la estabilidad del gobierno. Y, en el otro lado, en el lugar  donde debe ejercerse una oposición digna de ese nombre, el PSOE ha infravalorado estos logros indudables para poder hacer de las dificultades objetivas y de los errores de gestión del Partido Popular la manera de provocar su desprestigio y derrota electoral.

Lo que nos han dejado las últimas elecciones municipales y autonómicas del 24 de mayo,  nos demuestra hasta qué punto se han estado equivocando los dos partidos nacionales mayoritarios. Lo que  se movilizó  en esa jornada ha sido el producto de la desertización cultural, del desarme ideológico, de la liquidación de la crítica intelectual desaparecida hace mucho de los escenarios donde se forja la opinión pública.  Haber separado las ideas de los datos, haber escindido los valores y las cifras, ha sido algo que la ciudadanía no ha podido soportar. Porque, no siendo espectacular el ritmo de recuperación, sus modestos frutos han resultado insuficientes para generar confianza en el sistema que, desde hace setenta largos  años ofrece, más que ningún otro, libertad, crecimiento económico y seguridad

Cuando se ha atacado la unidad de España se ha respondido apelando al cumplimiento frío de la ley, en lugar de impulsar una convicción colectiva cuya transcendencia solo los nacionalistas han sido capaces de comprender. La nación no es una figura simbólica o una solemne invocación retórica para fechas señaladas. Es una realidad que debe vivirse con la ambición de cerrar filas precisamente para combatir una crisis que ha devastado los recursos adquiridos por las clases populares en tantos años de trabajo. Ni el mundo de la política ni el de la cultura han  promovido un patriotismo que defienda las razones de España: nuestra larga experiencia compartida, desde luego, pero también la  certidumbre de que solo reuniendo nuestras fuerzas podremos salir de estas circunstancias difíciles.

¿No nos asombra, no nos alecciona, que  esta crisis ,por el contrario , haya provocado en Cataluña una movilización  gigantesca  para afirmar, precisamente, la aspiración a una soberanía y la fuerza de un sentimiento de pertenencia? ¿Es que aún no hemos aprendido nada de lo que ocurre allí, donde la crisis proporciona a una parte de los españoles una utopía secesionista, que efectivamente funciona porque promete expectativas de cohesión nacional, fraternidad patriótica y justicia social y también la esperanza de resolución de los problemas económicos? De sobra sabemos muchos que todo lo que ofrece el secesionismo catalán es puro embuste, mera ilusión. Pero más allá de la denuncia de la utopía, lo que resulta verdaderamente escandaloso, porque responde a una dejación de responsabilidades  de los gobernantes, es que los españoles hayan carecido de una idea de nación que les garantice seguridad en momentos como éstos, y que permita salir al paso de la ofensiva separatista, desde una posición de superioridad intelectual, mayor eficacia política y mejores recursos de veracidad histórica. (…)

Primera parte completa

Fernando García de Cortázar,  Director de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad y Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Deusto

 

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