La última noche del año, para mucha gente, unos lo confirman y a otros les de vergüenza, necesitan de determinados comportamientos mágicos-distorsionados, que creen y suponen les darán más suerte, más felicidad el año que estrenamos. Otros necesitan de rituales, de acciones o gestos extraños que les da fuerza, seguridad para entrar en el año con más vitalidad y con ellos mantener una “supervivencia” -de ahí la palabra latina superstición- digna de toda clase de parabienes para el año nuevo… ¡La pena de todo esto, es que no vale para nada; pero uno cree, que si no lo hace, entonces será cuando su vida entrará en algún desastre de inmediato, por eso los denominamos “mágicos”, que son supersticiones.
Cien millones de mensajes, lentejas, dinero debajo del plato, braguitas y sostén rojas, anillo en la copa de champán…y, otras muchas que no son descriptibles en estas líneas porque no hieran la sensibilidad del lector. Un paquete de supersticiones que no indican más que seguir la moda o hacer el tonto. Dicho con cierta seriedad, solo indica inmadurez y más inmadurez, no significa otra cosa… Necesitamos creer en algo, pero creer en estas puerilidades es bastante absurdo. Quién puede creer que por llevar ropa interior roja va a tener más suerte en la vida y en el año que se inicia…¡qué tonterías…! ¡Cuánto necesita el hombre agarrarse a algo, aunque “ese algo” sea absurdo! A esto llamamos pensamientos mágicos o supersticiones.
Las supersticiones no son solo de nuestra cultura, no. Los visitantes japoneses secan unos billetes después de haberlos lavado en el santuario de Ugafuku Jinja, en la ciudad de Kamakura, al sur de Tokio, los billetes y monedas que se laven en este lugar se verán duplicados en manos de sus propietarios; después de haberlos secado con mucho mimo. Todos conocemos la fuente de Trastévere, vueltos hacia atrás echamos una moneda para que cayendo al fondo de la fuente –quien la limpia es el que realmente tiene suerte-, es un indicativo de que hemos de volver o de otras muchas promesas que cada uno quiere creer o hacer en ese momento del lanzamiento.
Culturalmente todas las civilizaciones han tenido sus creencias sobre unas u otras costumbres…., el hombre ancestral sigue necesitando creer en algo. Sin satisfacer esa necesidad “mágica”, que sigue estando de moda en nuestra cultura, no nos quedamos tranquilos, ¡eso somos! Hemos creído en el Dios de la creación, y eso está devaluado actualmente y en tiempos de crisis, necesitamos agarrarnos a algo que nos dé “supervivencia”. Me gustaría valorar cuántas conductas, rituales, formas y modos podrían ser reveladas en público, este fin de año; para darnos cuenta, que el hombre sigue entrando en conflicto consigo mismo, y necesita asirse con fuerza a las dioses sin razón y sin entendimiento, seguimos en muchas cosas anclados en la prehistoria.
¡Eso es la superstición, que empieza con broma y acaba siendo una religión! Si nos las pusiesen -las supersticiones-, como norma de conducta, a cambio de lo cual obtendríamos el favor de no sé qué dioses….; serían nuestra liturgia más apreciada, y sin darnos cuenta los medios de comunicación y la falta de dignidad humana va calando en nosotros y en las generaciones de jóvenes como nuevos mandamientos básicos… Pero, en lo que hemos creído, amado y en lo que nos han enseñado los padres, ya no son valores profundos, que imprimen carácter. Cualquier cosa, por burda que sea, por supersticiosa o mágica, que se considere, tiene más valor que el valor de los valores aprendidos, trascendentales, como la verdadera Navidad; ¡eso, sin duda, es estar en crisis de un humanismo cristiano! Les deseo de corazón que sea una entrada en Año Nuevo, llena de salud y de pensamientos positivos, sin dejar, ni desdeñar los pensamientos negativos que hay que dejarlos que fluyan, tratando de interpretarlos e integrarlos a nuestros favor.
Dr. Emilio Garrido Landívar, Psicólogo clínico y doctor de la Salud, Catedrático de Personalidad, Evaluación y Tratamientos Psicológicos (CEU)


