Últimas noticias

Ignacio Baleztena Ascárate y el III centenario de la canonización de San Francisco Javier

Con motivo del comienzo del año santo javierano por el IV centenario de la canonización del que seguramente es nuestro paisano más universal, el patrón de Navarra, San Francisco de Javier, aprovecho para repasar cómo el “aitacho”, mi padre Ignacio Baleztena Ascárate, estuvo metido hasta la médula en la celebración del III centenario en 1922; Así que, me he animado a escribir esta crónica informada de algunas “iruñerías” que mi propio padre escribió con el seudónimo Tiburcio de Okabio (aunque era más conocido como Premín de Iruña).

Antes de esto, conviene hacer una aproximación a la situación de la Navarra de 1922. En España reinaba Alfonso XIII bajo el régimen de la monarquía parlamentaria constitucional. Nuestros padres y abuelos (en su inmensa mayoría) se destacaban por ser católicos y fueristas. Esta era la causa del fuerte arraigo popular del carlismo en nuestra tierra.

Los liberales tiraban hacia el lado conservador y, también estaba el nacionalismo vasco, que tuvo una penetración lenta y tardía en Navarra, siendo mucho más moderado que el “bizkaitarra” y sin pretender la separación de España. Hago esta aclaración para para entender que la cultura vasca no suponía ningún problema ni conflicto. Del lado de la izquierda, la presencia socialista era testimonial.

La reacción a la política anticatólica de los gobiernos liberales de comienzos de siglo se reflejó en Navarra en multitudinarias manifestaciones populares de afirmación católica. Y, precisamente en este clima, mi padre Ignacio Baleztena fue elegido diputado foral y, en 1922, designado por la Diputación como responsable de la Junta Organizadora de los actos conmemorativos del III Centenario de la Canonización de San Francisco Javier, patrono de Navarra por «decisión de la antigua Diputación y de nuestras veneradas Cortes».

Baleztena se empeñó en conseguir de Alfonso XIII (y eso que él era jaimista, es decir, partidario del rey carlista D. Jaime III) la cesión del crucifijo del Santo y en trasladar su brazo desde Roma, para lo cual tuvo que marchar a dicha ciudad y traerlo contra la voluntad inicial de los Jesuitas, gracias a las gestiones realizadas por el Cardenal Benllacq. Así, no sin vencer muchas dificultades, se consiguió que el brazo del Santo Apóstol navarro viniera a bendecir la tierra que le vio nacer. Escribía el mismo Baleztena «Era el 8 de mayo de 1922, cuando, a eso de las cinco y media de la tarde, atravesó la frontera Navarra la Santa Reliquia, acompañada de la representación de la Excma. Diputación de Navarra, compuesta de su señor presidente don Lorenzo Oroz y del diputado de la merindad de Pamplona don Ignacio Baleztena, que había ido a Roma para traerla, y de gran número de navarros que salieron a Bayona para tener el alto honor de acompañarla…”.

El recorrido del brazo por toda Navarra daría para varios artículos, así que me centraré en las fiestas que se celebraron del 20 al 25 de septiembre en Pamplona. A lo largo de este tiempo, se sucedieron multitud de actos religiosos y profanos, desde masivas procesiones y solemnes misas, hasta gigantes y kilikis, corrida de toros, zezenzuskos y bandas de música. Y es que mi padre no entendía que una celebración religiosa no fuera acompañada de actos festivos populares.

Pues bien, el 24 de septiembre “Antes de las diez, fueron llegando a la catedral todas las corporaciones, las diputaciones, prelados y autoridades superiores de Navarra.

Poco después de las diez, bajo el severo y augusto tañido de la gran campana de la catedral, comenzó a salir organizada la gran procesión. Primero, iban los gigantes y cabezudos con las gaitas y tamboriles y su alegre acompañamiento de cientos de mocetes. Seguían, cuatro gastadores de Almansa, a media gala, abriendo paso de honor a la comitiva, en la que figuraban las representaciones de todos los ayuntamientos de Navarra con sus banderas, resaltando, entre ellas, la histórica del Baztán y las del valle del Roncal, cuyos alcaldes y concejales lucían el severo y típico traje del país. Mezclados entre las comisiones municipales iban las bandas de música de Estella y Sangüesa; la de Pamplona acompañaba a los Niños de Infancia que eran los que abrían la marcha tras el piquete de caballería.

Seguían a continuación los sacerdotes de Misional y todas las representaciones de las órdenes religiosas, del Centenario, Excmos. ayuntamientos de las cabezas de merindad Estella, Tudela, Sangüesa, Olite y San Juan de Pie de Puerto con sus banderas y maceros, presididos por la excelentísima corporación municipal de Pamplona; las representaciones de las diputaciones vascas con su lucido acompañamiento de forales, miqueletes, bandas de clarineros, pajes y maceros.

Figuraban detrás las sagradas imágenes de San Fermín y la de Nuestra Señora la Real de Pamplona, precedidas de la del glorioso San Miguel Excelsis (San Miguel de Aralar), y venían luego la más alta representación autoridad eclesiástica…

Toda la presidencia subió al salón del Trono, y desde los balcones, con el Sagrado Brazo y la milagrosa Cruz se bendijo a la inmensa multitud.

Y efectivamente se congregaron 25000 personas en una ciudad que tenía 33200 vecinos. En la foto de aquel día buscamos a Ignacio Baleztena en el balcón con las autoridades, donde le correspondería estar, y no lo encontramos. Pero si nos fijamos con cuidado, entre la multitud, vestido de frac como diputado foral, se encuentra en toda la salsa, cerca de San Fermín junto con Manuel Irujo, diputado nacionalista, que salvando sus diferencias ideológicas supieron encontrar lo que les unía, igual que hicieron anteriormente el navarro Francisco de Jaso (San Francisco de Javier) y el guipuzcoano soldado de Castilla Ignacio de Loyola (San Ignacio).

Mientras tanto, en el balcón principal de Casa Baleztena, totalmente engalanada y con los balcones repletos, estaba mi abuela Dolores con un gran retrato de San Francisco Javier pintado precisamente para la ocasión por la hermana del aitatxo, Mª Ysabel Baleztena Ascárate. Cabe resaltar que este mismo retrato fue colocado por la  familia Baleztena en otra concentración multitudinaria, con la que no estábamos de acuerdo: 30 años después, Casa Baleztena se cerró a Franco el 3 de diciembre 1952, y a diferencia de 1922, los balcones permanecieron totalmente vacíos. En vez de engalanar la casa, solo pusimos presidiendo este enorme cuadro de San Francisco Javier en el mismo balcón, vacío como desplante a Franco. Finalmente, tal cuadro con toda su pequeña pero signficativa historia, fue cedido por la familia a la Parroquia de Leiza donde actualmente se venera.

Ahora, 100 años después me pregunto, si levantaran la cabeza el carlista Ignacio Baleztena de Dios, Patria-Fueros, Rey, el nacionalista Manuel Irujo de Jaungoikoa eta lege zaharrak y toda esa multitud de navarros ¿reconocerían esta Navarra? ¿Qué les unía? ¿Qué hemos hecho con la herencia de nuestros antepasados?

Javier Baleztena Abarrategui

Artículo anterior Enererías. Apuntes históricos

About The Author

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *