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Teatro portátil

Artículo 171

Vengo a protestar ante la inspección de trabajo que en su día no hizo el suyo, como hubiera sido de esperar.

En los años 1982, 83 y 84 no pasó ni un solo día por el teatro portátil, que se desplazaba de feria en feria por todo el país, donde nos encontrábamos trabajando un ballet de diez chicas traídas a tal efecto desde Inglaterra, tramoyistas, montadores, técnicos de sonido, cómicos y demás personal. La empresa no cotizó a la Seguridad Social ni un solo día, al menos por mí. Eso se nota ahora en la jubilación.

Multipliquemos nueve meses anuales por los tres años, 27 meses por 30 días mensuales hacen un total de 810 días sin cotizar.

Con 32 años y una media de cuatro funciones diarias no tenía tiempo de pensar en burocracias, cada una de mis actuaciones duraba entre 40 o 50 minutos, dependiendo de la cuantía del público.

Terminábamos en Zaragoza y al día siguiente debutábamos con dos funciones en Girona, la misma provincia que iniciamos la tournée en el mes de marzo, Figueras. Magnífica ciudad aficionada al teatro donde se come muy bien, lo hacía a diario en el hotel Duran, donde me hospedaba.

Pamplona, 10 días; Santander, otros 10; una semana en Burgos, otra en Bilbao, al día siguiente Baracaldo… Y sin perder ni un solo día nueve meses. El truco, llevar dos materiales, dos teatros de lona con sillas plegables; montaban uno mientras trabajábamos en otro.

Miles de funciones con entradas a dos mil pesetas la silla, quinientas en las gradas, que eran de chicle, igual metían a cuatrocientas que seiscientas personas y ni una sola peseta de derechos de autor. La SGAE no pasaba mucho por el teatro y si lo hacía, la empresa firmaba la hoja de autores y se quedaba con el dinero.

Cuando se vendían más de doscientas entradas, un diez por ciento de la capacidad de la carpa, se hacia otra función, y así hasta cinco diarias. En Pamplona, por ejemplo, hacíamos funciones, a las 20 horas, a las 23h, a la 1:00h, 2:30h y 4:30h. Salíamos y todos, público y artistas, al encierro. En la última función no atendían mucho porque estaban dormitando la mayoría, pero era la única vez que venía a verte el público uniformado a ver la función. Todo el patio de butacas en blanco y rojo. ¡Era impresionante! Después del encierro, desayuno y a la cama. A las 2 o las 3 nos levantamos y tras el aseo, el desayuno. La comida la hacíamos entre las funciones de las 20h y las 23h.

En aquellos tiempos del teatro portátil, el ingenio de algunos feriantes era descomunal. Una simple tienda de campaña canadiense de unos dos metros de alta por unos tres de ancha yacía en medio del recinto ferial. Caballitos, autos de choque, tómbolas y demás. El negocio lo manejaban dos tipos simpáticos.

Uno en la puerta que abría la cremallera para que entrara el cliente y otro dentro. Dos cartelones en la tienda, uno en cada lado de la cremallera. “SOLO PARA HOMBRES” y en el otro, ENTRADA 25 PESETAS.

El estropicio social era inmediato, las chicas sujetaban del hombro al chico que se interesaba por la oferta. La expectación se daba a cada lado de la tienda, aún más en el de salida. Un tumulto de personas esperaba ver la cara y oír los comentarios de los que salían, en especial las chicas.

Tras darle las 25 pesetas al de la puerta, abría la cremallera entraba, de uno en uno, y se encontraban con un montón de arena, un carretillo lleno de ladrillos, un pico, una pala y un casco de albañil. Todo esto junto al otro joven que le bajaba la cremallera para que saliera a la vez que le rogaba no decir nada de lo que allí había visto.

La imaginación del cliente se disparaba de inmediato y ante las preguntas ansiosas, contestaba lo que a cada uno se le ocurría, siempre muerto de risa para no desvelar el engaño que terminaba de sufrir. Una tía en pelotas alucinante… Otros: entra tú, no te lo pierdas… Y continuaban las risas, el negocio y la picaresca con estilo.

Este relato me lleva a recordar que recientemente, la SGAE me ha entregado la medalla de la SGAE, en reconocimiento a los cincuenta años como autor asociado y los más de 400 monólogos más obras de teatro, sketches y parodias registrados y ejecutados.

En mi discurso, rogué a los compañeros, compositores, letristas y cantautores y demás no dijeran a nadie el premio que terminaba de recibir. No quiero molestar a los monologuistas actuales que creen haber inventado el género.

Manolo Royo, humorista www.manolo-royo.com

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