La Constitución de 1978, se redactó, democráticamente, tras la muerte de Franco, sobre la base de la reconciliación nacional, y se la sometió a referéndum, el 6 de diciembre de 1978. El pueblo español, con una altísima participación del 67,1%, la aprobó con una aplastante mayoría del 91,8%.
Ahora el sanchismo ha tomado la decisión de dedicar el presente año 2025, cincuenta años después de la muerte de Franco, para difundir y sustentar la tesis de que Franco, y sus 35 años y medio de régimen franquista, fueron lo peor de lo peor.
Por ello, pensé en escribir un artículo “Franco versus la Constitución de 1978”. Sin embargo, ante las más de 100 actividades contra Franco, anunciadas por Sánchez, me ha parecido que sería más interesante dedicar el artículo a comparar al Frente Popular con el espíritu de la Constitución de 1978.
Cierto es que Franco se sublevó contra el gobierno del Frente Popular y lo derrotó, tras una trágica Guerra Civil que todos, o al menos una inmensa mayoría, lamentamos. Ahora bien, ¿quién fue el causante de esa guerra y cuáles hubieran sido las consecuencias si la hubiera ganado el Frente Popular?
Respecto a nuestra Segunda República y Guerra Civil, los que vivimos bastantes años bajo el franquismo, somos testigos de que no se nos enseñó nada o casi nada sobre ello, en nuestras asignaturas de Historia ni de la llamada Formación del Espíritu Nacional. Por ejemplo, yo me enteré, tan sólo a mediados de los años 80, del golpe de estado armado que el PSOE y la UGT promovieron en 1934 contra la República, y que ocasionó entre 1000 y 1500 víctimas.
En la época de Franco, muchos universitarios éramos antifranquistas porque anhelábamos el régimen de libertades que tenían los países de la Europa del Oeste y por ello aprobamos con bastante entusiasmo la Constitución del 78. Pero no teníamos la menor formación sobre qué era el Marxismo, ni qué había pasado en la República, ni cuál fue el proceso que llevó a la Guerra Civil, ni cuáles eran los partidos que existían durante la República. Sabíamos que, en España, no había elecciones, que existía el Muro de Berlín en Alemania, que los países de Europa del Este, así como nuestra querida Cuba eran comunistas, y creíamos que el comunismo iba, a ser eterno en todos ellos.
Por ello, no estaría de más que todo el dinero que se está despilfarrando a cuenta de la Ley de Memoria Histórica se destinase a pagar a estudiosos, de ambos lados, para que realizaran análisis basados en datos objetivos, a fin de que se reduzca el nivel de emocionalidad y se pudieran contrastar las conclusiones, aunque fueran antagónicas. Estoy convencido de que una gran mayoría de españoles, tanto de izquierdas como de derechas, creemos que tomar esa decisión sería mucho más constructivo para la “convivencia democrática”, que postula la Constitución de 1978 en su preámbulo, que seguir gastando dinero público para vender una visión sesgada de nuestra historia.
Ya iniciado el siglo XXI y en especial tras la aprobación de la Ley de Memoria Histórica por Zapatero, he leído a diversos autores a fin de hacerme mi propia opinión sobre el proceso de llegada de la República, su funcionamiento y finalmente sobre la Guerra Civil.
A efectos de brevedad y de ceñirme al título del artículo, eludo referirme a la llegada de la República en abril de 1931 y al golpe de estado del general Sanjurjo, de 10 de agosto de 1932, que fue insignificante comparado con el de octubre de 1934. A este último tan sólo hago una breve, pero necesaria referencia, porque sus inspiradores y organizadores fueron personajes clave en el Frente Popular.
Largo Caballero fue, junto con Indalecio Prieto, el cabecilla principal de ese golpe. Ya un año antes, en “El Socialista» de 9 de noviembre de 1933, se recogían sus ideas “Vamos, repito, hacia la revolución social… mucho dudo que se pueda conseguir el triunfo dentro de la legalidad. Y en tal caso, camaradas habrá que obtenerlo por la violencia… nosotros respondemos: vamos legalmente hacia la revolución de la sociedad. Pero si no queréis, haremos la revolución violentamente”
Al año siguiente, en octubre de 1934, pasó de las palabras a los hechos y pilotó el Golpe de Estado contra la República, la llamada Revolución de Asturias, o Revolución de Octubre de 1934, diecisiete años después de la que llevó a Lenin a crear la sangrienta y terrible dictadura comunista, que duró más de 70 años, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
¿Qué fue el Frente Popular? Fue una coalición electoral española, creada en enero de 1936, por los principales partidos de izquierda: los republicanos de Azaña, el PSOE y el Partido Comunista de España (PCE) principalmente.
Su promotor fue Azaña, que tenía un odio visceral a todo lo que no fuera lo que él creía y, en especial, a la derecha. Se consideraba el auténtico representante del republicanismo y del estado de derecho y decía “Hay que centrar la República en la democracia y en lo que nos es común a todos los demócratas españoles”.
Bonitas palabras, pero su concepto de democracia parece muy corto ya que se abstuvo de criticar a los socialistas y a los nacionalistas catalanes por haber realizado la Revolución de octubre de 1934 y por sus sangrientas consecuencias.
Tres meses después, en enero de 1935, Azaña escribió al líder socialista Indalecio Prieto, que había conseguido escapar a Francia por su implicación en ese golpe de estado, y le propuso buscar una fórmula de unidad para formar “una fuerza política tan poderosa como para ganar la primera batalla política que se nos presente”
En abril de 1935, le envió una nueva carta en la que le proponía acordar un programa electoral común, a la vez que le manifestaba su oposición a la inclusión del PCE en la posible coalición de izquierdas: “¿A dónde podemos ir nosotros, ni ustedes, con los comunistas? Espantarían a los electores y desnaturalizarían, en perjuicio nuestro, el carácter de la coalición”
Avanzados esos contactos, en noviembre de 1935, Azaña hizo la oferta al PSOE de formar una coalición electoral en base al acuerdo de conjunción de las fuerzas de la izquierda republicana. Indalecio Prieto, líder del PSOE, dio su acuerdo, pero Largo Caballero, líder de UGT, solo acabaría aceptando el pacto tras lograr incluir al PCE en la coalición.
La manipulación que Alcalá Zamora, presidente de la República, hizo de la Constitución, con el apoyo e inspiración de Azaña, le llevó a convocar, el 7 de enero de 1936, unas elecciones anticipadas que se celebrarían el 16 febrero de ese año. El artículo 81 le permitía disolver las Cortes dos veces, pero en esta ocasión esa convocatoria de elecciones era innecesaria desde el punto de vista democrático, puesto que la derecha y el centro tenían una amplia mayoría absoluta en el Congreso y no era obligatorio convocarlas hasta finales de 1937, ya que el artículo 53 de la Constitución de 1931 establecía, al igual que la de 1978, un mandato para los diputados de una duración máxima de cuatro años y las anteriores elecciones generales se habían realizado el 19 de noviembre de 1933.
La manipulación que Alcalá Zamora había hecho, con el impulso de Azaña, con esta innecesaria convocatoria de elecciones generales se volvió en su contra, como después veremos, y permitió su destitución.
El Frente Popular se constituyó inicialmente por los republicanos de Azaña y por el PSOE de Indalecio Prieto y Largo Caballero, si bien este, al final coló al PCE, a pesar de la oposición de Azaña. En realidad, la denominación de Frente Popular no fue la denominación oficial de la coalición, pero de forma habitual se la llamó así, en especial después de las elecciones. El programa electoral del Frente Popular, aparte de ciertos puntos comunes claves, tales como una amplia amnistía de los delitos político-sociales cometidos con posterioridad a noviembre de 1933, ponía de manifiesto las grandes discrepancias que existían dentro de la coalición.
En efecto, el programa electoral, firmado el 15 de enero de 1936 decía: “Los republicanos no aceptan el principio de nacionalización de la tierra y su entrega gratuita a los campesinos propuesto por los socialistas. Tampoco aceptan las medidas de nacionalización de la Banca propuesta por los partidos obreros” ni el “control de las empresas por los obreros solicitado por los socialistas”. Además, resaltaba que “la República que conciben los partidos republicanos no es una República dirigida por motivos sociales o económicos de clase, sino un régimen de libertad democrática”
En suma, Azaña aceptó que se coaligase en el Frente Popular lo imposible, el agua y el fuego, con la intención prioritaria de llegar él al poder y luego ya se vería. Asumió el riesgo, y es responsable por ello, de que terminasen llegando a la acción política, las ideas y propuestas revolucionarias que su socio principal, Largo Caballero, que pronto sustituiría a Indalecio Prieto como líder del PSOE, anunciaba en sus mítines.
Así, el 20 de enero de 1936, en Linares, dijo “La clase obrera debe adueñarse del poder político, convencida de que la democracia es incompatible con el socialismo y, como el que tiene el poder no ha de entregarlo voluntariamente, hay que ir a la Revolución”.
Días después, el 25 de enero, también en Linares (Jaén) dijo “Llamarse socialista no significa nada. Para ser socialista hay que serlo marxista; hay que ser revolucionario. […] La conquista del poder no puede hacerse por la democracia burguesa… Nosotros, como socialistas marxistas, discípulos de Marx, tenemos que decir que la sociedad capitalista no se puede transformar por medio de la democracia capitalista. ¡Eso es imposible!”
El 30 de enero, en Alicante, Largo Caballero fue aún más radical. Afirmó que no aceptaría el resultado electoral si ganaban las derechas: “Si triunfan las derechas, no nos vamos a quedar quietecitos ni nos vamos a dar por vencidos… Si triunfan las derechas, no habrá remisión: tendremos que ir a la Guerra Civil.”
A esto hay que añadir que el órgano del PSOE, el periódico El Socialista, pocos días antes de las elecciones del 16 de febrero de 1936, publicó “Estamos decididos a hacer en España lo que se ha hecho en Rusia. El plan del socialismo español y del comunismo ruso es el mismo”
Eran palabras muy preocupantes. No manifestaban ningún respeto por la democracia, como tampoco Lenin lo había tenido en Rusia. Tenían, además, un claro precedente en la sangrienta Revolución de Asturias de 1934 y en la terrorífica implantación del marxismo revolucionario en la URSS desde 1917.
Respecto a los resultados de las elecciones de 1936, el estudio realizado en 1971 por el historiador Javier Tusell, señala que hubo un resultado muy equilibrado en cuanto al número de votos, con una leve ventaja de las izquierdas (47,1%; 4.654.116 votos) sobre las derechas (45,6%; 4.503.505 votos), mientras el centro se limitó al 5,3% (400.901 votos), pero como el sistema electoral primaba a las coaliciones esto se tradujo en una holgada mayoría de diputados para la coalición del Frente Popular. Algo similar, pero de signo contrario, había ocurrido en 1933, donde ganaron holgadamente las derechas porque las izquierdas fueron desunidas a las elecciones.
Por otra parte, los profesores Álvarez Tardío y Villa García, han cuestionado, con argumentos de peso, las irregularidades cometidas en la segunda vuelta electoral, en las provincias en que esta fue necesaria, así como las decisiones de la Comisión de Actas del Congreso que, al revisar actas discutidas, dieron una sospechosa prioridad a la validez de las actas de diputados de izquierda en detrimento de los de derecha.
Pero, dejando esas discusiones de lado, los resultados oficiales dieron 125 diputados a Azaña, 99 al PSOE, 17 al PCE, 88 a la CEDA y 11 al partido Agrario, además de 36 a ERC y 10 a PNV, lo que colocó a Azaña y al PSOE con 224 diputados, muy cerca de la mayoría absoluta (237 diputados) de la Cámara, que pudieron conseguir sin problemas con el apoyo de otros grupos de izquierda.
El 19 de febrero, Azaña, sin dar tiempo a la constitución de las Cortes, asumió de forma provisional la jefatura del Gobierno y formó un gobierno sólo con los republicanos, nombrando ministro de la Gobernación a Amós Salvador Carreras que lo fue hasta el 10 de mayo y que no realizó una adecuada actuación para frenar el creciente desorden público. Azaña, inmediatamente, tras haber asumido la jefatura del Gobierno, promovió que, el 21 de febrero, la Diputación Permanente del Congreso concediera, como estipulaba el programa electoral del Frente Popular, la amnistía a los sublevados de octubre de 1934.
Había llegado la hora para el Frente Popular de gobernar, pero el creciente clima de desorden y las palabras del PSOE eran muy preocupantes. Así, el domingo 5 de abril, en un mitin en la plaza de toros de Las Ventas de Madrid, Largo Caballero reiteró la posición que venía manteniendo en los últimos tres años: «la clase trabajadora» debía marchar de una vez «hacia la dictadura del proletariado, que es la verdadera democracia».
El 7 de abril, de forma muy cuestionable jurídicamente, el Congreso destituyó al Presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, alegando que había disuelto las Cortes dos veces y que por tanto era de aplicación el art 81 de la Constitución que establecía que “El Presidente podrá disolver las Cortes hasta dos veces como máximo durante su mandato cuando lo estime necesario”, y que “En el caso de segunda disolución, el primer acto de las nuevas Cortes será examinar y resolver sobre la necesidad del decreto de disolución de las anteriores. El voto desfavorable de la mayoría absoluta de las Cortes llevará aneja la destitución del Presidente.”
Alcalá Zamora consideraba que esta era la primera disolución ya que la anterior disolución fue la de las Cortes Constituyentes. Sin embargo, las izquierdas consideraron que había que computar también la disolución de las Cortes Constituyentes, y que, por tanto, esta era la segunda disolución y que tenían la posibilidad de “examinar y resolver” la disolución decretada por Alcalá Zamora. Así lo hicieron emitiendo un voto desfavorable y destituyeron al Presidente de la República.
El 15 de abril, Azaña presentó su gobierno ante las Cortes, pero ya con la idea de acceder a la Presidencia de la República. Y así fue. El 30 de abril, Azaña fue propuesto, como candidato único a la Presidencia de la República, por todos los partidos que formaban el Frente Popular y el 10 de mayo fue elegido como presidente de la República. Se mantuvo en ese cargo hasta que presentó su renuncia el 12 de febrero de 1939.
El 13 de mayo, Azaña, ya como presidente de la República, nombró a Santiago Casares Quiroga, jefe del Gobierno, al cual cesaría Azaña el 18 de julio de 1936, tras el alzamiento de Mola y Franco. Casares Quiroga nombró, el 13 de mayo, como ministro de Gobernación a Juan Moles, quien fue también muy pasivo ante el clima de desorden y violencia.
Enrique Miguel Sánchez Motos, administrador Civil del Estado. Autor del libro “Historia del Comunismo”


