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Haciendo amigos

Artículo 141

La cita a las 14 horas (es una aproximación, nunca se cumple, siempre falta uno al que esperar, y el que espera, sin cerveza, ni agua, ni nada que picar, desespera).

Las comidas de hermandad me recuerdan a las bodas, sin entrar en detalles. En las bodas tienes que desplazarte a casa Dios. Sí, porque acudes a la iglesia del pueblo de la novia, que te cae a tras mano, vamos, ni doblando el GPS. Desplázate, trenes, gasolinas, hazle un regalo acorde con lo que esperan de ti y, de menú, te comes lo que ellos piensan que te va a gustar. He visto vegetarianos comiéndose las flores que decoraban la mesa.

Lo sangrante corre a cargo de uno encargado de sacarte para que actúes, tienen el micrófono y el espacio preparados para que les hagas reír por el morro, que para eso te han invitado. Es decir, que la boda te sale por un pico y eso que yo no me chuto.

Llegas, te pones en cola para la comida de hermandad y resulta que cuando te toca pagarle a un señor que tiene una cestilla y un taco de entradas numeradas, le preguntas: ¿Cuánto es? Lo haces porque en los tres últimos años no has acudido al almuerzo de hermandad porque el/la Covid te mantuvo contra las cuerdas en la UCI durante 55 días, más seis meses en silla de ruedas y un año de recuperación con fisios y cosas modernas para que vuelves a andar.

Son 45 euros.

Pues no llevo efectivo, lo pago con tarjeta.

No, aquí con tarjeta no se puede pagar.

La comida rápida la inventaron los americanos, se llama así porque se paga antes de que te la sirvan. Una vez pagada comienzan a preparar la hamburguesa, las patatas y la bebida.

Nosotros en España, concretamente en este tipo de eventos (celebración de capítulos corporativos y demás), hemos inventado “la comida exprés”, consiste en lo mismo salvo que van a comprar la comida con el dinero efectivo que pagas a la entrada, la preparan y dos horas después, la sirven. Otra cosa es que la carne te la pongan chamuscada, hasta tal punto que no aciertas a saber de qué animal se trata (cosa que mejora los costes).

El compañero que lo ha escuchado todo se ofrece: ¿Si quieres te la pago yo y ya me lo darás?

Vele, dame el teléfono y te hago un Bizum.

¿Por qué esos guardianes del decoro no me advirtieron de la necesidad de la vestimenta exigida en la entrada?

Me invitaron a contar chistes por el bien de todos, me hice más fotos que la novia de la boda, intercambiamos tarjetas de visita… Pero al final llegó un señor alto y con muy buenos modales que me advirtió severo: Haga usted el favor de no volver a venir al acto con zapatillas deportivas y traiga un traje, puesto que no está usted presentable. ¡Ah! Y conste que no es un chorreo.

Pues nada, que me tendré que comprar traje, como para ir de boda.

No quiero ni pensar cómo se habrán puesto mis amigos al ver la vestimenta, en viaje oficial, del presidente Zelenski ante el Rey Felipe VI.

Manolo Royo, humorista www.manolo-royo.com

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