Javier -digamos que se llama así- no pasa de los siete años y, desde los hombros de su padre, observa la manifestación de los agricultores de Navarra por las calles de Pamplona. Más de doscientos tractores, esas máquinas monstruosas que algunos urbanitas contemplan con asombro, y más de dos mil personas, hombres y mujeres que viven, trabajan y sufren más allá de la Cuesta de Beloso. Eso y mucho más en la Plaza de las Merindades, frente a la Delegación de un Gobierno sordo, perezoso, inoperante. Mucho más porque, aparcados junto a esos tractores, tras la pancarta en la que, por primera vez “milagrosamente” -me dice una mujer que ha venido de la Ribera- ha reunido a todas las organizaciones significativas de esta tierra agraria y ganadera desde hace siglos, de la que presumimos en campañas de publicidad y de cara al turismo, pero de cuyos profesionales nos acordamos poquico, tirando a nada.
Javier, lo dice el folio de impresora que, pulcramente plastificado, se ha colgado a la espalda, quiere ser agricultor. Como lo fue su abuelo, como lo es su padre. Quiere y es su ilusión. Su padre no sabe si podrá serlo: “están las cosas muy mal -me dice-. Aguantamos por cabezonería, más que nada”.
Aguantan, los que lo hacen, a pesar de estar vendiendo el fruto de sus desvelos, muchas veces, más barato de lo que les cuesta -ya no digo en sudor, esfuerzo y preocupación; no, no, ¡en euros!- hacerlo llegar a los comercios. Aguantan contra la competencia desleal y permitida por Bruselas de productos con menos garantías y calidad procedentes de países ajenos a la Unión Europea. Aguantan con las exigencias de todo tipo (porque además las comparten) de las normativas ambientales de calidad, la sostenibilidad, el bienestar animal y la madre que parió a Zeneque.
Y ahí estaban, porque hace falta que nos corten las calles de la ciudad para que nos acordemos que, detrás de lo que comemos cada día, de las materias con la que se lucen los Masterchefs de turno, hay una gente que mira al cielo, cuida la tierra, vive en los pueblos y exige, porque merece, respeto, consideración y agradecimiento.
No sé si Javier será, al cabo, agricultor. Deseo que sí. Por dos razones, para que el chaval cumpla su sueño y para que nosotros podamos seguir disfrutando de los frutos de nuestra tierra.
Antonio Imízcoz, periodista y director de Comunicación de tres Ministros de Agricultura


