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La Navidad y el feminismo

La Navidad es una buena época para detenerse unos momentos en la vorágine de la vida cotidiana y reflexionar sobre ese mundo que estos días tanto acostumbramos a desear que sea lo mejor posible.

Entre estos cambios deseables están, por ejemplo, todos los que hacen referencia al desigual trato que, en muchos casos y sociedades, sufren las mujeres por el solo hecho de serlo. Esta desigualdad, lo vemos tristemente a diario en los medios puede alcanzar sus máximos exponentes en culturas como la islámica, donde la mujer puede ser vendida, torturada, enterrada, esclavizada o encerrada en vida… Las atrocidades del Estado Islámico o, los menos difundidos usos de las familias alauitas o sauditas son significativos ejemplos.

Y, aunque cada vez menos, en la actual sociedad occidental y Europa liberal no carecemos tampoco de tristes testimonios, con casos como las mafias de trata de mujeres, el hecho estadísticamente documentable de que un empleado de la misma empresa gane un porcentaje menos por el hecho de su sexo, o la cada vez más perseguida y siempre condenable violencia de género.

Desde este punto de partida, bien puede considerarse, simplificando mucho la cuestión un feminismo bueno y un feminismo malo.

Feminismo bueno es el que, al otorgar a la mujer todos los derechos inherentes a su dignidad de persona humana y se plasma en negro sobre blanco en numerosos documentos de la ONU, que partiendo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada en 1948, donde se afirma la «igualdad de derechos entre hombres y mujeres» y trata tanto temas de igualdad como de justicia, llegaría en 1979, a la más controvertida Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer (CETFDCM) para la implementación legal de la Declaración sobre la eliminación de la discriminación contra la mujer.

Pero, por mucho que proclame la ONU o vociferen las turbas, siempre habrá una desigualdad entre los sexos opuestos que hará que resulte tan sorprendente que un hombre menstrúe o alumbre como que una mujer presuma de barba. Y esto es una cuestión de simple naturaleza hormonal. No olvidemos que las hormonas son sustancias segregadas por las glándulas de nuestro cuerpo y se encargan de regular diferentes funciones en nosotros, dentro de éstas, las funciones sexuales. Las hormonas sexuales son fabricadas y segregadas por las glándulas sexuales (por los ovarios en la mujer y por los testículos en el hombre). Desde que entramos a la pubertad, las hormonas sexuales despiertan y es entonces cuando producen una serie de cambios a nivel físico y emocional en nosotros, regulados por dos partes del cerebro: Hipófisis e Hipotálamo marcando muchas de las diferencias características entre hombres y mujeres.

Cuando se quiere ignorar lo que la naturaleza nos impone, es cuando se incurre en el feminismo radicalmente malo, que bien puede ser al que se refería Marcuse al hablar de un nivel “más allá de la igualdad” que tiene como contenido la construcción de una sociedad en la que quede superada la dicotomía hombre-mujer, una sociedad con un principio de la realidad nuevo y distinto. Por ejemplo: nada es más natural que el que la mujer sea madre y poco puede repeler y repugnar más a la razón y derecho natural que el disparatado grito asesino del “nosotras parimos, nosotras decidimos”; ni nada más estúpido que tener que gastar tiempo y palabras en hablar de ciudadanos y ciudadanas, trabajadores y trabajadoras, jueces y juezas, ¿O, por qué no, de terratenientes y terratenientas, sindicalistos y sindicalistas o periodistos y periodistas? Con los problemas que asolan el mundo, no deja de ser trivial preocuparse por la manera en que son representadas las mujeres en los videojuegos; o que, según el Español de la RAE, el uso del género masculino valga para englobar ambos sexos y referirse a hombres y mujeres y, ahora, en los colegios lo políticamente correcto es hablar de la AMPA, Asociación de MADRES y Padres).

Quizá alguien se pregunte qué tiene que ver todo esto con la Navidad. Y quizá tenga que ver más de lo que a primera vista parece, pues lo que se celebra en Navidad es el nacimiento en Belén del Redentor del mundo, el misterio de la Encarnación del Verbo de María Virgen. Y en torno a este Misterio tienen su origen numerosas y diferentes celebraciones y muestras de alegría.

Hace pocas semanas, el 6 de diciembre, mientras en España hablábamos de la Constitución que reconoce esta igualdad, en muchos países se celebraba San Nicolás, que trae regalos a los niños y no deja de ser, incluso etimológicamente, el  origen de Santa Claus, que hoy se viene a identificar con Papá Noël, quien, vestido de rojo y blanco (reminiscencias del atuendo episcopal antiguo, camauro incluido) trae los regalos en la Noche de Navidad. En otros sitios, como en el norte de Navarra, concretamente en Lesaca y en el siglo XVII, tiene su origen la tradición del Olenchero, carbonero que baja al pueblo a celebrar el Nacimiento y convida a beber o trae sus pequeños obsequios. En este mismo sentido, ya apuntado en un artículo anterior, se veía el origen de los regalos, como las ofrendas que los pastores de Belén llevan al Niño recién nacido, o ya con mayor carga simbólica, el oro, incienso y la mirra que en la Epifanía van a traer los Reyes o Magos de Oriente que siguen la estrella hasta el pesebre.

San Nicolás –un obispo- y su trasunto Papá Noël, el Olenchero –un carbonero-, los Reyes Magos… ¿Qué pueden decir las seguidoras del feminismo que llamábamos malo de que no haya una obispa, una mamá noela, una Melchora, Gaspara o Baltasara ni una Olenchera entre todos estos personajes que celebran el gozo del nacimiento de la Segunda Persona trinitaria? Sólo en Italia encontramos un personaje femenino, la Bruja Befana (y la voz Befana tiene su étimo en “epifanía”) cuya leyenda sostiene que visita a los niños la noche anterior a la epifanía para rellenar los calcetines, colgados a tal fin por los niños esa noche, si han sido buenos con caramelos y chocolates, en cambio si han sido malos los rellena de carbón (formado en realidad por dulces de color y forma parecida al carbón).

La podemita Carmena ya intentó, sin gran éxito aplicar esa absurda Ley de Igualdad; algo que ni los herejes anglicanos ni los excéntricos sabinianos y su entorno filoetarra aún no han osado.

¿Es por eso la Navidad una fiesta machista o antifeminista? ¿Sólo puden ser felices las feministas italianas?

Si se va a lo que importa, es en realidad todo lo contrario. La Navidad podemos celebrarla porque en el Plan de Dios estaba que el Mesías naciera de una Virgen: una doncella judía de hace veinte siglos que, con su generoso “Fiat” [Hagase en mí…] dio al mundo el mayor ejemplo de fe y amor. Aún a riesgo, como dicen las escrituras, de ser repudiada por su prometido, el casto Patriarca San José, aceptó la voluntad de Dios y no el “nosotras parimos”.

De esta forma, gracias a la actitud de la más perfecta criatura de todos los tiempos, María Inmaculada, Madre de Dios, podemos celebrar la Navidad.

Y fue en el siglo XIII el franciscano Juan Duns Scoto, quien aportó el gran argumento que, desde entonces ha fundamentado el Dogma de la Inmaculada al demostrar que la Encarnación del Verbo es la «obra máxima, la obra maestra absoluta de la Santísima Trinidad» (summum opus Trinitatis). Dios la quiso por sí misma, por su intrínseca bondad suma; es decir, la quiso de manera absoluta, sin estar condicionada al probable pecado de Adán. Aunque Adán no hubiese pecado, el Verbo Divino se habría encarnado. La Santísima Trinidad, efectivamente, al decretar la difusión de su Amor fuera de sí mediante la creación, ha querido, ante todo, la Encarnación del Hijo, y todo el resto de la creación lo ha querido porque ha querido la Encarnación. Y, con el mismo e idéntico decreto con el que ha querido incondicionalmente la Encarnación del Hijo, ha querido también a Aquella que debía ser la Madre del Verbo Encarnado. Dicho con otras palabras: Dios ha querido a la criatura sumamente amada por él, María, antes y más que a cualquier otro ser creado; la ha querido en el instante mismo en que ha querido la Encarnación del Verbo; la ha querido porque ha querido al Verbo Encarnado y, por tanto, la ha querido también independientemente del Pecado original.

“Se afirma que en Adán todos pecaron y que en Cristo y por Cristo todos fueron redimidos. Y que si todos, también Ella. Y respondo que sí, Ella también, pero Ella de modo diferente. Como hija y descendiente de Adán, María debía contraer el pecado de origen, pero redimida perfectísimamente por Cristo, no incurrió en él. ¿Quién actúa más eximiamente, el médico que cura la herida del hijo que ha caído, o el que, sabiendo que su hijo ha de pasar por determinado lugar, se adelanta y quita la piedra que provocaría el traspié? Sin duda que el segundo. Cristo no fuera perfectísimo redentor, si por lo menos en un caso no redimiera de la manera más perfecta posible. Ahora bien, es posible prevenir la caída de alguno en el pecado original. Y si debía hacerlo en un caso, lo hizo en su Madre”.

Es decir, la divina maternidad de María no es sólo la clave del misterio de Cristo y su corolario, sino que es también la matriz de toda la existencia santísima de María desde su concepción hasta su gloriosa asunción al cielo.

Pedro Sáez Martínez de Ubago, investigador, historiador y articulista.

Artículo anterior “El sentido cristiano de la Navidad”

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