Al hilo de la reciente polémica sobre el programa Skolae, que el Gobierno de Navarra quiere imponer en todos los colegios, se han realizado distintas manifestaciones. Los defensores de Skolae afirman que la ley obliga a todos los centros educativos a incluir esos contenidos. Además, argumentan que el repunte de las enfermedades de transmisión sexual y de la violencia hace indispensable una buena educación afectivo sexual.
Respecto a lo primero, hay que decir que la obligatoriedad de la ley no es un argumento: todos podemos poner ejemplos de leyes injustas y el hecho de que una mayoría desee imponer algo no deja de ser un argumento de fuerza y no una razón. En cuanto a lo segundo, cualquiera entiende la necesidad de una buena educación afectivo sexual, más aún cuando estamos experimentando en la sociedad ese incremento de enfermedades y agresiones.
El problema es qué entendemos por una buena educación afectivo sexual. Sobre este asunto, permítaseme citar un caso reciente. El pasado febrero, unos menores fueron detenidos en Jaén por violar a un niño de nueve años. En unas declaraciones para Europa Press (9 de febrero), el psicólogo y exdefensor del Menor de la Comunidad de Madrid, Javier Urra, apelaba a que «se está perdiendo algo esencial: la ternura, el afecto y la compasión». En el mismo medio, el doctor en Psicología y director de programas de la Fundación ANAR, Benjamín Ballesteros, apuntaba a la “sexualización precoz” de la infancia y la ONG Save the Children hablaba de que “el Estado está fallando a las víctimas” porque deja a los niños desprotegidos.
Este ejemplo nos revela la gravedad de la situación que vivimos. Los niños son víctimas de una sociedad permisiva, desvinculada, que trivializa el amor y para colmo les deja desprotegidos ante las pantallas. Por eso, no es comprensible que se presente con Skolae un programa educativo que separa la sexualidad de toda norma moral y que propugna la sexualización de los niños ya desde Infantil (“juegos eróticos infantiles”, ver p. 68). No se puede apagar un fuego con gasolina.
Es urgente que todos -empezando por los padres, que son los primeros educadores- protejamos a los niños respetando su inocencia y su maduración y contribuyamos a una educación afectiva que integre la sexualidad en el amor y la afectividad. Aquí no se trata de ideologías políticas, sino de humanidad y de la defensa de lo más sagrado de una sociedad. Los niños son la esperanza del mundo. ¿Nos ponemos a ello?
Justo Hernández

