La crisis del Eurotúnel, por la que cientos de inmigrantes estaban dispuestos a entrar en Reino Unido motivó el llamado Bréxit.
El entonces primer ministro David Cameron, abrumado por las encuestas, por las que los británicos renegaban de la llegada de extranjeros a sus fronteras, convocaba un referéndum por el que solicitaba a sus compatriotas que decidieran si querían seguir en una Unión Europea, incapaz de solucionar la crisis de sus refugiados, aquellos que habían llegado a sus fronteras desde la lejana Siria, e incapaz de controlar a los ya establecidos en Europa desde tiempos pasados.
James Cameron jugó su baza y la perdió. Se confiaba en que la llamada flema británica, ese pragmatismo que llega a exasperar a más de uno, rechazara la salida de la Unión, pero el fenómeno fue el opuesto. Los ingleses votaban mayoritariamente su salida de la Unión. Cameron tuvo que dimitir dejando una enorme “patata caliente” a su sucesora Theresa May.
Y en estas estamos, un gobierno británico que tiene que lidiar, aunque seguramente no lo quiera, con el mandato del referéndum. El último paso el de ayer, la aprobación en la cámara de los Lores, por un estrecho margen, del proyecto de ley del Bréxit, es decir, de cómo queda la negociación entre unos y otros.
Una negociación que está revelando cómo la Unión Europea, a pesar de que no quiere la salida del Reino Unido, le “aprieta las tuercas”, sabedora que igual pudiera revertirse la situación.
Y en estas se encuentra el proceso. Un proceso largo de dos años en el que los ciudadanos europeos asisten cual “convidados de Piedra” y en el que se juegan poco o nada. Tiempo al tiempo.


