
Por Elvira Martínez Chacón
Estos días pasados, por razones que no vienen al caso, he podido destinar más tiempo de lo que es habitual a leer la prensa y escuchar las noticias para tomar una mayor conciencia de que, en su mayor parte, fueron negativas o dolorosas; una realidad que deja un poso, no amargo pero sí de tristeza. Se habla de corrupción de políticos, de empresarios, de personalidades de diversa índole que entran o salen de la Audiencia Nacional o de los juzgados de turno para dar cuenta de actuaciones poco éticas, por no decir claramente inmorales; se habla de empresas que han manipulado su producto para modificar las señales de emisión de gases contaminantes; en el ámbito de los deportes destaca el dopaje de atletas; se multiplican los casos de violencia en el hogar, contra las mujeres o los hijos; se habla, en fin, de atentados terroristas que tienen lugar en todo el mundo: en Israel, en países de Oriente medio, en Europa, más recientemente, en París.
Ante estas noticias parece que la sociedad esté acobardada, sin empuje para defenderse, quizá incluso sin gana de hacerlo. Sociedad líquida, se ha llamado a esta figura. Y esta es la imagen que percibimos de nuestra sociedad: terrorismo, corrupción, bajezas de carácter variado, cobardía, y una sociedad sin arrestos para poner en valor sus valores, valga la redundancia.
Desde luego que este apunte está hecho con brocha gorda y no refleja de ninguna manera a la totalidad social ni siquiera a la mayor parte. La gran mayoría de las personas, individualmente y en grupo, han reaccionado valientemente, como vemos en Francia hoy. Muchas se esfuerzan por vivir de acuerdo con un patrón de conducta rico en valores. Sin embargo, una vez que se olvida el último escándalo o el suceso doloroso, lo que parece visible es la apatía, ante esto ¿qué se puede hacer?
En mi opinión todos cuantos nos sentimos urgidos a poner algo de nuestra parte para mejorar el clima social debemos plantearnos personalmente esa pregunta porque la situación actual es también una nueva oportunidad de mejora que depende, y mucho, de cómo lo afrontemos.
La mayor parte de las personas no tenemos responsabilidades políticas y, en consecuencia, no podemos adoptar decisiones en ese ámbito, pero sí podemos actuar, por ejemplo, en defensa y apoyo de las familias. Es un hecho que en el ámbito de la familia es donde se generan, se fortalecen, se transmiten y se difunden los valores que permiten una vida en armonía.
La familia es un bien, tanto individual como social, como reconoce nuestra Constitución. Es una de las instituciones que resultan mejor valoradas en todas las encuestas. El Gobierno se comprometió a apoyarlas[1], considerándolas ‘la mejor inversión de futuro’.
Sin embargo, en la práctica el apoyo está siendo escaso, como ponen de manifiesto pocas cifras. Por ejemplo, en el año 2013 las prestaciones de protección a las familias en España supusieron un 1.3 % de PIB, un porcentaje inferior a la media de la UE (28) que fue el 2.2 % y bien lejos de Dinamarca que canalizó en ese año un 4 % de su PIB a esas atenciones. No parece que haya sido una inversión cuantiosa y quizá sea éste un buen momento para prestar mayor atención a la institución familiar, tanto desde el quehacer político como en nuestra actividad cotidiana.
[1]Plan Integral de Apoyo a la Familia. 2015-2017.
Elvira Martínez Chacón, Profesora Emérita de la Universidad de Navarra, área de Economía
APUNTES-opinión: El Informe ‘Nupcialidad y ruptura en España. 2015’
