
Desde hace ya algunas semanas, el expresidente del gobierno José María Aznar viene alertando acerca de los peligros que acechan a España. Peligros que, según él y su fundación FAES, la están “desvertebrando socialmente, territorialmente y políticamente”.
José María Aznar sabe de lo que habla, sabe que 17 comunidades autónomas están arruinando al país; sabe que su mal uso, un uso pensado solo en mirarse al ombligo y pensar que se es el centro del mundo, está provocando que el concepto (aquel «discutido y discutible» del expresidente Zapatero) de España esté desapareciendo; no entiende porqué hay un Estado débil, que está más preocupado de su propia supervivencia que del bienestar colectivo; sabe que hay nuevos partidos que sólo quieren lo peor para España, que no les importaría su desaparición como Estado único e indivisible y sabe que hay que defender la acción política como solución, pero “bien hecha”, “no basta con evitar lo peor, pero si aspirar a lo mejor”.
Palabras, estas últimas, que no habrán dejado sin efecto a más de uno. Y es que, desde que la Fundación FAES y el propio Aznar se han desligado del PP, es como si hubieran recuperado la posibilidad de hacer crítica política hacia el actual gobierno, una crítica, que, por lo visto, no podían o no debían hacer antes.
El Partido Popular, PP, seguramente dará la callada por respuesta, en un intento por minimizar los efectos de las palabras del expresidente del gobierno en un intento de no quedar mal ante sus pretendidos, aunque no conseguidos, socios de gobierno. A ellos, sin embargo, sí que apoyara en veladas declaraciones, sino no se entienden las palabras del ministro de asuntos exteriores hablando de legitimidad en las acciones del presidente del gobierno catalán o en las críticas al gobierno Trump por parte del portavoz del PP en Europa, tal y como así lo había sugerido el partido socialista.
Y es que no hay nada peor que la crítica de quien ha sido tu jefe, tu amigo y compañero. Algo tienes que estar haciendo mal. Y eso el señor Rajoy lo sabe.
