El liberalismo, allá por el siglo XIX, trajo el nacionalismo. El nacionalismo en este país se las ha arreglado para ser una fuerza capaz de maniatar a un Estado. Cuántos partidos políticos han necesitado de sus votos para gobernar.
Pero ahora el nacionalismo ha querido intentar transformarse en un Estado y, aunque parece que ha fracasado, ahí está, esperando la oportunidad.
Pese a lo sucedido y, cuando parecía que las fuerzas constitucionalistas iban a llegar al poder, alejando al nacionalismo de ello, surge la división entre ellas. El partido socialista parece que vuelve a las andadas.
No quiere apoyar un posible pacto postelectoral que lleve al constitucionalismo al triunfo. No quiere que, a quien las encuestas dan como partido más votado en Cataluña, Ciudadanos, llegue al gobierno catalán.
Cuando más unidad debiera darse, resulta que, al contrario, afloran las divisiones y los intereses partidistas. Flaco favor se hace a los ciudadanos catalanes, que quieren seguir siendo española, con estos planteamientos. Y flaco favor se hace a los ciudadanos españoles manteniendo a unos partidos que quieren separase de España


¡Qué se podía esperar del Partido casi Siempre Opuesto a España? Incluso puede que sobre el «casi» en esa lectura que yo hago de las siglas. Urge un cambio en la Ley Electoral que no prime a los partidos nacionalistas frente a los de ámbito nacional y, lo que sería aún más efectivo, la ilegalización de los partidos que lleven en sus programas la ruptura de España.